Siempre que jugaba el Madrid, me escribía. Siempre que su Real ganaba, me preguntaba mi opinión. Siempre que nos veíamos, me decía que si no podía ganar su equipo, era feliz cuando ganaba el mío. Siempre que había derbi, me repetía: “Hala Madrid”. Y cuando no pudimos vernos en Milán, como nos habíamos prometido, me dijo que me había echado de menos y que algún día ganaríamos la copa que su equipo siempre gana. La vida le había deparado un partido que no podía ganar y jamás se quejó. Se enfrentó a la enfermedad, la combatió con bravura y no se rindió. Nunca. Ni siquiera cuando el cuerpo le dijo basta y el corazón le protestaba. Hacía meses que no quería quedar, que aplazaba la cerveza que llevábamos tiempo sin tomar, que prolongaba las excusas y quizá lo hacía porque no quería que le viera así. Un día dejó de escribir. Y cuando intuyó que el cuerpo le decía basta, postrado en la cama, sabiendo que su familia sufría tanto como él, pidió ver a su Real Madrid. Su último deseo, ver a su equipo otra vez en lo más alto. Se cumplió. Y quien esto escribe, que suele querer que el Madrid pierda hasta el autobús, se siente feliz porque Dios le ha regalado ese trocito de felicidad a alguien que se merecía la tarta entera.
Remontó su equipo como a él le gustaba, marca de la casa, a la tremenda, con épica y con esas cargas del séptimo de caballería que multiplican las emociones y disparan los corazones. Por doler, le dolía hasta el aliento, pero ahí estaba, fiel a la cita con su Madrid. Pletórico, feliz por volver a comprobar que su equipo seguía con su historia interminable en la Copa de Europa, deseoso de saber todos los detalles de la gesta, cambió de canal para ver “Estudio Estadio”. Y nada más aparecer servidor en pantalla, le dijo a su hermano David que siempre solía ver el programa, que yo era uno de sus mejores amigos y que, aunque fuera del Atleti, se sentía orgulloso de mí. Después cerró los ojos, le sedaron para que el cuerpo no siguiera castigándole y hace unas horas, cuando me llamaron para contarme que se apagaba poco a poco, rompí a llorar.
Con 39 años, blando con las personas y duro con los problemas, coleccionaba amigos y le adornaba una cualidad innata, que venía de serie, hecha a imagen y semejanza de su Madrid: jamás daba un partido por perdido. Ni cuando lo estaba. De tal palo, tal astilla. Se va todo dignidad, todo cuello, con el corazón lleno de alegría. Benzema le hizo volar, Modric le condujo a la gloria, la magia del Bernabéu mitigó sus dolores y ha podido escribir el final del cuento con el final que se merecía, cabeza arriba, orgulloso y feliz de ver a su equipo en lo más alto. Javier Rivero Orgaz, madridista. “Rive”, amigo. Buen viaje. Descansa en paz. Sólo muere el que es olvidado. Y a ti, hermano, te voy a recordar siempre. Perdón por tan poco. Gracias por tanto.
Rubén Uría
