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Argentina Legacy ArtGOAL

Pasión – La Argentina de las heridas, la gloria y el desafío de conquistar el mundo otra vez

De la amargura de las finales perdidas a la explosión de alegría en Catar, esta es la historia de un equipo que supo convertir el dolor en impulso y la pasión en destino. Una nación que no solo juega la Copa del Mundo: la vive, la respira y la siente en cada latido.

Argentina Fans 2022Getty Images

La pasión como bandera

En el universo de los Mundiales, donde conviven potencias, tradiciones y gestas inolvidables, hay una palabra que inevitablemente conduce a un solo nombre: pasión. Argentina no solo compite, late como un solo cuerpo. No solo juega, transmite. La selección argentina construyó un legado que va más allá de los resultados; convirtió la Copa del Mundo en un territorio emocional, en un examen permanente para el alma. Donde otros ven un torneo, Argentina ve destino. Donde otros ven un partido, Argentina ve historia.

Ese legado no se mide únicamente en títulos, sino en el significado profundo que cada uno encierra —y también en las derrotas que marcaron una época—, porque fueron esas caídas las que forjaron el carácter, la identidad y la narrativa que alcanzaron su clímax en Catar 2022. Es imposible entender la imagen de Lionel Messi levantando la Copa del Mundo sin recorrer antes el camino que lo condujo hasta allí: las finales perdidas, las críticas feroces, la angustia acumulada. Durante años, el fútbol argentino vivió atrapado entre el talento desbordante y el sufrimiento constante, entre la esperanza que renace y la desilusión que golpea. Hasta que esa pasión, tantas veces herida, decidió convertirse en destino.

Supporters of Argentina cry after their team's loss at the end of the 2010 World CupGetty Images

Legado forjado en el fuego

Argentina quedó inscrita en la historia de los Mundiales como una de las selecciones más temperamentales y viscerales que haya conocido el fútbol. Ya en 1930, en la primera Copa del Mundo, la Albiceleste dejó ver su naturaleza indomable: no se trataba solo de jugar, se trataba de representar el orgullo de una nación. Pero fue en 1978 y, sobre todo, en 1986, cuando Argentina encendió definitivamente el fuego sagrado de sus gestas universales. Allí nació el mito moderno: el país capaz de producir genios y guerreros, de convertir el fútbol en identidad y memoria colectiva.

Después de Diego Maradona, sin embargo, llegaron las heridas. Italia 1990 dejó la cicatriz de una final perdida ante Alemania; Estados Unidos 1994 marcó el abrupto final de un sueño; Francia 1998 trajo una eliminación cruel frente a Holanda. En Corea–Japón 2002 llegó uno de los golpes más inesperados, con la caída en la fase de grupos. Alemania 2006 y Sudáfrica 2010 repitieron la misma barrera, con el camino detenido en los cuartos de final. Y así, mientras el mundo seguía admirando el talento argentino, también reconocía una constante inevitable: el drama, la decepción, las lágrimas. Argentina jugaba con el corazón. Pero ese corazón, demasiadas veces, se rompía justo cuando más fuerte latía el sueño.

Messi World Cup 2014 Final LossGetty Images

Finales perdidas y colapso interno

El ciclo entre 2014 y 2016 representó el capítulo más doloroso y, al mismo tiempo, el más decisivo de esta historia. Tres finales consecutivas —el Mundial de 2014, la Copa América de 2015 y la Copa América de 2016— terminaron en tres derrotas. Tres veces Argentina estuvo a un paso de tocar el cielo antes de verse obligada a convivir con el vacío. La imagen de Lionel Messi, solo, de espaldas, con la mirada perdida en el Maracaná, quedó grabada para siempre en la memoria colectiva del país.

Fue entonces cuando Argentina se enfrentó a su fantasma más cruel: el juicio de los suyos. La selección fue señalada por una supuesta falta de carácter, acusada de no saber ganar, de quedarse siempre al borde de la gloria. Surgieron palabras duras, hirientes, que cuestionaban no solo el rendimiento, sino el alma del equipo. Ninguna otra selección vive el fútbol con una carga emocional tan intensa, y en aquellos años la pasión mostró su rostro más implacable. No era solo una derrota deportiva; era el orgullo de una nación herido, era la sensación de una generación atrapada en una espera interminable.

Lo que pocos podían imaginar era que, en medio de ese dolor, se estaba forjando algo más grande. El equipo no se quebró; se transformó. El sufrimiento no los dividió, los fortaleció. Fue en esas caídas donde nació el carácter que años más tarde encontraría su redención en Catar.

Messi Lifts World Cup 2022 TrophyGetty Images

Del miedo al destino

La campaña en el Mundial de 2022 comenzó con un golpe brutal: la derrota ante Arabia Saudita. Pero, a diferencia de otros ciclos, Argentina no se derrumbó. Había algo distinto. Detrás de ese equipo existía una unión inquebrantable, una convicción profunda, una promesa silenciosa que parecía resonar en cada paso: esta vez no terminaría en fracaso. Era la urgencia del último baile, la última oportunidad de Lionel Messi para conquistar el único título que aún faltaba en su legado.

En Catar, la pasión dejó de ser una herida abierta para convertirse en energía pura. Ya no era un peso que paralizaba, sino una fuerza que impulsaba. Los triunfos ante México y Polonia marcaron el renacer. La batalla contra Países Bajos, cargada de tensión, polémica y orgullo, reveló a un equipo que no huía del sufrimiento, sino que lo abrazaba como parte del camino. La semifinal ante Croacia fue la confirmación definitiva: Argentina ya no dudaba, Argentina creía.

La final contra Francia, con un guion imposible de imaginar, terminó por consagrar algo más que un campeón. Fue la culminación de una transformación histórica. Argentina dejó atrás el estigma del “casi”, las lágrimas y las oportunidades perdidas, para convertirse nuevamente en lo que siempre estuvo destinada a ser: campeona del mundo. Fue el cierre de una herida colectiva, el grito contenido durante décadas y la restitución definitiva de la pasión en su forma más pura: la felicidad.

Messi World Cup 2022Getty Images

Messi: de villano a héroe

Durante años, Messi fue el héroe incompleto. Admirado en todo el mundo, pero muchas veces incomprendido en su propia tierra. Le pidieron que fuera Maradona, cuando en realidad estaba destinado a ser Messi. Le exigieron furia cuando su lenguaje siempre fue el silencio. Pero en Catar ocurrió algo extraordinario: la selección dejó de jugar para Messi y comenzó a jugar con Messi. Ya no se trataba de esperar a un salvador, sino de construir, juntos, a un campeón.

En Catar, Messi dejó de ser únicamente un genio para convertirse en un líder espiritual. Su estallido ante Países Bajos —“¿Qué mirás, bobo? ¡Andá para allá!”— fue más que una reacción: fue un símbolo. En ese instante, el mundo vio una versión distinta, más visceral, más humana, más argentina. Y el equipo entero se reconoció en ese fuego, en esa determinación compartida.

El título no solo lo consagró como campeón del mundo; lo elevó a un plano superior, al lugar reservado para los eternos. Maradona había levantado la Copa en México, en 1986. Messi lo hizo en Catar, en 2022. Dos caminos distintos, una misma trascendencia. Dos nombres unidos para siempre en la historia de Argentina y del fútbol.

Argentina Fans CelebratesGetty Images

Una afición que no compite, conquista

Pocas selecciones en el mundo movilizan tanto como Argentina. No es solo una hinchada, es una peregrinación. En Catar, los estadios se vistieron de azul y blanco como si el Mundial se disputara en Buenos Aires. Las calles, el metro, los mercados: cada rincón se transformó en un escenario de cánticos interminables. Las canciones argentinas marcaron el pulso del torneo, y “Muchachos” dejó de ser solo un canto para convertirse en un himno universal.

Allí quedó expuesto el mayor legado de Argentina: su gente. Siempre se dijo que Argentina tenía hinchas; en Catar, el mundo entendió que Argentina es su hinchada. Porque para los argentinos, el fútbol no es un espectáculo: es una forma de existir, una identidad que se hereda, se defiende y se siente con el alma.

Messi World Cup 2022 FinalGetty Images

Eterno candidato

Ahora Argentina no llega al Mundial como una promesa, sino como el campeón al que todos quieren derribar. El título en Catar no clausuró una historia; abrió una nueva etapa. Ya no hay cuentas pendientes ni fantasmas que susurren desde el pasado. La memoria de lo perdido dejó de ser una carga. La selección aterriza en Norteamérica con una certeza que no necesita proclamarse: viene a defender lo que conquistó.

El mundo, que alguna vez dudó, hoy mira con respeto —y con cautela— a la Albiceleste. Porque este equipo, moldeado en el dolor y consagrado en la gloria, ya no juega para redimirse. Juega desde la convicción. Juega con la autoridad de quien aprendió a ganar.

Messi Inter Miami 2025Getty Images

La segunda casa de Messi

La próxima Copa del Mundo se disputará en Norteamérica, y hay algo profundamente simbólico en ello. Lionel Messi ya no es solo el capitán de Argentina; es un ícono global que vive y juega en suelo estadounidense. El Inter Miami se ha convertido, casi sin proponérselo, en una extensión emocional de la Albiceleste. En cada estadio donde aparece Messi, las tribunas se llenan de banderas celestes y blancas, camisetas con el número 10 y voces que pronuncian su nombre con la misma devoción que en Buenos Aires. El fútbol argentino, una vez más, ha cruzado fronteras sin perder su esencia.

Pero este fenómeno no se explica únicamente por la presencia de un jugador irrepetible. Es la continuación de un legado construido durante generaciones, alimentado por el sacrificio, el dolor y una pasión que no admite distancias. Argentina no exporta solo futbolistas; exporta identidad. Cada niño que levanta una camiseta albiceleste en Norteamérica es el reflejo de una historia que comenzó mucho antes de Messi y que continuará después de él.

Porque si hay algo que define a Argentina en los Mundiales, más allá de los títulos, es esa pasión innegociable que se transmite como una herencia sagrada. Fue esa fuerza la que llevó a miles de argentinos a Catar, cruzando continentes para sostener un sueño. Fue esa convicción la que sobrevivió a las derrotas, la que resistió la duda, la que se negó a desaparecer. Catar 2022 no fue solo una consagración deportiva; fue una liberación emocional, la confirmación de que el sufrimiento había valido la pena.

Desde entonces, algo cambió para siempre. Argentina ya no juega con el peso de la historia, sino con la certeza de pertenecer a ella. La hinchada argentina dejó de ser una presencia llamativa para convertirse en un símbolo universal. En cualquier estadio del mundo, su canto resuena como un recordatorio de que el fútbol, en su forma más pura, sigue siendo un acto de fe.

Y ahora, con el próximo Mundial en el mismo continente donde Messi escribe sus últimos capítulos, el círculo parece cerrarse. No como un final, sino como una continuidad. Porque Argentina no viaja a Norteamérica solo como campeona. Viaja como lo que siempre fue: una nación que convirtió la pasión en eternidad.

Messi Argentina 2025Getty Images

Ahora, en 2026, esa llama viajará hacia México, Canadá y, sobre todo, Estados Unidos, un país que durante décadas observó el fútbol como una pasión ajena, pero que hoy respira al ritmo del mate y del “vamos, vamos Argentina” gracias a Messi. No es una coincidencia que la próxima Copa del Mundo se dispute en el mismo territorio que hoy lo ve jugar: es la culminación perfecta de un círculo. El niño que soñó con la Copa en Rosario y la levantó en Lusail regresará como campeón al país que adoptó como su hogar, no para perseguir un sueño, sino para defenderlo.

En cada ciudad donde juegue Argentina habrá un reflejo de su tierra. En Miami, donde Messi echó raíces y sembró devoción; en Nueva York, donde la comunidad argentina imagina Times Square teñida de celeste y blanco; en Los Ángeles, donde millones ven en él algo más que un futbolista, un símbolo de su tiempo. No habrá estadio sin canciones, sin banderas, sin esa certeza colectiva que acompaña al campeón. La pasión volverá a cruzar fronteras, pero esta vez con la serenidad de quien ya conquistó la cima.

Y no es solo por Messi. Es por lo que Argentina representa en la historia de los Mundiales. Desde la determinación de Mario Kempes en 1978 hasta la eternidad de Diego Maradona en 1986; desde las lágrimas que marcaron generaciones hasta la redención que sanó un país en 2022. Cada época dejó su marca, cada caída fortaleció su identidad, cada triunfo consolidó su leyenda. Y en el fondo de todo, siempre el mismo grito, el mismo impulso, la misma verdad que atraviesa el tiempo: Argentina no juega solo para ganar, juega para existir.

The faces of late Argentine football legend Diego Maradona (L) and Argentina's forward Lionel Messi are seen on the drums of Argentina's fans Getty Images

Catar marcó un punto de inflexión porque devolvió algo más grande que un título: devolvió la fe. Argentina dejó atrás el estigma del “casi” para convertirse en el equipo que se atrevió a llegar hasta el final. Y esa transformación no nació únicamente en una pizarra ni en una decisión táctica, sino en la fuerza invisible que siempre acompañó a su gente. La selección no ganó solo por su talento, sino por su espíritu. Ganó porque entendió que el fútbol, en Argentina, no es un juego: es una extensión del alma.

Esa misma alma viajará a Estados Unidos en 2026. Será el Mundial de los niños que crecieron viendo a Messi besar el trofeo, de los que aprendieron que los sueños no son promesas vacías, sino destinos que se conquistan. Será también la confirmación de un legado que trasciende generaciones. Porque Argentina no solo deja huellas en el fútbol; deja emociones que sobreviven al paso del tiempo.

Cuando Messi vuelva a vestir la camiseta albiceleste en suelo norteamericano, no será simplemente un futbolista defendiendo un título. Será el símbolo vivo de una historia que unió a millones. La gente lo seguirá sin importar la distancia, porque su figura representa algo más profundo que el éxito: representa la persistencia, la redención y la esperanza cumplida.

El Mundial de 2026 será un nuevo capítulo, pero la esencia permanecerá intacta. Argentina podrá ganar o perder, como ocurre en todo deporte, pero hay algo que nunca cambiará: esa llama inextinguible que la distingue. Lo que nació en Catar seguirá latiendo en cada estadio, en cada canto, en cada bandera al viento. Porque el mayor legado argentino no está en los trofeos, sino en la manera en que vive el fútbol.

Y cuando el himno vuelva a sonar, acompañado de lágrimas, abrazos y miradas llenas de ilusión, el mundo comprenderá una vez más que Argentina no defiende solo un campeonato. Defiende una identidad. Defiende una forma de sentir. Porque mientras exista esa pasión, Argentina nunca dejará de pertenecer a la eternidad.

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