Mundial y política: Cuando el fascismo se consagró campeón del mundo

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Benito Mussolini fue uno de los primeros en entender que el fútbol es una de las mejores propagandas para la política. Lo comprobó en Italia, en 1934.

Adolf Hitler y su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, vieron a los Juegos Olímpicos de Berlín, en 1936, como la gran posibilidad de mostrarle al mundo las “virtudes” del nacionalsocialismo y la “superioridad” de la raza aria. Los nazis comprendieron que el deporte era vital para lograr su cruel propósito. Y la prueba de su teoría se la había dado dos años antes su aliado Benito Mussolini, en el Mundial de fútbol. El dictador italiano fue uno de los primeros en entender que lo deportivo era una de las mejores herramientas para lo político. Il Duce tuvo su éxito: en 1934, el fascismo –aplaudido y elogiado- se consagró campeón del mundo.

Los carteles del segundo campeonato mundial de la historia (el primero se desarrolló en Uruguay, en 1930) exhibían un hércules que hacía un saludo fascista mientras tenía un balón en los pies. Las tribunas se inundaron de las famosas camisas negras durante los partidos y cada victoria del equipo italiano tenía una dedicatoria especial: los jugadores, es decir, los ídolos, a los que se busca copiar, saludaban al palco con la palma extendida. ¿Quién se suponía que estaba en el palco de honor? El propio Mussolini, quien no faltó a la principal cita. La estrategia de la maldad cerraba por todas las partes.

Estampa Mundial 1934. (Mal cortada)

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El seleccionado local terminaría ganando este torneo en el que participaron 16 países (doce europeos, tres americanos y Egipto). Lo curioso: el choque de cuartos de final entre el Reino de Italia y la República de España, que duró dos jornadas porque el primer juego finalizó 1 a 1 y el desempate se llevó a cabo el día siguiente (victoria italiana por 1 a 0, gracias al tanto del histórico Giuseppe Meazza). La Roja terminó con siete lesionados, entre ellos, el guardameta Ricardo Zamora, la gran figura del plantel. El árbitro inclinó (o tuvo que inclinar) bastante el campo de juego. Lo curioso, versión 2: en la final frente a Checoslovaquia (victoria 2 a 1) se destacarían dos argentinos, recién nacionalizados, para darle la copa a los dueños de casa. ¿Quiénes fueron? Raimundo Orsi, autor del primer tanto, y Enrique Guaita, quien asistió a Angelo Schiavio para el segundo gol.

Benito Mussolini

Cuatro años después, Italia volvería a ser campeón del mundo en Francia. Mussolini, en la antesala de la segunda guerra mundial, y ya siendo un experto en esto de los “beneficios” del fútbol, envió un mensaje a “sus” jugadores de cara a la final frente a Hungría: “vencer o morir”. Italia ganó 4 a 2, no hubo muertos y en el diario La Gazzetta dello Sport se leyó “la apoteosis del deporte fascista en esta victoria de la raza”. En las semifinales, tras vencer a Brasil con otro polémico arbitraje (todos los jueces eran europeos), la prensa oficial fue todavía más a fondo: “Saludamos el triunfo de la itálica inteligencia sobre la fuerza bruta de los negros”.

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