GoalEl fútbol profesional español ha visto como se ha ido haciendo un hueco –con el paso de los años y con el incremento del valor de lo que hay en juego– un ejército de plañideras que dependiendo cómo transcurran los partidos, asoma con la mantilla y el pañuelo con el que enjuagar las lágrimas de atrezzo. Sólo en esas ocasiones se les escucha a los protagonistas del encuentro insuflar vida a objetos inanimados, como si del guionista de una película de Pixar se tratara.
El futbolista, el entrenador o el directivo que no ha conseguido vencer trata de vendernos que un esférico de cuero sintético cuenta con voluntad propia. “Cuando la pelota no quiere entrar, no hay nada que hacer”, sueltan sin ruborizarse aquellos de los que depende un negocio multimillonario. Así de sesudos, resueltos y pegados a la realidad suelen ser algunos de sus razonamientos; declaraciones que pretenden que esa idiotez se digiera ante la escasa oposición de quienes los entrevistan.
Esos balones de última generación, sin embargo, dejan inmediatamente de tomar decisiones por sí mismos para convertirse en simples sacos de colores cuando el equipo de la persona que se expresa logra perforar la meta contraria y se hace con los tres puntos. El fútbol es así, como reza ese lugar común tan sobado.
Ayer en San Mamés, el Betis tuvo al Athletic a su merced durante buena parte del encuentro, Iñaki Williams marcó un segundo gol propio de un bota de oro, De Marcos decidió el choque en un tanto que rebotó en un contrario y a pesar de todo nadie puso un pero, como es lógico. Nadie, salvo Marcelino, que recurrió en parte de su discurso a volver a dotarle de carne y hueso al fútbol para quejarse en un ejercicio complicado de comprarle a un profesional con más años que la puerta en el oficio. El de Careñes no tuvo otra ocurrencia que en la tarde en la que a su equipo le había salido casi todo de cara, espetar que “hasta hoy, el fútbol había sido muy injusto con nosotros”.
Al balón no le da la gana de entrar, el fútbol ha sido muy injusto hasta la fecha con el Athletic, al Atlético se le debe una Champions League y las tandas de penaltis son una lotería. Luego, los profesionales del balompié se quejan amargamente de que fuera del deporte la sociedad no los tome en serio; como a los políticos, vaya. Ni siquiera en el día en el que se vence a un rival tras ocho jornadas seguidas perdiendo son capaces de articular un discurso adulto de principio a fin. Que el fútbol sea un juego no significa que sus protagonistas tengan que tomar por bobos a quienes lo siguen con entusiasmo. Y mucho menos cuando el juego les sale tan caro a los que lo sostienen desde sus exiguas carteras.
Lartaun de Azumendi


