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#ValverdeOUT

10:46 CLST 23-09-19
Ernesto Valverde Barcelona Valencia Copa del Rey 25052019

Que las redes sociales creen saber más que cualquier entrenador es un hecho. Que ser entrenador del Barça es un trabajo ingrato, es otro hecho, porque si se gana es cosa de jugadores y si se pierde, culpa del técnico. Que los entrenadores, se llamen como se llamen, son hijos de los resultados, es otro hecho. Y cuando la pelota no entra y el aficionado tiene cuello para girarlo al palco, se aplica el famoso protocolo: “Sálvese quien pueda, los presidentes y los directores deportivos primero”. Ernesto Valverde, que se reconoce responsable mientras otros le ven culpable, no es ningún ingenuo. Conoce el oficio y sabe que el toro que le ha de matar está en la dehesa. Hay quien sostiene que ha hecho un gran trabajo, que ha ganado títulos y que la historia le absolverá. Y es cierto. Tanto, como que Roma y Liverpool son heridas sin sutura posible. Tanto como que, por las razones que sean, gran parte del público del Camp Nou le ha bajado el pulgar.

El reproche a Valverde es doble. En primer lugar, se le culpa de desaprovechar los mejores años de Messi en Europa, donde el equipo se arrastra fuera de casa, lastrado por dos eliminaciones tan inexplicables como la continuidad del propio técnico. Y en segundo lugar, una gran mayoría de culés le azotan con su teoría sobre el estilo: Cruyff lo creó, Guardiola lo sublimó y Valverde lo traicionó. No hay jornada, doméstica o continental, en que la figura del todavía entrenador no se convierta en un saco de los golpes. Con Valverde, el orden de los factores no altera el producto: la defensa de sus jugadores es inversamente proporcional al hastío y rechazo que provoca en muchos aficionados culés. En las procelosas aguas de las redes sociales, la bandera del palo al técnico es reconocible y su efecto es multiplicador: #ValverdeOUT. Si pierde, por motivos obvios. Y si gana, porque aburre.

Queda un mundo por delante, pero el presente culé es triste. Hace años que el club invierte millonadas en fichajes que no mejoran lo que hay, hace un lustro que el cacareado estilo se difumina y hace varias temporadas que el Barça no sabe darle a Messi lo que está pidiendo a gritos, un proyecto ganador que no le use como respirador artificial. Desde Anfield, a pesar de que el vestuario exoneró a Valverde de en aquella noche de autor, el equipo es un alma en pena. Y el entrenador, cuya continuidad está en el aire por el apagón de juego, está desubicado. No sabe si su equipo es el más goleado de la categoría, se queja de que le piten penaltis que son y sabe que tiene el agua al cuello. A partir de ahora, saltará sin red. 

Desde la final de Copa en Sevilla, el Barça desprende aroma a desconfianza cuando se cita el nombre de su entrenador. Es cierto. Pero no lo es menos que el olor ya era insoportable mucho antes y no sólo ahora, cuando algunos quieren lavarse las manos, Algo desprendía un olor fétido cuando tras Anfield no se produjo una revolución aplazada por falta de coraje. Algo emana un pútrido aroma cuando el club presume de comprar a precio de oro a jugadores que no son mejores que los que fabrica su cantera. Algo olía a podrido en Dinamarca cuando Messi decidió cargarse a la espalda todo un club en estos últimos años. Ahora huele aún peor cuando un niño de 16 años se carga a la espalda la cuota de responsabilidad de profesionales que están a años luz de su presunta categoría. ¿Echar a Valverde es la solución de los problemas del Barça? La respuesta tiene dos letras, pero la palabra es una sola.

Rubén Uría