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Vissel KobeGetty Images

El primer partido de 2020 y el último de David Villa: La Copa Emperador

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Asumimos que vivimos en un enfoque diferente a la gran mayoría del mundo, que es una pelota la que rige nuestros horarios diariamente y que la vida es una concatenación de convencionalismos sociales a cumplir antes de poder seguir siendo nosotros mismos, esos cuyas vidas están detalladamente gestionadas por los partidos de fútbol que se disputan en todo momento en cualquier rincón del planeta. Se puede ocultar o no argumentar con tanta radicalidad, pero no sería ni honesto ni totalmente sincero. Los analistas de fútbol internacional somos presas (por deseo propio debido a la vocación absoluta que guardamos a nuestro trabajo) de aquellos jefes de Federaciones Futboleras de cualquier rincón del planeta que deciden a qué hora y en qué momento se disputa el partido de su Liga, Copa, Torneo…

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Quizás por ello, nunca he sentido una extraña sensación de rareza cuando, desde muy pequeñito, comprendí que para ampliar el abanico de países, culturas, estilos, clubes y, por tanto, mayor número de futbolistas y conocimientos futbolísticos, debía estirar al máximo las 24 horas del día. No tendría más de 13-14 años cuando, folio en mano, apuntaba el primer y último partido de fútbol que me interesaba en todo el planeta cada fin de semana. Sobre esa edad, quien escribe, acababa de comprarse una antena parabólica motorizada para acceder desde mi habitación a todo el fútbol del planeta (trabajando con mi padre de ayudante y, sobre todo, un poco mas mayor, siendo camarero de bodas-comuniones los fines de semana). Un decodificador, varias de las tarjetas de abono a plataformas de fútbol del mundo y una paellera (antena parabólica gigante) para sintonizar la mayor cantidad de satélites donde emitieran canales que daban imagen al fútbol en sus programaciones diarias. Aún recuerdo cuando entró a mi casa, un sábado de verano, un ex militar búlgaro que instalaba estas antenas gigantescas y que se subió a lo más alto de mi edificio para instalarla y lanzar desde ahí un cable directo a mi habitación desde donde yo, con mi mando, mandaba órdenes para sintonizar canales y la parabólica se movía al son de satélites de cualquier lugar del globo. En semanas, me sabía los nombres, la frecuencia, la posición satelital en grados y cualquier detalle de los 42 satélites que llegué a sintonizar con mi paellera desde mi ciudad, ante el estupor de mis padres y hasta de vecinos, que en una comunidad de seis plantas y muchas viviendas familiares, colocar aquél armatoste en el tejado, levantó quejas variadas que, supongo, mis padres tuvieron que aliviar.

El caso es que, con aquella maquinaria y mi trabajo para pagarlo, se relanzó mi locura por el fútbol internacional, algo que yo llamo virus, pues el mosquito que me lo inyectó, lo hizo con fuerza desde muy niño y aun no encontré medicamento para paliarlo. En aquella agenda donde empecé a apuntar los partidos que me atraían y que, con mis tecnología y equipo, podía ver cada día, rápidamente intuí que, por pura lógica horaria, la jornada futbolera de cada fin de semana empezaría los viernes a mediodía en Asia, seguiría en Europa y acabaría de madrugada en Sudamérica. Esto, que parece obvio, es la clave absoluta de mi vida diaria porque no tardé mucho en planificar aquellos horarios de tal manea que, una vez acostado muy tarde el viernes viendo la Liga Argentina (recuerdo de verdad como algunas noches salía con amigos y me volvía a casa y que, casi siempre, jugaba Racing de Avellaneda los viernes y allí vi debutar a Diego Milito), me levantaba pocas horas después para ver, ¡ojo¡ la Japan League, es decir, la primera División de Japón. No sólo porque el país me encanta y porque su cultura siempre me enamoró, sino porque conocer algo tan surrealistamente desconocido como su fútbol a través de una parabólica gigantesca y saber que esa necesidad de conocimiento no podría ser lograda por muchos otros en aquél entonces (teniendo yo 15-16 años… imaginad), creo que impulsó aun más el deseo de indagar en aquél campeonato.

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Y así, recuerdo perfectamente como durante muchos, muchísimos años, mi primer partido de cada sábado era sobre las 06:00 o 07:00 (depende cuando cambiábamos el horario en Europa), pues era la hora del partido que se emitía en Japón y, siempre, uno de ellos lo captaba con mi antena en los satélites más alejados o con plataformas europeas de países como Albania (sí, así era este tema), donde emitían esos encuentros. El color, el ambiente, los estadios, su manera de vivirlo en las gradas, los estilos de juego, su peculiar trabajo en equipo y disfrutar incluso de algunos extranjeros veteranos que allí se asomaban, me regalaron disfrute (a la vez que conocimientos) cada fin de semana mientras yo intentaba no despertar a nadie en mi casa o mientras desayunaba en silencio… ¡Qué recuerdos!

Por conocer aquellos horarios del fútbol japonés y, porque, evidentemente, tras años de ver sus partidos, te empapas de su organigrama, rápidamente entendí que el partido más importante para el fútbol en Japón es la Final de la Copa del Emperador. Y, entre otras cosas, debido al valor que tiene, lo cuidan al máximo, siendo normalmente el primer partido de fútbol que se disputa en el mundo en cada año, porque se juega el día 1 de enero a las primeras horas del año nuevo en Europa y este año 2020 se jugará nada menos que a las 06:30, otorgándole nuevamente el reconocimiento de ser el primer encuentro del planeta fútbol del año.

Japón tiene varios torneos más allá de la J1League (la 1ªDivisión). Disputan dos Copas, la Copa de la Liga y la Copa del Emperador, la competición más tradicional del país y la que ofrece mayores focos de interés. Su magnetismo es, precisamente, el respeto a lo romántico, lo cultural, lo propio… pues este torneo fue el primero en disputarse en Japón, incluso antes que el campeonato de Liga Nacional. Data de 1921, con lo que está a punto de cumplir su centenario. Es más, tal arraigo generaba el torneo en sus primeras décadas, que incluso antes de la Segunda Guerra Mundial, se clasificaban para jugarla incluso clubes de Corea o Taiwán y hasta la extinta Manchurria.

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Actualmente, la Copa Emperador la disputan todos los clubes pertenecientes a la Asociación de Fútbol de Japón. Es decir, desde la J1 hasta la J3, JFL, ligas regionales y hasta los mejores clubes universitarios (ojo que en el país nipón esta práctica universitaria es clave). Curiosamente, su nombre, evocando al Emperador, la hace ser única junto con España, porque son los dos únicos países que dan nombre del monarca a su Copa Nacional. El ganador, por cierto, no sólo logra el título y la clasificación directa a la Champions de Asia (la mayor competición del continente), sino que obtiene el permiso para usar el emblema del Yatagarasu (un cuervo que tiene tres patas y que estaba presente en varias culturas orientales, donde suele representar la grandeza del sol). Un icono tradicional y de enorme valor romántico donde el fútbol se alinea con la peculiar cultura de un país absolutamente único en el cuidado de sus detalles históricos.

Este 1 de enero de 2020, en el Estadio Olímpico de Tokio (repleto porque ya hay sold-out y no quedan entradas), a las 06:30 de la mañana, cuando en España muchos aun no se hayan metido en la cama y otros estén alargando sus sueños nocturnos, en Japón, empezará la actividad futbolera del nuevo año. Y, esta vez, la Final que disputarán Vissel Kobe y Kashima Antlers, tendrá un color muy especial desde España, porque será el último partido de la carrera del mito David Villa. El ‘Guaje’ se despedirá del fútbol con una finalísima que podría servir no sólo para lograr su primer título en Japón de la mano de Iniesta (con quien comparte equipo y que, además, también ganaría allí por vez primera), sino que diría a adiós con la grandeza de un título repleto de tradición y relevancia.

Así es la historia de la Copa del Emperador y de cómo un niño aprendió desde pequeño que allí se disputaba el primer partido del año nuevo. Y, desde entonces, resulta imposible asomarse a recibir el cambio de año sin haber contado esta historia a quienes me seguís leyendo o escuchando. Y que así sea por mucho tiempo más. ¡Feliz Año 2020!

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