El 20 de julio echó a andar el Campeonato del Mundo femenino. Es la novena edición de esta competición, que no ha dejado de crecer desde que comenzó a disputarse en 1991.
Las audiencias televisivas o la afluencia a los estadios son algunos de los aspectos en los que se puede sustentar esta afirmación. Todo ello es resultado del hecho de que el fútbol femenino ha crecido en muchos lugares del mundo con Ligas y competiciones continentales cada vez más potentes y seguidas.
Nuestro país no es una excepción. El crecimiento de la Liga los últimos años ha sido importantísimo y el Barcelona ha conseguido ser uno de los dominadores en Europa durante el último lustro.
De momento, esto no ha tenido su traducción en los grandes campeonatos que ha afrontado nuestra selección y Australia y Nueva Zelanda puede ser un buen escenario para sacarse la espina. Durante un mes se va a jugar un Mundial, en el que, por primera vez, van a tomar parte 32 selecciones.
España acude con grandes objetivos, dispuesta a soñar, sin renunciar a nada. Pero la historia nos indica que hay que ir con prudencia. La selección femenina no estuvo presente en las seis primeras ediciones del Mundial femenino. Su debut llegó en el séptimo mundial, el que se disputó en 2015 y en aquella ocasión no se pasó de la fase de grupos.
Hace cuatro años, en 2019, la selección si pasó la primera criba y se plantó en octavos de final. Allí, en la primera ronda eliminatoria, fue derrotada por Estados Unidos por dos goles a uno. Este año se trata de romper ese techo y, una vez superado, seguir soñando. Mimbres hay para ello.
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