Las Copas del Mundo suelen estar rodeadas de incertidumbre, alimentadas por la imprevisibilidad del fútbol. Sin embargo, la edición de 2026 llega cargada de certezas. Para la selección brasileña será un auténtico punto de inflexión histórico: o el equipo dirigido por Carlo Ancelotti conquista el título y borda por fin la ansiada sexta estrella, o Brasil firmará la mayor sequía mundialista de toda su historia.
Serán 24 años los que separen el Mundial de 2026 de la última conquista brasileña, en 2002. Exactamente el mismo lapso que transcurrió entre el tricampeonato de 1970 —aquel equipo legendario de Pelé, Jairzinho, Gérson, Rivellino, Tostão y compañía— y el tetracampeonato de 1994. Cinco Copas del Mundo consecutivas sin levantar el trofeo. La cuenta es sencilla: si la espera no termina en Norteamérica —como sí lo hizo en aquella tarde soleada en el Rose Bowl, tras el penal fallado por Roberto Baggio—, el próximo intento no llegaría hasta 2030. Para entonces, la sequía alcanzaría los 28 años y seis ediciones del torneo.
Brasil nunca había tardado tanto en volver a ganar una Copa del Mundo. El primer Mundial se disputó en 1930 y el primer título brasileño llegó 28 años después, en 1958. Pero conviene matizar: el verdadero sueño mundialista nació en 1950, durante la cuarta edición del torneo, ya que la competición no se celebró en la década de 1940 debido a la Segunda Guerra Mundial. Apenas ocho años separan la imagen de un Pelé niño consolando a su padre, devastado tras el Maracanazo escuchado por radio, de la escena del propio Pelé, ya campeón del mundo, llorando de alegría y abrazado por Nilton Santos tras vencer a Suecia en 1958.
Desde aquel primer título, Brasil se convirtió en sinónimo de fútbol. Del pase preciso. Del regate creativo. De los goles. De los títulos. Del arte. La camiseta amarilla pasó a ser uno de los símbolos deportivos más reconocibles y respetados del planeta. “El país del fútbol”, como tantas veces se ha dicho. Al éxito de 1958 le siguió el bicampeonato en 1962. La decepción de 1966 dolió, sí, pero solo durante cuatro años, hasta la consagración del tricampeonato de 1970, televisado para casi todo el mundo, un título que selló definitivamente a Brasil como el rey del fútbol y a Pelé como el más grande de todos los tiempos.
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Una sequía diferente
¿Pero cuáles son las diferencias más relevantes —incluso simbólicas— entre las dos sequías de 24 años sin títulos mundiales de Brasil? En números, son idénticas: el mismo tiempo transcurrido, las mismas cinco Copas del Mundo disputadas. Sin embargo, los contextos y los acontecimientos que marcaron cada periodo dejan en evidencia que se trata de esperas muy distintas. Y no hay demasiadas dudas de que la actual ya puede considerarse mucho más dañina que la anterior.
El ayuno posterior al Pentacampeonato ha sido especialmente nocivo para la imagen y la autoestima del fútbol brasileño. Entre 1974 y 1990, aun sin títulos, Brasil siguió siendo protagonista. En 1974, un equipo que todavía buscaba redefinirse sin Pelé cayó ante la Holanda revolucionaria de Rinus Michels y Johan Cruyff. En 1978, aunque vio a Argentina coronarse campeona, regresó con la etiqueta de “campeón moral”: permaneció invicto, pero quedó fuera de la final por los criterios de desempate y el siempre polémico partido entre argentinos y peruanos.
La selección de 1982 merece un capítulo aparte. Junto a la Hungría de Puskás en 1954 y la Holanda de Cruyff, quedó inmortalizada como uno de esos equipos que enamoraron al mundo sin levantar el trofeo, una distinción tan rara como prestigiosa. La eliminación por penales ante Francia en 1986 fue dolorosa, pero lejos de resultar vergonzosa; al fin y al cabo, ese Mundial fue el reino de Maradona. La derrota en 1990, en Italia, sí figura entre las más indignantes, aunque el golpe fue rápidamente amortiguado con la conquista del Tetracampeonato en 1994.
Durante aquella primera sequía, entre 1974 y 1993, Brasil conservó un estatus fuerte y una identidad clara. La selección podía perder, pero lo hacía con dignidad, manteniendo la cabeza en alto —más orgullo que arrogancia—. El fútbol, después de todo, se construye con más frustraciones que glorias. Y cuando el país se miraba al espejo, aún veía a sus principales estrellas brillando, en su mayoría, dentro del propio campeonato nacional o regresando a él en plenitud.
Ese escenario cambió de manera definitiva a partir de 1995, con la Ley Bosman. La flexibilización de los cupos de extranjeros en Europa abrió de par en par las puertas al éxodo de talentos sudamericanos hacia el Viejo Continente, modificando no solo el mercado, sino también la percepción del poder futbolístico brasileño.
Hoy, la realidad de ver a los grandes futbolistas brasileños desarrollando sus mejores años lejos del país parece irreversible, por motivos que trascienden lo estrictamente deportivo. Y aunque el fútbol jugado dentro de Brasil ha mostrado una notable evolución en su nivel en los últimos años, incluso sin sus máximas figuras, ese distanciamiento también ha dejado una huella moral profunda en el contexto de esta sequía, que explica por qué el ayuno actual se vive como más largo, más pesado y más cruel que el anterior.
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El fracaso de 2006
La Copa del Mundo de 2006, disputada en Alemania, fue la primera en la que más del 80 % de los jugadores de la selección brasileña militaban en clubes europeos. Antes de que el balón comenzara a rodar, sin embargo, ese dato parecía irrelevante. El clima alrededor del equipo era casi de “título asegurado”, y resultaba difícil culpar tanto a aficionados como a analistas por esa sensación.
Brasil contaba con el mejor jugador del mundo en ese momento, Ronaldinho Gaúcho, con el mejor de años anteriores, Ronaldo Fenómeno, y con el que sería elegido el mejor al año siguiente, Kaká. A ellos se sumaban figuras de peso como Adriano Imperador, Cafu o Roberto Carlos. La concentración de talento era abrumadora.
Nunca desde 1970 se había reunido una constelación de protagonistas tan grande. La imagen de la transmisión oficial de la FIFA, recorriendo los rostros de las estrellas brasileñas durante la ejecución del himno nacional, quedó grabada en la memoria colectiva. Con el paso del tiempo, esa escena se volvió incluso divisiva: quienes no vivieron aquel Mundial, o no recuerdan a ese equipo en acción, la evocan como el símbolo de un segundo gran auge del fútbol brasileño; quienes sí lo vieron, en cambio, no pueden separar esa imagen de la enorme decepción que vino después.
La eliminación ante la Francia de Zinedine Zidane, en cuartos de final, fue solo una parte del problema. Lo más doloroso fue la absoluta falta de un fútbol mínimamente atractivo u organizado. El ambiente de “ya ganamos”, nacido en las gradas, terminó por contagiar al grupo, que encaró la preparación del torneo en un clima más cercano a la celebración que a la concentración.
Las escenas de los entrenamientos en Weggis, Suiza, se convirtieron con el tiempo en el símbolo más claro de aquel fracaso, incluso más que la célebre distracción de Roberto Carlos, más atento a acomodarse la media que a seguir la marca de Thierry Henry en la jugada que sentenció la eliminación. De manera casi irónica, el mismo Carlos Alberto Parreira que había dirigido al equipo que puso fin a la sequía en 1994 fue también el entrenador que dio inicio al actual periodo sin títulos mundiales.
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Sin sonrisitas...
La reacción de la CBF tras la decepción de 2006 no fue una profunda introspección. La entidad aprovechó la indignación generada por la llamada “fiesta de Weggis” para impulsar un golpe de timón y enviar un mensaje claro: se acabaron las celebraciones. Para ello, recurrió a Dunga, capitán del campeón del mundo en 1994, con la idea de que, a partir de entonces, la selección brasileña sería sinónimo de seriedad y disciplina.
El problema fue que, aunque ese ciclo trajo títulos —como la Copa América y la Copa Confederaciones—, el equipo nunca logró seducir. El carisma se fue diluyendo rápidamente: Ronaldo ya se había despedido de la amarelinha y tanto Ronaldinho Gaúcho como Adriano quedaron al margen, no solo por su declive futbolístico, sino también por sus comportamientos fuera del campo. Quizá fue en ese punto cuando la selección brasileña dejó, de verdad, de sonreír.
La apuesta por la fortaleza física por encima del talento quedó simbolizada en la ausencia de Neymar y Paulo Henrique Ganso, entonces figuras emergentes del Santos, en la convocatoria para el Mundial de Sudáfrica. Aun así, Brasil pareció listo para silenciar a sus críticos con un primer tiempo casi exuberante ante Holanda en los cuartos de final. Pero todo se derrumbó por errores individuales: Júlio César falló en una salida, Felipe Melo tuvo una actuación desastrosa que culminó con una expulsión tras un pisotón a Arjen Robben, y la remontada neerlandesa selló el 2-1 definitivo.
El intento de sustituir el “clima de fiesta” por un régimen casi militar dejó una lección clara: ese viraje extremo tampoco era la respuesta para que Brasil volviera a la cima del mundo.
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Neymar, solo y sin mentor
Es posible imaginar que aquella selección brasileña habría llegado mucho más lejos si hubiera contado con Adriano, Kaká y Ronaldinho Gaúcho en plenitud. Kaká y Adriano tenían 28 años; el Bruxo acababa de cumplir 30. Sin embargo, las lesiones de cadera truncaron la carrera de Kaká desde 2009, convirtiéndolo en un futbolista más frágil y muy distinto al que había alcanzado la cima en 2007. Adriano y Ronaldinho, por razones diferentes, se apartaron del manual de lo que significa ser un atleta profesional, justo cuando Lionel Messi y Cristiano Ronaldo empezaban a marcar el camino de la excelencia sostenida.
¿El resultado? Kaká rindió muy por debajo de sus posibilidades en 2010 y quedó fuera del ciclo rumbo al Mundial de 2014, tan simbólico por disputarse en Brasil. Lo de Ronaldinho y Adriano fue, directamente, un desperdicio. Cuesta no pensar que dejaron escapar la oportunidad de ser aún más grandes durante más tiempo. Aquellos talentos que en 2006 parecían destinados a dominar el fútbol en los años siguientes nunca ocuparon ese espacio. La brecha terminó siendo llenada, casi en soledad, por un joven Neymar, sin mentores que lo ayudaran a comprender la dimensión y el peso de esa responsabilidad.
Entre turbulencias institucionales, cambios constantes de entrenador y escándalos en la cúpula de la CBF, la selección brasileña pasó a ser “Neymar y diez más”. Así fue desde el ciclo rumbo a 2014 hasta la eliminación ante Croacia en 2022. Brasil siguió produciendo excelentes futbolistas, pero ninguno alcanzó la estatura de Neymar. Un país acostumbrado a grandes protagonistas se encontró con un reparto de muy buenos secundarios. Un gran equipo, sí, pero lastrado por la ausencia de un proyecto deportivo sólido, por el caos dirigencial y, en demasiadas ocasiones, por la falta de una mentalidad verdaderamente ganadora con la camiseta canarinha. Dicho sin rodeos: la selección más exitosa de la historia entró en una crisis de identidad tan profunda que, por momentos, parece no creerse capaz de ganar.
El episodio que simboliza como ningún otro esa crisis es el 7-1 sufrido ante Alemania en la semifinal del Mundial de 2014, disputado en casa. El mayor bochorno de una potencia futbolística en la historia de las Copas del Mundo. Sin Neymar, lesionado en cuartos frente a Colombia, todas las fisuras del equipo de Luiz Felipe Scolari quedaron brutalmente expuestas ante una Alemania que acabaría levantando el título en el Maracaná.
La ausencia del único crack en el desastre del Mineirão reforzó la idea de que Neymar era una pieza absoluta e indispensable para la selección. Si el talento surgido en el Santos y consagrado en el Barcelona hubiera ocupado el trono que dejaron Messi y Cristiano Ronaldo, esa dependencia quizá estaría justificada. Pero su trayectoria terminó pareciéndose más a la de Ronaldinho que a la regularidad implacable del argentino y el portugués. Las lesiones, recurrentes, lo apartaron o lo obligaron a llegar a los Mundiales lejos de su mejor forma física, como ocurrió en 2018 y 2022.
En Rusia 2018, Neymar se convirtió en objeto de burla mundial por sus reacciones exageradas tras las faltas recibidas. El Brasil de Tite, que ilusionaba en la recta final de la preparación, cayó ante Bélgica en cuartos de final. Cuatro años después, ya como referente y mentor de Vini Júnior y Rodrygo, Neymar firmó un gol brillante ante Croacia en cuartos, reflejo del buen torneo que estaba realizando. Pero la selección pagó su inmadurez, sufrió el empate y volvió a despedirse en los penaltis.
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Crisis de identidad
Caer en los cuartos de final parece haberse convertido en una constante desde el Pentacampeonato. La única excepción fue 2014 y terminó en un 7-1 tan traumático que cualquier eliminación ante Francia, Holanda, Bélgica o Croacia hoy parece casi un mal menor. De cara a 2026, la planificación ha sido desastrosa: un largo interinato con Fernando Diniz, seguido por un ciclo tan breve como deficiente de Dorival Júnior. Con el Mundial de América del Norte prácticamente a un año de distancia, la llegada de Carlo Ancelotti se dio con aura de “salvador de la patria” y simboliza, al mismo tiempo, la pérdida de prestigio de los entrenadores brasileños incluso dentro de su propio país, un proceso que ya se venía gestando en el fútbol de clubes desde 2019.
El primer técnico extranjero en dirigir a Brasil en una Copa del Mundo tendrá poco margen para hacer ajustes profundos. Aun así, al menos empieza a delinearse una base del equipo. Sin Neymar —incapaz de encadenar una racha sostenida de partidos desde 2023 y aún condicionado por las lesiones—, el peso recae sobre figuras como Vinícius Júnior y Raphinha, además de veteranos como Casemiro. La mayoría de ellos ni siquiera recuerda el título de 2002; algunos ni habían nacido. Y los recuerdos recientes, además, están lejos de ser alentadores.
Con cada Mundial que pasa sin título, la crisis de identidad se profundiza y los diagnósticos se amontonan: ¿es viable un entorno más relajado, como el de 2006, o la respuesta está en la rigidez y el clima de “nosotros contra el mundo” de 2010? ¿Existe un Brasil campeón sin Neymar? ¿Se acabaron los cracks como los de otras décadas? ¿Hace falta un entrenador extranjero para devolverle a la selección la ambición y la fe en la gloria?
Las preguntas quedan abiertas. La realidad, en cambio, es un ambiente de desesperación y ansiedad —muy propio de estos tiempos— incrustado en una espera que ya es histórica. Si el ayuno entre el Tri y el Tetra estuvo marcado, al menos, por el orgullo de lo que el fútbol brasileño seguía produciendo, el actual transmite exactamente lo contrario. Las identidades se construyen con el tiempo, y estos 24 años han erosionado seriamente la imagen de la selección canarinha y del fútbol brasileño en su conjunto.
Desde el Penta hasta hoy, el Brasil que solía encantar y ganar no ha hecho ni una cosa ni la otra. ¿Qué lo define entonces? Sigue siendo la selección más laureada de la historia, pero cada vez es menos habitual que llegue a un Mundial como uno de los tres grandes favoritos al título. Y eso no es normal. Nunca la espera por una Copa del Mundo fue tan pesada para Brasil. Ahora, solo queda ver qué capítulo escribirá esta historia en 2026.
