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De suplente a héroe eterno: el día que Fabio Grosso tocó la gloria con Italia

En cuestión de noches, Fabio Grosso pasó del anonimato a convertirse en un héroe nacional. Desde su zurdazo decisivo contra Alemania hasta el penalti ejecutado con sangre fría en Berlín, su historia es extraordinaria: una mezcla de humildad, coraje y destino.

De los modestos campos de la Serie C2 al escenario más grande del fútbol mundial en 2006, este es el viaje asombroso del hombre que apareció cuando el tiempo se agotaba, para cambiar la historia.

Fabio Grosso Goal 2006Getty Images

El gol que lo cambió todo

"El balón es despejado, aparece Pirlo… Pirlo, Pirlo otra vez, de tacón, remata… ¡Gol! ¡Gol de Grosso! ¡Grosso! ¡Gol de Grosso, gol de Grosso, gol de Grosso! Falta un minuto, falta un minuto. ¡Gol de Grosso! ¡Gol de Grosso! Increíble, increíble… estamos arriba y falta un minuto. Estamos arriba y falta un minuto. ¡Gol de Grosso! ¡Gol de Grosso!"

Casi dos décadas han pasado desde aquella noche en Dortmund, pero los aficionados italianos aún conservan intacta en la memoria la banda sonora de su último título mundial, el conquistado en 2006.

El 4 de julio, Italia se adentró en la cueva del león: el Westfalenstadion. Enfrente estaba Alemania, anfitriona y gran favorita. La Azzurra llegaba como no favorita, con la presión de desafiar no solo a un equipo, sino a todo un país que ya había anticipado su despedida con titulares provocadores como “Pizza Arrivederci”.

El partido fue una batalla tensa, cerrada, que se extendió hasta la prórroga. Alberto Gilardino estrelló un disparo en el poste, Gianluca Zambrotta sacudió el larguero y Gianluigi Buffon sostuvo a Italia con una parada milagrosa ante Lukas Podolski. El tiempo se consumía y los penaltis parecían inevitables.

Entonces, en el minuto 119, nació el instante eterno.

Tras un córner ejecutado por Alessandro Del Piero y despejado por la defensa alemana, Andrea Pirlo recogió el balón en la frontal. Rodeado de rivales, vio un espacio donde nadie más lo habría visto. Con la calma de los elegidos, filtró un pase preciso hacia Fabio Grosso, que había quedado libre dentro del área. Sin dudarlo, Grosso conectó un zurdazo cruzado, limpio, imposible para Jens Lehmann.

El estadio quedó en silencio. Italia, en éxtasis.

Un minuto después, Del Piero sentenció el partido tras una asistencia de Gilardino. Alemania estaba derrotada. Italia, en la final de Berlín, donde días más tarde levantaría su cuarta Copa del Mundo tras vencer a Francia en los penaltis.

Pero fue el gol de Grosso el que quedó grabado para siempre.

Su celebración se convirtió en un símbolo: corrió sin rumbo fijo, sacudiendo la cabeza, incrédulo, gritando una y otra vez: “No lo puedo creer, no lo puedo creer”. Era el desahogo de una vida entera condensada en un solo instante.

Sus compañeros lo alcanzaron uno a uno. Zambrotta, Fabio Cannavaro, y Buffon, que cruzó todo el campo para abrazarlo. Marco Materazzi, exhausto tras 120 minutos de guerra, no pudo llegar. Se dejó caer de rodillas y, sin darse cuenta, abrazó al árbitro mexicano Benito Archundia, en una escena tan insólita como inolvidable.

Aquel gol lo cambió todo.

El grito de Grosso evocó el legendario alarido de Marco Tardelli en 1982. Era el eco de la historia repitiéndose. Una nueva generación de italianos volvía a tocar la gloria. Y, desde ese momento, el desconocido que había llegado desde las divisiones más humildes se convirtió en eterno.

Fabio Grosso Penalty Australia 2006Getty Images

Imprescindible

El Mundial de 2006 fue, sin discusión, el Mundial de Fabio Grosso. Quizá incluso más que el de Gianluigi Buffon, Francesco Totti, Andrea Pirlo o el de Fabio Cannavaro, quien meses después levantaría el Balón de Oro. La historia de Grosso es irrepetible, tan inesperada como fascinante: el viaje de un suplente que terminó convertido en protagonista absoluto, de un actor secundario que acabó adueñándose del escenario más grande del fútbol.

Ni siquiera Marcello Lippi, que confió en él durante las Eliminatorias y lo incluyó en la lista definitiva tras una gran temporada con el Palermo, podía anticipar que tenía entre manos a un futbolista destinado a marcar la historia. Grosso no llegaba como estrella. No era el nombre en los titulares. Pero el destino ya había empezado a escribir su guion.

El gol ante Alemania fue solo la culminación de un torneo que ya llevaba su sello. Tras permanecer en el banquillo en el único partido que Italia no ganó —el empate 1-1 ante Estados Unidos en la fase de grupos—, Grosso emergió en los momentos decisivos. Primero ante Australia, en octavos de final. Después, en Berlín, al convertir el penalti definitivo en la final contra Francia, el disparo que elevó a Italia a la cima del mundo.

El duelo frente a Australia, dirigido por Guus Hiddink, fue el verdadero punto de quiebre. Italia jugaba con diez hombres desde la expulsión de Marco Materazzi y el partido parecía condenado al alargue. Pero en el tiempo añadido, cuando todo pendía de un hilo, Grosso irrumpió en el área. Condujo el balón, resistió la presión y fue derribado por Lucas Neill. El árbitro no dudó.

Era el momento de todo o nada.

Las protestas australianas no cambiaron el destino. Francesco Totti asumió la responsabilidad y convirtió el penalti que selló el pase a cuartos de final. Pero la jugada, el instante que lo hizo posible, pertenecía a Grosso.

“Fue un penalti claro”, recordaría más tarde. “Conduje el balón y el defensor me bloqueó por detrás. Tal vez no fue la acción más elegante, y estaba exhausto, pero fue eficaz”.

Totti apareció en el marcador. Italia siguió su camino. Pero sin Grosso, sin su convicción en el instante límite, la historia —y el destino de aquella Copa del Mundo— probablemente habrían sido muy distintos.

Fabio Grosso Winning Goal 2006Getty Images

Impacto en la final

Después de sus intervenciones decisivas ante Australia y Alemania, Fabio Grosso dejó su marca en el escenario más grande de todos: la final de la Copa del Mundo. Y lo hizo en el instante definitivo, al convertir el quinto y último penalti de la tanda.

—¿Por qué yo?— fue su reacción inmediata cuando Marcello Lippi le comunicó que sería el encargado del último disparo, después de Pirlo, Materazzi, Daniele De Rossi y Del Piero. Totti ya no estaba en el campo, y aunque nombres como Luca Toni o el capitán Fabio Cannavaro parecían opciones naturales, el técnico confió la responsabilidad al lateral que había aparecido una y otra vez cuando el destino lo exigía.

—Porque eres el hombre de los últimos minutos— respondió Lippi, sin titubeos.

Paradójicamente, Grosso no era un especialista en penaltis. Antes de aquella noche en Berlín, su último lanzamiento desde los once pasos había sido cinco años antes, en 2001, cuando jugaba en el Chieti, en la cuarta división italiana. Pero el fútbol, como la vida, no siempre elige a los más experimentados, sino a los más preparados para el momento.

Porque hay instantes en los que todo se detiene. Instantes en los que millones observan, en los que el peso de la historia descansa sobre un solo gesto. En esos segundos, la línea entre el olvido y la eternidad es casi invisible.

"Intenté por todos los medios mantener la calma», recordaría después. «En momentos así, la experiencia importa poco. La técnica ayuda, pero lo esencial es alcanzar el estado mental adecuado antes de correr hacia el balón".

El recuerdo sigue intacto. La caminata lenta, casi solemne, hacia el punto de penalti. El estadio suspendido en un silencio insoportable. Lippi se quita las gafas y se seca los ojos. Algunos en el banquillo no se atreven a mirar. Cannavaro permanece inmóvil, como una estatua. Pirlo lo abraza, buscando consuelo en la espera.

Grosso coloca el balón con cuidado. No mira al portero. No mira la portería. Mira hacia dentro.

Respira. Corre. Dispara.

El balón vuela alto, cruzado, imparable. Fabien Barthez se lanza, pero es inútil. Gol.

Italia es campeona del mundo.

En ese instante, la Azzurra no solo levantó su cuarta Copa del Mundo. También rompió una maldición que la había perseguido durante décadas, desde la final perdida en 1994 hasta las dolorosas eliminaciones en 1998, 2000 y 2002.

"Siempre recordaré que fui yo quien puso fin a esa maldición», diría Grosso. «Estábamos tensos antes de la final, pero logramos mantener la calma. Lippi fue fundamental. Nos devolvió la confianza".

Y así, el hombre que había llegado desde las sombras, el que no estaba destinado a ser protagonista, terminó escribiendo el último capítulo. El más importante. El eterno.

Fabio Grosso PerugiaGetty Images

De la nada

Antes del Mundial de 2006, nadie habría imaginado que Fabio Grosso se convertiría en un héroe nacional. No solo parecía improbable que Italia conquistara el título en medio del escándalo del Calciopoli, que sacudía al fútbol italiano en la antesala del torneo, sino que el propio Grosso era un nombre prácticamente desconocido para el gran público.

“Mi camino es el de un joven apasionado por el fútbol, que pasó cuatro años en la Eccellenza y que, a los 22, jugaba en la Serie C2. Como mucho, soñaba con llegar a la Serie A”, recordó en una entrevista con La Repubblica. “Pero además de los sueños, existe algo más profundo. Muchos me decían: ‘Ven, te llevamos aquí o allá’, pero yo prefería quedarme donde estaba. Siempre pensé: si debo llegar, lo haré en el momento adecuado. Quería avanzar sin saltarme etapas”.

Su historia en Perugia refleja con claridad su carácter. En la víspera de su primer partido en la Serie D, el entrenador intentó comunicarse con él para darle indicaciones finales. No pudo encontrarlo. Grosso había salido con sus amigos. Aún no se sentía un profesional.

“Mi madre me contó que el entrenador había llamado. Estaba decepcionada, y él también. Al día siguiente tuvimos una conversación sobre lo ocurrido. Yo había fallado a su confianza. Pero en el partido marqué tres goles y ganamos 6-2. Ese día, todo cambió. Ese día entendí lo que significaba ser profesional”.

Aunque la historia lo recuerda como un lateral izquierdo legendario, su origen estaba mucho más cerca del arte que de la defensa.

“Siempre fui un número 10”, confesó. “Era un jugador creativo, ofensivo. Pero un día, en Perugia, el lateral izquierdo fue suspendido y me pidieron ocupar su lugar. Esa decisión cambió mi vida. En lugar de bajar de categoría, me quedé y me convertí en titular en la Serie A. A veces, el destino se decide en un solo cruce de caminos”.

Su debut en la máxima categoría también fue una prueba de carácter. En San Siro, contra el Inter, estuvo a centímetros de marcar el gol del empate en el minuto 91. El balón golpeó el poste. En la jugada siguiente, cometió una falta y fue expulsado.

“Podría haberme derrumbado, pero no lo hice. Me reconstruí. Nunca dejé de ser fiel a mí mismo”.

La historia de Grosso no es la de un prodigio destinado desde niño a la grandeza. Es la de un soñador persistente, de un futbolista que avanzó paso a paso, sin atajos ni privilegios. El penalti en Berlín fue el punto culminante de su carrera, pero no su definición completa.

“El problema eran las expectativas. Yo no era Cabrini, ni Rossi, ni Schillaci. Pero muchos esperaban que lo fuera”, reflexionó. “Por eso no me gusta reducir todo a aquel penalti. Fue un momento importante, sí, pero mi historia es mucho más larga. Siempre me pregunté qué hacía un jugador que venía desde tan abajo, compartiendo vestuario con los mejores del mundo. Tal vez nunca estuve completamente seguro de merecerlo… pero sí sabía cómo estar allí”.

Y eso, al final, fue suficiente para cambiar la historia.

Fabio Grosso Juventus Getty Images

La caída

Después de 2006, la carrera de Fabio Grosso dio un salto importante, aunque más en prestigio que en protagonismo real. La noche de Berlín le abrió las puertas del Inter de Milán, donde debutó en la Champions League y conquistó el Scudetto bajo la dirección de Roberto Mancini. Sin embargo, en el plano individual, su historia no alcanzó el mismo brillo que con la selección.

Disputó 35 partidos en todas las competiciones y marcó tres goles en su primera temporada, números respetables, pero insuficientes para consolidarse como una pieza indispensable. Grosso nunca terminó de convertirse en titular indiscutible, y al final del curso decidió buscar nuevos horizontes.

Su destino fue el Olympique de Lyon, donde vivió dos temporadas marcadas por el éxito colectivo. Ganó la Ligue 1, la Copa de Francia y la Supercopa, sumando títulos a una carrera que seguía creciendo, aunque lejos del foco mediático que había alcanzado en 2006. Aun así, en el verano de 2009 tomó la decisión de regresar a Italia, esta vez para vestir la camiseta de la Juventus.

Fue una elección valiente. Incluso aceptó una reducción salarial significativa para unirse al club de Turín. Pero su etapa en la Juventus nunca terminó de despegar. Tras una primera temporada positiva, su protagonismo se fue diluyendo progresivamente. Bajo la dirección de Luigi Delneri, quedó relegado a un rol secundario, utilizado solo en circunstancias puntuales.

La llegada de Antonio Conte confirmó su pérdida de protagonismo. Grosso apenas tuvo minutos y su figura se desvaneció dentro de una plantilla en reconstrucción. La imagen era simbólica: el héroe de Berlín, el hombre que había definido un Mundial, quedaba al margen de un nuevo ciclo.

Al finalizar aquella etapa, dejó el club y, el 5 de diciembre de 2012, anunció su retiro definitivo del fútbol profesional.

No fue una decisión impulsiva, sino consciente.

“Decidí retirarme después de vivir satisfacciones enormes, porque ya no sentía el mismo hambre que me había impulsado siempre”, explicó tiempo después. “Tuve la oportunidad de jugar en el extranjero y defender a grandes clubes en Italia. El fútbol me dio todo. Ahora quería dedicarme a mi familia, disfrutar de otras pasiones como el tenis y el boxeo. Era el momento adecuado”.

Así se cerró la carrera de un futbolista que nunca fue la mayor estrella, pero que tuvo la capacidad de convertirse en eterno. Porque, aunque el tiempo avance, hay nombres que permanecen suspendidos en un instante. Y el suyo, para siempre, estará ligado a una noche en Berlín en la que el destino eligió su zurda para escribir la historia.

Fabio Grosso SassuoloGetty Images

Carrera tras retirarse 

En 2013, Fabio Grosso inició su camino como entrenador en la Juventus Primavera. Primero trabajó como asistente de Andrea Zanchetta, antes de asumir el cargo principal. En 2016 vivió una temporada destacada: conquistó el prestigioso Torneo de Viareggio y alcanzó las finales de la Coppa Italia y del campeonato nacional juvenil, aunque terminó como subcampeón en ambas, tras caer ante el Inter y la Roma.

Su buen trabajo le abrió las puertas del fútbol profesional. En el verano de 2017 fue nombrado técnico del Bari, en la Serie B, y condujo al equipo hasta el sexto lugar. Sin embargo, la grave crisis institucional del club, que culminó con su quiebra, provocó la rescisión de su contrato. Poco después asumió el mando del Hellas Verona, también en la segunda división, pero fue destituido en las últimas jornadas, cuando el equipo aún peleaba por un puesto en los playoffs de ascenso.

Su primera experiencia en la Serie A resultó especialmente dura. Al frente del Brescia, donde dirigió a Mario Balotelli, sufrió tres derrotas consecutivas y fue despedido rápidamente. Su siguiente destino fue el Sion, en Suiza, pero los resultados tampoco acompañaron, y dejó el cargo con el equipo peligrosamente cerca de la zona de descenso.

En marzo de 2021 regresó a Italia para dirigir al Frosinone, sustituyendo a otro campeón del mundo, Alessandro Nesta. Allí comenzó a reconstruir su credibilidad. No solo salvó al equipo del descenso, sino que, tras un proceso sólido, logró el ascenso a la Serie A en la temporada 2022/23, asegurándolo con tres jornadas de antelación.

Su crecimiento llamó la atención del Olympique de Lyon, que lo contrató el 16 de octubre de 2023. Sin embargo, su etapa en Francia fue breve y turbulenta. Dirigió apenas siete partidos y su paso quedó marcado por un violento incidente: aficionados del Marseille atacaron el autobús del Lyon y uno de los objetos lanzados impactó en su rostro, provocándole una grave lesión en el ojo.

Lejos de rendirse, Grosso continuó su camino. Desde 2024 asumió el mando del Sassuolo, con el que logró el ascenso a la Serie A, devolviendo al club a la élite del fútbol italiano. Era una confirmación más de su esencia: avanzar siempre, sin importar los obstáculos.

Porque, como entrenador, sigue siendo fiel al mismo principio que definió su carrera como jugador.

“Nunca quise favores. Nunca viví de lo que gané”, explicó. “No me gusta hablar, me gusta hacer. Me retiré en silencio, sin anuncios, sin buscar protagonismo. Me quedé en el campo, trabajando con los jóvenes. Quiero que aprendan a perseverar, a no rendirse ante las dificultades. El miedo es humano, pero debe transformarse en valentía. Pensar demasiado retrasa la acción. Para mí, entrenar es una forma de devolverle al fútbol parte de lo que me dio. Quiero que mis jugadores sean felices y que encuentren su propio camino”.

Así, lejos del ruido, el héroe de Berlín sigue escribiendo su historia. Esta vez, desde la banda.

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