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Guardiola, Simeone y el club de los papanatas

De entrada, no hay que engañar al personal. El Atlético de Madrid, que esta semana volverá a ser el Atlético de Bratislava para medio país, lo tiene crudo ante el Manchester City. Primero, porque si no son el mejor equipo de Europa, están cerca de serlo. Segundo, porque si Pep Guardiola no es el mejor entrenador del mundo, está cerca de serlo. Y tercero, porque el Atleti viaja con bajas sensibles - Herrera, Carrasco y la lesión casi crónica de Giménez-, por lo que tendrá que reinventarse. Pinta feo. Nada nuevo para los atlétiólogos de cabecera. Tampoco es novedad que la eliminatoria se envolverá bajo el manto de la indigencia futbolística habitual. Barra libre de prejuicios. La estética ante la fealdad. No es la primera vez. Tampoco será la última. Así lo dice el cuñadismo elevado a su enésima potencia y así lo gozarán los telepredicadores catódicos del país. Para ellos, la eliminatoria es un “win-win” de manual. Si pierde Guardiola, le llamarán fracasado, asceta y falso humilde del país de allí arriba. Niquelado. Y si pierde Simeone, leña al mono hasta que hable bable. Dirán que es un cagón, que pone el autobús y que cobra mucho. La película de siempre. Pase lo que pase, ellos siempre ganan. Así las gasta el papanatismo ilustrado.

Admitido pulpo como animal de compañía, porque la estupidez siempre insiste, el duelo entre el City y el Atleti invita a disfrutar de dos genios de los banquillos. Simeone siente un respeto reverencial por Guardiola, por sus mil recursos tácticos y por la capacidad que tiene para hacer de sus equipos auténticas orquestas sinfónicas. Al otro lado de la ventanilla está Pep, que tiene más respeto por Simeone y por el Atlético que el ochenta por ciento de periodistas deportivos de este país. Por cierto, que Pep dejó a los papanatas, cuñados y críticos de sofá del Cholo por los suelos. Alabó a su equipo, dijo que tiene la capacidad de negar lo que son a otros, explicó que es más ofensivo de lo que parece, que no entiende qué es jugar feo y que no perderá un segundo en debates estúpidos. Sopapo para papanatas, bofetón para telepredicadores, colleja para los reyes de la telebasura. Fuera prejuicios. De propina, Guardiola remató en plancha, provocando espasmos, mareos, desvanecimientos y diarrea. “La forma correcta de jugar es ganar". Amén.

Como el club de los papanatas no tiene interés en escuchar y seguirá encamado en su bilis, el resto de la humanidad tiene curiosidad en saber quién saldrá victorioso, porque en el fútbol profesional, que no es el formativo, ganar no es lo más importante. Es lo único. De fondo, un City superior. Por talento y por fútbol. Al otro lado, la historia interminable para los atléticos. Un rival casi imposible de batir, un escenario hostil y las casas de apuestas a favor de los ingleses. Los ingredientes habituales para que el Atleti, otra vez, haga posible lo que todos le dicen que es imposible. Pregunten en Liverpool. O en Múnich. Para competir contra un equipo mejor, tendrá que morir matando. Para ganar, habrá que ir más allá del cholismo en vena, del manual de supervivencia y de los milagros de Oblak. Habrá que jugar bien. No bonito, sino bien. Dos términos que se parecen, pero que no tienen nada que ver. El Atleti estará en su salsa. No es favorito y es inferior. Suele ser el relato que mejor domina. Y con Simeone, el Atleti suele ser como la letra de Estopa: “El infierno solo te quema cuando el fuego nunca te ha quemado. Y habiendo ardido, piensas, ya no te hacen falta mantos. Vente, que te estoy esperando”.

Rubén Uría



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