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Hall of Fame - Andriy Shevchenko, el rey del Este que conquistó Milán a fuerza de gol

Cuando pienso en mi infancia y en los colores rossoneri, vuelven a mí con una nitidez asombrosa los primeros recuerdos de mi relación con el fútbol, ese juego que con el tiempo pasaría de ser una pasión vivida y soñada a convertirse en mi profesión. Entre todos esos nombres que habitan mi memoria, uno destaca con claridad absoluta: el número 7, Andriy Shevchenko. Que llegara a mi ciudad, Milán, cuando yo estaba a punto de cumplir diez años, forma parte, sin duda, del hechizo que este delantero, tan elegante como letal, ejerció siempre sobre mí. La estética de su gesto técnico, combinada con una eficacia implacable frente al arco, lo consagró como uno de los mejores delanteros de su tiempo, entre el ocaso del siglo XX y el amanecer del nuevo milenio. Aunque, en esencia, su historia lo define como uno de los últimos grandes hijos futbolísticos del siglo XX.

  • El hijo eterno de Kiev

    Contar a Shevchenko lejos de los focos no es sencillo, en parte porque en él los números y las palabras conviven en armonía: las estadísticas se funden con la estética. Hijo de la Unión Soviética y de Dvirkivshchyna, un pequeño pueblo ucraniano situado a unos 100 kilómetros al este de Kiev, ciudad que, cincuenta años después del nacimiento de uno de sus campeones más representativos, sería castigada por las bombas de la Rusia de Putin.

    Kiev ha sido, y sigue siendo, el origen de todo para Shevchenko. Desde el Dinamo, el club símbolo del poder estatal, y bajo la guía del maestro Valeriy Lobanovsky, su talento comenzó a tomar forma, a germinar y florecer. Sin embargo, sus primeros pasos nacieron mucho antes, en los pequeños parques cercanos a su escuela, entre los bloques grises de la arquitectura soviética, donde empezó a construir el sueño que lo convertiría en leyenda.

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  • Del legado de su padre a la sombra de Chernóbil: una vida de obstáculos

    Su debut tuvo lugar en un equipo de barrio, entrenado, de manera poco común para la época, por una mujer. Resulta aún más sorprendente pensar que, a los diez años, no logró superar una prueba de regate para ser admitido en una escuela deportiva de Kiev. Sin embargo, el talento era innato, imposible de ocultar. Tanto así que llamó la atención de un ojeador del Dinamo, Aleksandr Spakov, quien lo descubrió precisamente durante un torneo escolar.

    Su relación con el balón, no obstante, estuvo lejos de ser sencilla. Su padre, Nikolaj, se oponía a que el pequeño Andriy jugara al fútbol, pues soñaba con que siguiera sus pasos y emprendiera una carrera militar al terminar la escuela. A ello se sumaba otro obstáculo: la distancia hasta el centro deportivo, que obligaba a cruzar toda la ciudad para asistir a los entrenamientos.

    Como si no fuera suficiente, pocos meses después, el desastre nuclear de Chernóbil provocó la suspensión de todas las actividades deportivas. La familia Shevchenko se vio obligada a abandonar su hogar y trasladarse lejos, marcando una pausa forzada en el camino de un niño que, pese a todo, ya estaba destinado a cambiar su historia.

  • Italia en el destino

    Pero Italia estuvo presente en su destino desde el principio. En 1989, poco antes de la caída del Muro de Berlín y de la disolución de la Unión Soviética, participó con el Dinamo en el torneo internacional Ciudad de Agropoli. Andriy, con apenas 13 años, lideró al equipo de Kiev hacia el título. Marcó 10 goles en el torneo, cinco de ellos en apenas 20 minutos durante una final que terminó con un contundente 10-0. En aquel equipo ya estaban Sergey Rebrov y Oleksandr Shovkovskiy, quienes años más tarde también serían sus compañeros en el primer equipo.

    Al año siguiente, en 1990, conquistó la Copa Ian Rush en Gales, donde además se consagró como máximo goleador del torneo. Como reconocimiento, recibió directamente de manos del legendario exdelantero de la Juventus un par de botas que había utilizado en su etapa en el Liverpool. Fue un gesto simbólico, casi profético, para un futbolista que desde entonces parecía marcado por el destino.

  • Lobanovsky y el humo

    Shevchenko ya era un prototipo de fuera de serie, aunque su estilo de vida todavía distaba del de un profesional. Entonces apareció el “Coronel” Lobanovsky —su maestro y la figura más determinante de su carrera—, quien además ostentaba rango en el Ejército Rojo. Cuando lo incorporó al equipo de reservas del Dinamo, decidió erradicar de raíz uno de sus malos hábitos: el tabaco.

    Cuenta la historia que le aplicó una inyección de nicotina tan fuerte que el efecto fue definitivo: desde entonces, incluso hoy, el simple hecho de mirar un cigarrillo le provoca náuseas. Y eso que en aquel tiempo fumaba casi un paquete al día… y aun así corría más que todos.

    El mayor gesto de gratitud llegaría años después. Ya como campeón de Europa con el Milan, Andriy llevó a la tumba de su maestro —que descansa en el cementerio de Baikove— la Copa de Europa conquistada en Old Trafford. Al año siguiente, regresó con el Balón de Oro. Un tributo eterno al hombre que lo moldeó.

  • El Rey del Este y el Balón de Oro

    El rigor, la disciplina y la meticulosidad que le inculcó el Coronel serían pilares esenciales en la carrera dorada de quien terminaría siendo conocido como el Rey del Este. Las sesiones de entrenamiento eran interminables, con horas y horas dedicadas a perfeccionar el disparo, a repetir el gesto hasta convertirlo en una certeza matemática.

    Años más tarde, un compañero suyo en el Milan —el número 8, hoy seleccionador de Italia— diría sobre él: “Nunca he visto a un futbolista capaz de acertar entre los tres palos con porcentajes tan altos”. Era la definición perfecta de su precisión clínica.

    Oleg Blochin en 1975 con el Dinamo de Kiev. Igor Belanov en 1986, también con el Dinamo. Andriy Shevchenko en 2004 con el Milan. Tres Balones de Oro que llenan de orgullo al pueblo ucraniano y que tienen un mismo origen: la mano paciente, exigente y formadora de Lobanovsky, el arquitecto silencioso de una escuela irrepetible.


  • Los gemelos del gol y la Champions League

    El otro gran encuentro futbolístico de su vida fue el que protagonizó junto a Sergey Rebrov, su gemelo del gol. Dos años mayor y completamente distinto en estilo y carácter, esa diferencia fue precisamente lo que los hizo complementarse a la perfección. Desde su nacimiento en Horlivka, en la histórica región del Donbás, hasta sus primeros pasos en el Shakhtar Donetsk —club del que el Dinamo lo ficharía poco después—, el destino de Rebrov parecía estar escrito para cruzarse con el de Shevchenko.

    Juntos inauguraron la edad de oro del Dinamo de Kiev en los años noventa. A base de goles, lideraron a los біло-сині hacia la conquista de cinco ligas y tres Copas de Ucrania, devolviendo al club a su lugar natural. Pero, sobre todo, condujeron al equipo de Lobanovsky al corazón del fútbol europeo, firmando una campaña mágica en la Champions League que los proyectó definitivamente hacia la élite del fútbol mundial.

  • La fábula de Sheva

    Lo que Shevchenko exhibiría años después con la camiseta rossonera quedó inscrito para siempre en la historia del Milan, del fútbol italiano y del fútbol europeo. Andriy colocó a Ucrania en el centro del mapa futbolístico del continente: conquistó la Champions League, ganó el Balón de Oro y entró en el territorio del mito.

    Gol tras gol, trofeo tras trofeo, levantó la Copa de Europa sin desprenderse jamás de una humildad que lo acompañó incluso cuando el estatus le habría permitido olvidarla. Luego llegó la despedida dolorosa, el regreso sin la misma luz de antes, pero el número 7 ya estaba esculpido en la leyenda y en el corazón de los aficionados, no solo por lo que hizo en el campo, sino por lo que representó.

  • AC Milan's Ukrainian forward Andriy ShevAFP

    El rey de Milán, como Van Basten

    Entre las muchas estadísticas que definen su grandeza, hay una que lo ha hecho —y lo hará— eterno en el corazón de los aficionados milanistas, al igual que Marco van Basten. Con 14 goles en el derbi contra el Inter, uno de ellos decisivo en la épica semifinal de la Champions League de 2003, Shevchenko se convirtió en el máximo goleador en la historia del derbi de Milán. De rey del Este a rey de Milán, fue el único capaz de desafiar, de igual a igual, a Ronaldo, el más dominante de todos.

    Y para celebrarlo, un canto que aún hoy resuena, como un eco imborrable desde las gradas de San Siro: "No es brasileño, pero mira qué gol. Deja al Fenómeno atrás… aquí está Sheva."

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