Parece una secuencia armada de las que, de costumbre, se vuelven amorosas: Marcelo Gallardo entra al Monumental, camina la pista de atletismo, se sienta en el banco de suplentes, la hinchada corea su nombre, se levanta, da cinco pasos, levanta los dos brazos, los deja fijos y tuerce las muñecas de lado a lado. Napoleón lo apodó un relator y la euforia que el público le entrega le da estatura de prócer, como sucede en Les Invalides, el mausoleo parisino que guarda sus restos. Los héroes, aún así, no caen del cielo. Su traje suele tener un punto de inflexión. El de éste señor del que los pibes de hoy contarán a sus nietos está claro: la ida a La Bombonera en la semifinal de la Copa Sudamericana.
A Gallardo, el Monumental le tiene confianza intelectual. Como si fuera un gurú capaz de encontrarle solución a un partido. La última vez contra Boca, lo criticaron mucho por haber sacado a Andrés D'Alessandro para enfocarse en la final de la Copa Argentina. Él respondió con un metamensaje para acomodar el ropero. Aún así, nadie olvida los dos cruces de copas. Del primero, sobre todo, se le elogia que River haya cambiado el estilo para jugar y que haya entrado a reducir espacios, a preocuparse por lo defensivo e, incluso, a golpear a los rivales, de ser necesario. Entonces, ahí hay un primer punto: el técnico intentará que el equipo salga con niveles de concentración que le permitan presionar y recuperar mucho.
La intensidad estará en Sebastián Driussi. No porque sea uno de los goleadores del campeonato, sino porque su despliegue defensivo intentará aislar a Fernando Gago del juego, evitando que Boca pueda edificar su elaboración. Ambos equipos construyen el control del juego desde la posesión: un poco porque los rivales automáticamente se le meten atrás y otro poco porque ese es el estilo que más les gusta a los dos entrenadores. Entonces, parte del planteo estará en el bloqueo. Ahí, Gallardo cuenta con una variante sobre Guillermo: su mediocampo es de cuatro volantes contra tres de Boca, lo que genera una duda sobre si dispondrá del choque entre Nacho-Ponzio-Martínez-Rojas contra Pérez-Bentancur-Gago o si relegará a su capitán a que quede entre los dos centrales o si alejará a Martínez del centro del campo. O si efectivamente pondrá a Driussi a ocupar un espacio más.
La mayor falencia de River para jugar contra Boca se encuentra en los cruces entre extremos y laterales. Preocupa especialmente el mano a mano de Ricardo Centurión contra Moreira. Preocupa tanto que es probable que disponga de uno de los centrales para relevar constantemente esa jugada. Por izquierda, el Superclásico anterior jugó Cristian Pavón mano a mano con Luis Olivera -quien jugó por Copa Libertadores, contra Emelec-. Le salió bien. Ahora ese puesto es oficialmente de Milton Casco. La técnica de uno contra otro preocupa, pero ahí es donde descansa en Ariel Rojas, especialista en ocupar espacios.
Jugar en La Bombonera obligará a River a replegarse un poco. No es el fuerte del equipo de Gallardo, que gana, con distancia, en la tabla estadística de pases dados en el campo contrario. En ataque, los riverplatenses se sienten más cómodos que en defensa. El comienzo del partido, entonces, con el griterío popular, no le quedará como un traje a medida. Pero ahí radica la magia de Napoleón: el Muñeco deberá controlar el arranque.




