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Ruben Uria BlogGoal

Relato de una noche de vergüenza

No fue un partido, fue un asesinato a sangre fría. Uno que se veía venir y que, con toda la crudeza del mundo, fue inexorable. Como no hay dos sin tres, el Barça hizo lo imposible por superar su récord mundial de miseria. Tras ser humillado en Roma y Anfield, el equipo batió su plusmarca y se fue de Lisboa con ocho goles en la saca. En Lisboa se dirimió un duelo entre atletas y turistas, con un resultado tan contundente como merecido. Crónica de una muerte anunciada, el Bayern de Múnich golpeó en serie al Barça de manera machacona. Y cada vez que los alemanes sacaban la mano a pasear, pasaba aquello que Mike Tyson contaba de sus rivales cuando era campeón del mundo: “Sacaba la mano y los rivales se hacían añicos”. Roto por el eje, muerto en vida, destrozando física y mentalmente, lo que queda del Barça puso punto y final a una generación de jugadores gloriosos que sufrieron la peor derrota de sus vidas.

Con más agujeros que el Prestige, dentro y fuera del campo, en el banquillo y en el vestuario, en la poltrona y en la institución, el Barça fue un pelele en manos del Bayern. Un peso muerto que los alemanes, un señor equipo de fútbol, golpearon una y otra vez, a placer, hasta convertirle en un zafio muñeco de trapo que acabó maltratado. Hace cinco años, el Barça se coronaba rey de Europa en Berlín. Cinco años después, el Barça se ha empeñado en caminar, de derrota en derrota, hasta una lacerante humillación final. No fue casualidad. El Barça regaló una Liga que tenía en el bolsillo, llegó con la lengua fuera a Lisboa y acabó demostrando ante el Bayern que el partido le venía tan grande como a Bartomeu la presidencia y a Setién el banquillo. Durante 90 minutos, el partido fue un relato de una noche de vergüenza.

Sólido, líquido y gaseoso, el estado de opinión del barcelonismo comprendió que había sido engañado por los propagandistas de los mil pases. El primer día de colegio, Johan Setién garantizó que su equipo jugaría bien. La realidad fue otra: entre su incontinencia verbal, su ausencia de valentía y sus cuestionables planteamientos, acabó desfigurado. Ante el Bayern, mientras el barcelonismo se preguntaba si le despedirían en el descanso, tocó fondo. Se le quedó la misma cara que a las vacas cuando ven pasar el tren. Salvo milagro que rozaría la negligencia, Setién no seguirá. Le despedirá el mismo que le contrató y el que antes, echó a Valverde siendo líder.  

¿Y ahora, qué? Pues ahora el barcelonismo pedirá que rueden cabezas y lo hará cargado de razones. Como traca final, una sensación que debería invitar al club a sentarse en el rincón de pensar: Antes de irse, Guardiola aconsejó al Barça que hicieran feliz a Messi. La realidad es que, empachado de mediocridad, el club ha perpetrado el crimen deportivo más intolerable de la reciente historia azulgrana. Como la estupidez siempre insiste, desde el despacho al banquillo, han conseguido lo que parecía imposible: aburrir a D10S. Ahora algunos deberían rezar para que siga queriéndose quedar con esta ruina.

Rubén Uría

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