Nos rompieron el juego

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El antecedente del gas pimienta de 2015 reconfiguró las reglas. La idea de que River "lo ganó en el escritorio" y Boca "abandonó" generó hipersensibilidad e histeria en toda la órbita que atraviesa a los dos más poderosos de la Argentina. No hay milímetro mediático sin premeditación: TV, redes sociales, conferencias de prensa. Protagonistas y audiencias juegan el mismo ajedrez chicanero. El folclore se viraliza, se combustiona y cualquier chispita lo hace estallar.  

Menos mal que River y Boca tienen estadios colmados de socios y el antojo del Presidente de la Nación aquella mañana fue desactivado por D’Onofrio y Angelici. ¿Si la Policía no pudo armar un operativo de seguridad para mantener a salvo al ómnibus del plantel de Boca, cómo hubieran hecho con 7-8 mil hinchas rivales?

Lleva décadas remediar el mal de una sociedad encolerizada que canaliza sus alegrías y frustraciones en el fútbol. Que corporiza en los colores de enfrente al enemigo a exterminar. Que materializa la canción de cancha.  

Crónica de una tarde de terror

Requiere, esencialmente, de la voluntad política para hacerlo: educando y achicando la brecha socioeconómica; con leyes iguales para todos que sancionen realmente a las minorías que arruinan la fiesta de la mayoría. Terminando con los privilegios para aquellos que lucran con los equipos de fútbol los fines de semana y de lunes a viernes les hacen los mandados a quienes los amparan.

Si además se implementaba un operativo acorde al evento, con un cerrojo perimetral de 100-200 metros que evitase que el ómnibus de Boca fuera directo hacia miles de hinchas de River desquiciados masticando rabia, mucho mejor.

"No podemos desperdiciar la fiesta de millones por 400 inadaptados", se indignó, horas después de la suspensión, el Ministro de Seguridad de la Nación, asumiendo la misma responsabilidad que mi abuela Nélida. "Los inadaptados no nos van a ganar" , se sumó el pope de CONMEBOL, simplista, personificando la culpa en el colectivo anónimo "Los inadaptados de siempre". 

¿Clausuran el Monumental?

Hace 26 días sabíamos que River recibiría a Boca en la final de vuelta de la Copa Libertadores, el partido más importante de la historia de ambos. Sabíamos, también, que tendría el agregado de tratarse de la última vez con final de ida y vuelta. Y que en el combo venía el morbo de imaginar qué pasaría si Boca resultase campeón: ¿podría celebrar en el Monumental como en aquel Nacional de 1969 o sería inviable con los márgenes de tolerancia actuales? 

“¿¡Sabés cuánto me durás vos, infeliz, mogólico?!, desafía uno de los oficiales a cargo del operativo de seguridad a un hincha de River con su nene en brazos en la esquina por donde acababa de pasar el apedreado ómnibus de Boca. “¿Qué bardeás, puto? Rati vigilante”, devolvió gentilezas el hincha, con su nene lloriqueando presenciando la escena.

Mientras el policía siga siendo despreciado como el "rati" corrupto y, a su vez, éste ejerza su labor sin vocación y abuse de su efímero rol de poder contra el ciudadano al que debería cuidar, algo no funciona.

Sin embargo, llegar a la conclusión de que si no podemos organizar un partido de fútbol menos podremos garantizar la integridad de los Jefes de Estado más importantes del mundo la semana que viene en el G-20 es mezclar peras con manzanas. Son paños diferentes. 

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Subirse a la pasarela de las especulaciones y las conspiraciones es una tentación necesaria para no quedarse en el ingenuo rezongo. Así como el gas pimienta en 2015 no fue una mera "macana" espontánea del Panadero, lo de este sábado no fue un "inadaptado" que lanzó una piedra. 

Que 24 horas antes del partido más cotizado de la historia del continente allanen los domicilios del jefe de la barrabrava de River y secuestren 10 millones de pesos, 15 mil dólares y 300 tickets, que luego suceda lo que sucedió y, curiosamente, no haya aparecido el grueso de la barra en SU lugar en la tribuna, tampoco parecería ser una casualidad. Menos aún, el robo masivo y descarado de entradas a la salida del estadio y el destrozo de autos.

Tocar intereses -dinero- no es gratis. Las ambiciones deportivas y sentimentales del hincha genuino son rotundamente secundarias cuando gobierna la extorsión. ¿Se juega el domingo? ¿Con o sin público? ¿Clausuran el Monumental? ¿Boca pide los puntos? ¿Lo ampara el reglamento? ¿Qué dirá la CONMEBOL? ¿Quién abandonó? ¿Quién ganó por escritorio? Siga, siga. El lunes, los mortales a trabajar.