Fueron defensores, fueron volantes y fueron delanteros extremos. Todo en el mismo partido y con pocos segundos de diferencia, dependiendo del giro del balón y de las propuestas grupales. Fueron técnicos y, también, aguerridos. Corrieron y jugaron. Corrieron y crearon. Corrieron y marcaron. Compitieron en su ley, con su filosofía. Dani Alves y Marcelo, en esta final de la Champions League, demostraron -sobre todo en la primera parte- que la dinastía de laterales brasileños sigue vigente. Festejó el 12 del conjunto español, está claro, porque el fútbol es colectivo y los once dirigidos por Zinedine Zidane desarrollaron un mejor juego que los once de Massimiliano Allegri.
Herederos de Cafú y Roberto Carlos, los últimos grandes exponentes del puesto, ambos se volvieron a enfrentar en Cardiff, como tantas veces lo hicieron en los duelos Real Madrid-Barcelona. Uno por la banda izquierda; el otro, por la derecha. Sus entrenadores, el francés y el italiano, sabían que una de las claves del partido estaría allí, en esa porción del terreno, en esa tan cotizada franja: el que ganaba esa banda, tenía más opciones de levantar el trofeo.
Ahora bien, Marcelo y Dani Alves (en un rol más de volante, durante gran parte del encuentro), frente a frente, en su mano a mano, estuvieron bastante parejos hasta casi los últimos 20 minutos. Los goles, menos el de la frutilla (el de Marco Asensio), llegaron por el otro costado (los dos de Cristiano y el de Mandzukic) y por el medio (el de Casemiro). Y los goles, claro está, definieron gran parte de este trámite.

