Descubramos el fuego. Diego Pablo Simeone atraviesa uno de los momentos más difíciles desde que llegó al banquillo del Atleti. El equipo no alcanzó al final de la Supercopa, quedó apeado de la Copa y a pesar de ser el vigente campeón, ocupa la quinta plaza y está muy lejos de poder pelear por el título de Liga, que es su obligación. Los problemas crecen para el Cholo: una plaga de lesiones musculares, continuas sanciones, una agonía para pasar la fase de grupos, una plantilla desequilibrada, hasta siete contagios por Covid-19 en el último mes y medio y una sangría defensiva grosera (33 goles encajados en 23 partidos ligueros), han puesto a los colchoneros en una situación delicada. Simeone, sin duda, aparece el primero en la lista de culpables, exactamente igual que figuraba el primero en la fila de los éxitos. Sin embargo, más allá de los múltiples problemas estructurales del grupo, existe una paradoja respecto al Atleti y concretamente, hacia Simeone. Que siempre le han estado esperando con la escopeta cargada por construir un equipo molesto nadie podría ponerlo en duda. Si le criticaban con dureza cuando ganaba, es normal que le cubran de porquería cuando pierde. Hasta ahí, todo normal.
Lo sorprendente es el focode la crítica. Cuando el equipo del Cholo era una roca defensiva, un equipo al que no le importaba gustar, que no jugaba para contentar oídos y no quería ganar concursos de popularidad, la crítica azotaba a Simeone acusándole de ser demasiado defensivo, de ganar siempre por un aburrido 1-0 y de limitarse a no encajar goles. Entonces se le pedían jugadores de ataque, más goles y más emoción a sus partidos. Entonces, curiosamente, el Atleti era una máquina de competir que ganaba y disputaba todos los títulos. Hoy el cuento ha cambiado. El equipo de Simeone se diluye en defensa como un azucarillo en el café, hace feliz al periodismo anotando muchísimos goles, firmando partidos locos y colocando alineaciones que están más cerca de ser un álbum de cromos que un equipo compacto. Y ahora, miren por dónde, los que antes le criticaban por ser demasiado conservador, ahora le azotan en plaza pública por encajar muchos goles, por no cerrar su portería, por haber perdido fiabillidad y por ser frágil en el centro del campo. Los que pedían jugadores de ataque, más goles y emoción, ahora reclaman más precaución, más defensa, más cimientos sólidos y algo más de aburrimiento. El asunto recuerda al dicho popular de la gata Flora. Si se la meten, chilla. Y si se la sacan, llora. Conclusión: el orden de los factores no altera el producto. A Simeone le van a colgar del palo mayor gane o pierda, juegue con un muro defensivo o con cuatro delanteros. Su crimen intolerable se lo saben de memoria los atléticos: haber construído, de la nada, un equipo que molesta al duopolio del régimen.
Antes el Atleti ganaba siendo fiel a lo que ha sido toda su vida: feo, fuerte y formal. Ahora pierde siendo lo que nunca debe ser: guapo, pusilánime y pijo. Simeone, responsable de todo lo bueno y de lo malo, insiste en que cree en el equipo, en que sabe cómo voltear el problema y en que sabe cuál es el camino, porque lo ha andado durante nueve años. El campo dirá. Desde fuera, recostado en un cómodo sillón, sin sufrir la despiadada crítica y sin tener información sobre lo que está pasando ahí dentro, es sencillo proponer una solución. Volver a ser ese equipo molesto. Ese que sacaba de quicio al personal, ese al que se acusaba de violento, aburrido, defensivo y pretoriano. Jugar contra aquel Atleti era como sentarse en la silla del dentista durante 90 minutos. Puro heavy metal. Jugar contra el Atleti de ahora es como visitar un parque temático, porque sabes que te lo pasarás bien con sus atracciones de circo. Puro pop. Quien esto escribe, que sabe diferenciar entre Simeone y el cholismo, que puede comprender mil errores del primero pero no tolerar la traición a lo segundo, tiene el camino claro: el Atleti necesita volver a todo aquello que el mundo le criticaba. Defensa impenetrable, raza en la presión y vértigo al espacio. El resto no sirve. Es volver a ser un equipo simpático, una comparsa y un chiste fácil de oficina. Nadie mejor que el chef del traje negro sabe que el menú atlético es el que es: "Si te gusta la pizza, comé pizza". Y el Atleti necesita otro atracón. De la suya. De la de toda la vida. De esa que sabe a gloria porque en fútbol profesional, ganar no es lo importante, es lo único. Y no hay nada mejor que ganar siendo uno mismo.
Rubén Uría




