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Eriksen Dinamarca

Los botines de Eriksen nunca fueron a la basura

No entendía mucho lo que estaba pasando. Se encontraba en una cama de hospital rodeado por familiares que transmitían demasiado cariño, una especie de preocupación fuera de lo común. Le tomaban la mano. Le preguntaban cómo estaba. Le sonreían levemente ante cada mirada. Él no terminaba de asumirlo.

¿Qué estaba ocurriendo?

Christian Dannemann Eriksen se desplomó a los 42 minutos del partido entre Dinamarca y Finlandia por la Euro 2022 disputado el 12 de junio del año pasado. Recibió un lateral desde la izquierda a la altura de la rodilla. Y su cuerpo dejó de funcionar. 

Desplomado, la secuencia derivó en minutos dramáticos en los que los equipos médicos lo reanimaron. Con el tiempo, el caso fue estudiado y nadie dudó de que la contención y atención que logró -por las corridas de los médicos, por los equipos de reanimación dentro del estadio, por la ambulancia a disposición para ir hacia un hospital- no podría haber sido mejor. Murió en uno de los mejores lugares para morirse. Y revivir. 

Desde que vio a su compañero sacar el lateral hasta que abrió los ojos aún en el estadio pasaron unos cuatro minutos en los que no recuerda nada. Ni ruidos alrededor, ni sueños, ni contracciones en los músculos de algún tipo. Simplemente se apagó. Cuando despertó, su concentración estaba puesta en la respiración. Con una máscara en la boca y médicos que todavía le masajeaban el pecho, entendió que el objetivo de ese momento era respirar. Y respiró.

Después de unos minutos de estar en el hospital, las enfermeras le comenzaron a quitar los botines. Él lanzó en tono indignado, casi resignado: "Esos botines los pueden tirar a la basura". 

Después del semi entendimiento de lo que había pasado, después de normalizar la respiración, después de percibir que el cariño excesivo de los familiares era porque algo grave había ocurrido, Eriksen sufrió otro extraño golpe al corazón. El de hacerse la idea de que no iba a poder volver a jugar al fútbol. 

Había que dejar correr los días. Había que esperar. Y, con los estudios, la tecnología y la tranquilidad, la ola de angustia y desesperación se convirtió en una espuma lenta, ligera y mucho más apacible. Su equipo médico le dio solo una advertencia: "Lo único que no puedes hacer es buceo". 

¿Cómo?

Seis días después, Eriksen fue operado. Se le colocó un desfibrilador automático implantable, un dispositivo de unos 70 gramos que va cercano al tórax y se conecta a través de cables cercanos al corazón. El aparato funciona como un medidor de frecuencia que, cuando detecta una anomalía, interviene. Puede ser una estimulación para aumentar el ritmo cardíaco o una descarga eléctrica si el músculo deja de funcionar. 

Eriksen tiene sobresalido justo abajo de la axila izquierda. El desfibrilador, menos invasivo que otros, debe cambiarse cada seis o siete años. 

Primero, disfrutó de la familia, de la tranquilidad, del tiempo. Después, del fútbol en su estado más amateur. Correr un poco, patear al arco, dar pases. Luego, de volver a ser. Se entrenó en Holanda, primero con el Groningen y luego con el Ajax. Al final, firmó contrato con el Brentford de la Premier League. Inter, su equipo, debió cerrarle las puertas: la Serie A no permite a jugadores con desfibriladores. 

Duró muy poco en el Brentford y el Manchester United lo fue a buscar. Por ahora, no hay rastros de la lesión. Su vida no tiene ningún impedimento. Solo debe contenerse si en algún momento desea sumergirse en el mar.

Los botines de Eriksen, al final, nunca fueron a la basura.

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