GoalEn otro tiempo, la Supercopa de España sería un título menor para el Barça. Ahora, es bastante más que un título. Es un punto de inflexión que el vestuario pelea, el entrenador persigue y el aficionado anhela. Nada más transformar el último penalti de la fatídica tanda, el grupo azulgrana se fundió en una piña que ponía de relieve el estado de ánimo de la plantilla. El Barça festejó el pase a la final por todo lo alto. Señal de que los jugadores están unidos, de que el vestuario necesita alegría y de que todos saben que este título es algo más que una de las múltiples copas que adornan el nutrido palmarés en las vitrinas de Arístides Maillol. En ese contexto, el aficionado azulgrana siente un optimismo moderado: El primero lo vería un ciego. A falta de Messi, bueno es Ter Stegen. Al alemán, inspirado hasta el extremo, no le pasaron ni los rayos X.
Sin embargo, la capacidad milagrera de Ter Stegen no opaca algunas razones para que el culé crea que, por fin, el equipo está en el buen camino. Ronald Araujo tiene que mejorar a la hora de salir de la cueva con la pelota controlada, pero se está destapando como el central que necesitaba el Barça: a pesar de ser algo aparatoso por su impresionante físico, dio un recital en el cruce, demostró que es una bala al espacio, que saber cuerpear con el delantero y que por arriba es un coloso. ¿Para qué gastar dinero fuera con lo que tienes en casa?
La misma pregunta se repite con Riqui Puig. Cuentan las malas lenguas que tiene un carácter complicado. Dicen los gurús que si no ha sido titular con varios entrenadores, será por algo. Y sólo Koeman y el propio Riqui saben, exactamente, qué demonios pasó ahí dentro. Más allá de los "grouppies" que tiene Puig en las redes sociales, al chico nadie puede discutirle que, demás de clase con la pelota, tiene lo más preciado en el fútbol de elite. Justo lo que tiene Pedri: sabe tomar decisiones y tiene una personalidad arrolladora. Eso es oro molido.
El tercer nombre propio es Frenkie De Jong. Costó un dineral, llegó como un fantástico jugador y por razones ignotas, acabó pesando muy poco en los partidos hasta ser intrascendente. Ahora, toda vez que ha vuelto a su puesto natural como interior, está volviendo a ser lo que se esperaba de él. Un futbolista exuberante, con ida y vuelta, con capacidad para asociarse y para llegar. Un todocampista. Hacía falta, porque algunos de los que creíamos en el holandés estábamos empezando a pensar que era más bonito que bueno.
Son noticias positivas para Koeman. Parece haber encontrado el camino. Ha bastado con sacar el sofá del cuarto de baño y la bañera del salón. Con aplicar el sentido común. No es que este Barça sea la quintaesencia del fútbol, ni que haya recuperado aquellas obras de arte con Guardiola al frente, pero sí ha recuperado chispa, parece más convencido de lo que hace y el vestuario quiere demostrar que querer es poder. Ahora falta la guinda del pastel. Recuperar a Messi para jugar la final de un título más importante de lo que parece.
Rubén Uría




