Chile no tiene nada que reprocharse

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Matthias Hangst/Getty
La Roja se inclinó ante el campeón del mundo, pero el prestigio que ya tenía ganado a nivel CONMEBOL se traspasó a todo el orbe futbolístico.

OPINIÓN


Santiago y las regiones no son un funeral pese a que su Selección acaba de perder uno de los partidos más trascendentales de su historia. Son varias las razones: trasladó su prestigio sudamericano a nivel mundial, demostró que su generación dorada no tiene ánimos de abandonar la elite y jugó una final enorme en ritmo, llegadas, posesión y lucha.

Faltó el gol, quizás la única condicionante de una copa poco avasalladora, pero muy lucida. Chile no jugó bien los cinco partidos, pero sacó conclusiones positivas. Arturo Vidal se consagró como el gran líder cuando falta la sorpresa y la explosión. El Rey se erigió como el estandarte de la batalla y se vistió de 10 en el nuevo 4-3-1-2, que requiere continuidad para consolidarse.

En ese esquema, Pablo Hernández adoptó funciones mixtas. Ya no fue el tapón que se juntaba con los centrales en las Eliminatorias; condujo con sus siempre efectivos pases y, precisamente, permitió que Vidal fuera el enlace ideal para la hiperconocida dupla Vargas - Alexis, que se generó múltiples ocasiones de gol a lo largo de la competición. Y le sacó trote al central que se les cruzara.

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Cuando Mazic pitó el final, todos los chilenos lloraron en la cancha. Se resignaron a un segundo lugar que en los últimos dos años se les venía haciendo esquivo. El bicampeonato en América -ante la Argentina de Messi- fue el aliciente primario para pensar en un inédito "tricampeonato". Esa palabra se escuchaba en la capital chilena en las horas previas al partido, donde un error de Marcelo Díaz graficó que este equipo no negocia su forma de jugar. Siempre toca, siempre con los ojos abiertos. Al cerrarlos un segundo se complicó.

El plantel de Juan Antonio Pizzi dejó todo en Rusia. Jugó el tiempo extra ante Portugal y volvió a deslumbrar en una definición de penales mágica de Claudio Bravo. Superó in extremis a Camerún y sumó dos empates donde fue más que sus rivales (Alemania y Australia).

En la ceremonia final, los campeones del mundo le hicieron un pasillo a Chile y Löw no dejó de aplaudir. Tampoco Infantino. Ni Maradona. A un año del último Mundial de un grupo de futbolistas top -amalgamados por jóvenes llenos de sueños, léase Valencia, Sagal, Díaz y Rodríguez-, el mundo sabe quién es Chile. Y no le reprocha nada.

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