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Peter Lim Valencia

Canción triste de Lim Street

La afición. Ese es el único y auténtico patrimonio real que tiene el Valencia CF. Su gente se saca el abono, paga religiosamente, vela por su sentimiento ancestral, no tiene cláusula de rescisión y aunque no tiene las acciones, conserva su amor por un club que no se está muriendo, porque le están matando. Desde que el valencianismo tuvo que elegir entre susto, Peter Lim, o muerte, desaparición de la sociedad, el caos se ha apoderado de un club histórico que ahora resulta una sociedad anónima histérica. No es triste la verdad. Lo que no tiene, es remedio. Las cuentas del club son las que son. Una película de terror. Por más que algunos mariachis sigan empeñados en seguir cantándole “Las Mañanitas” al dueño de las acciones, el club está en situación de causa de disolución desde el pasado 30 de junio. Precisamente por eso, existe la imperiosa necesidad de llevar a cabo una ampliación de capital. En el último lustro, las pérdidas han sido una constante gota malaya sobre las arcas de un club cuya historia le exige ser grande en España y grande en Europa. A tal punto que el patrimonio neto es inferior a la mitad del capital social del club. De ahí que el club siga enfermo, intubado a otra ampliación y respirando gracias a la ayuda de los derechos de televisión.

Por cierto, el pasado verano, el club, como otros de Primera, solicitó un préstamo de 51 “kilos” al fondo de inversión Rights and Media Funding para poder hacer frente frente a los pagos a corto plazo por su falta de liquidez y tesorería. Como garantía, avaló con los  derechos de televisión de los próximos cinco años y las ayudas al descenso, para estar cubierto así en caso de perder la categoría. Al fondo de unas cuentas terribles, la coletilla final que ya se saben, de memoria, los aficionados de Mestalla: habrá que vender jugadores. Y así, en bucle infinito. Canción triste de Lim Street.

La primera pregunta es obvia ¿de verdad necesitaba el club la entrada de un millonario asiático para acabar años después teniendo que regatear una situación dramática de posible causa de disolución? La segunda cuestión es más dolorosa aún: ¿cómo defender una gestión que con más de 250 millones de beneficio en traspasos de jugadores haya acumulado casi 135 millones en pérdidas que no cesan? La tercera pregunta es obligada: ¿podrá el club salir del agujero negro de esta gestión vendiendo jugadores en verano? ¿poner en venta a sus activos es la solución eterna para un proyecto de club serio o es una patada a seguir para una empresa que ha convertido al club en un proyecto menguante?

¿Qué solución existe? La respuesta asusta. Mientras un grupo de aficionados, contra viento y marea, plantea una legítima lucha por fiscalizar la gestión de Peter Lim, la situación del club, dramática e indisimulable, invita a pensar que solo existen dos caminos a seguir. El primero, que Lim venda. El segundo, que siga capitalizando para que el club no se estrangule. Callejón sin salida. Así es la canción, cada vez más triste, en Lim Street.

Las cuentas son un bochorno y la gestión, indefendible. Pero ¿la situación del club es dramática por culpa del espíritu santo? No. ¿Por qué entonces Meriton capitalizará aún más? Sencillo. Para no liquidar la sociedad y perder el dinero que puso en su día. Y aquí llega la cuestión definitiva. No lo hace por el bien del club, sino para proteger su negocio, su inversión y sus intereses. El club es lo de menos. Bien me quieres, bien te quiero, pero no me toques el dinero.

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