Dicen que quien olvida la historia, está condenada a repetirla. Después de un puñado de primeros tiempos destinados al contenedor de la basura, el Atleti volvió a tirar otro. El escenario no invitaba a hacerlo. Atmósfera de partido grande, rival serio enfrente, un público entregado y el pinchazo del Barça parecían suficientes ingredientes como para que el Atleti se arremangase y se pusiera manos a la obra desde el tañido inicial de la campana. No fue así. El guión fue el clásico del Pizjuán: partido táctico, a cara de perro, trabado, con mucho respeto y pocas llegadas. En eso llegó el cante de Oblak – hasta el mejor escribano echa un borrón-, el Sevilla se enardeció y el Atleti volvió a su vía crucis. Tenía que pelearse con la pelota, con sus propios miedos y mostrar rebeldía. Para un equipo que sigue en obras, era escalar el Himalaya a pleno pulmón. Y se puso a ello.
Simeone no se achicó en el entretiempo. Buscó reacción y agitó la coctelera: Costa por Lemar y Arias por Trippier. El mensaje era nítido: “Salgan ahí y arreglen esto”. Y en cinco minutos, el Pizjuán supo que el Atleti, si tenía que morir, estaba dispuesto a hacerlo. El equipo del Cholo, herido en su orgullo, jugó el segundo acto a la tremenda. Como sabe. Como debe. Alguien masculló aquello de “si te gusta la pizza, comé pizza”. El Sevilla dio un paso atrás, el Atleti uno hacia adelante y se produjo ida y vuelta. Y ante un equipo del nivel del Sevilla, con un Jesús Navas que es una bendición para la vista, no es fácil. Con más colmillo y decisión, el equipo colchonero tocó a rebato, puso cerco a la meta de Vaclik y las tuvo de todos los colores y sabores: un gol anulado por el VAR por fuera de juego, un par de paradas increíbles de Vaclik, un tanto de Morata que sí subió al marcador y un penalti fallado por Diego Costa, que tiró a media altura, como le gusta a los porteros.
De propina, al límite del tiempo, con los de Lopetegui queriendo imitar al Atleti en el arte del morir matando, llegó una jugada rocambolesca en el área del Sevilla, donde la pelota no rebasó la línea de gol de auténtico milagro, sin que nadie sepa, al menos a la conclusión de estas líneas, que pitó el árbitro del que, por cierto, uno considera que tuvo 2.350 arbitrajes más correctos que este. Los agoreros del Cholo pronosticaban un atracón de palomitas, pero la noche casi acaba con atracón de pizza. Y no fue así no porque el Atleti no le pusiera corazón frente a un señor equipo, sino porque sobró un primer tiempo ramplón y faltó, como casi siempre, pegada. Por enésima vez, el Atleti se quedará con su versión bipolar: es capaz de un primer tiempo horrible y de una segunda mitad digna de un grandísimo equipo. Simeone sabe que su equipo empieza a ser como una caja de bombones. Nunca sabes lo que te va a tocar.
Rubén Uría

