La nacencia

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El paso de Julen Lopetegui por el Real Madrid, un camino pedregoso

El miajón de los castúos - VenturaEn Oporto existe una librería centenaria llamada Lello que desde que la escritora J. K. Rowling ambientó en ella algunas escenas de la exitosa pero mediocre serie de novelas de Harry Potter, se ha convertido en un lugar de peregrinación. No de culto, sólo de pura novedad, de mera curiosidad. Por ella pasé hace unos días y compré El Principito -ésta sí es una obra mayúscula- del francés Antoine de Saint-Exupéry. Esta joya literaria la tengo escrita en el idioma original, en español y también en castúo, el dialecto extremeño que ensalzó y encumbró el poeta Luis Chamizo, autor de El Miajón de los Castúos, donde aparecen poemas como La Nacencia, versos estremecidos y que estremecen.

Como esos versos estremecidos ha sido el tránsito de Julen Lopetegui por el Real Madrid desde que se anunció su fichaje siendo aún el seleccionador de España. Desde aquel fatídico día para él, algunos sectores de esta España nuestra le han destrozado, le han perseguido, le han ninguneado, le han aniquilado. Sin pudor. Sin vergüenza. Sin piedad. Sin la presunción de inocencia que ahora su ejecutor, el campechano Luis Rubiales reclama para su mano derecha en la Federación, acusado de corrupción. Entonces, la soberbia se impuso al sosiego.

Y ya la ira cabalgó desbocada, sin riendas, ni control y arrasó todo aquello que encontró en su camino. Lopetegui se convirtió en el hombre apestado que hay que desterrar. Se engrasó la maquinaria que no se detuvo hasta aplastarlo. Ha sido una cacería, rayando a veces la indecencia, cuando la pieza era otra, más exquisita, pero prohibida.

No sé si Lopetegui es un buen entrenador o no, para algunos, como Carvajal, el mejor del mundo. No tuvo tiempo de poder demostrarlo. Le hurtaron el futuro y lo hundieron. Le robaron la historia. Otro capítulo más de la miseria humana. A todo se acostumbra uno.

Vuelvo a Chamizo y lo cito a modo de emblema, de identidad, de nacencia: Porque semos asina, semos pardos, del coló de la tierra, los nietos de los machos que otros días triunfaron en América.

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