La Superliga europea empezó a fraguarse durante la temporada 2015-16. Ya hacía tiempo que la idea de una futura competición con los clubes de la élite futbolística rondaba por la cabeza de varios dirigentes, pero las negociaciones entre la Asociación de Clubes Europeos (ECA) y la UEFA apaciguaban las aguas antes de que las turbulencias provocaran una crisis sin precedentes. Pactar más ingresos ayudaba a calmar las ansias de los grandes clubes de desmarcarse y constituir un nuevo torneo cerrado sin intermediarios de por medio. En 2016, Josep Maria Bartomeu ya hacía un año que había sido elegido en las urnas como presidente del Barça tras heredar en 2014 el puesto de Sandro Rosell.
Fue precisamente Bartomeu quién empujó, a partir de entonces, para que la Superliga fuera una realidad en un futuro no tan lejano. Se unió con Andrea Agnelli, presidente de la Juventus y presidente de la ECA, y se pusieron manos a la obra para definir las bases de la nueva competición, a la que rápidamente se unieron el Real Madrid de Florentino Pérez, el Manchester United y el Arsenal. Para darse el tiempo suficiente para trabajar el proyecto en absoluto secreto, la UEFA y la ECA firmaron las nuevas condiciones económicas y competitivas de la Champions League para el período que terminaría en 2021 -cuando finalmente todo explotaría-, incluido un control sobre el reparto de ingresos mediante de una empresa compartida a partes iguales entre la UEFA y los clubes.
En 2018, viendo como la UEFA seguía ganando mucho más dinero que los participantes en sus torneos, la propuesta de la Superliga aceleró, con el Barça como uno de sus principales alentadores. En ese momento, Bartomeu era el único miembro de la junta directiva que conocía el proyecto y, de la mano de dos ejecutivos, trabajaba para que fuera una realidad. Sus compañeros de viaje no sabían nada. De hecho, Bartomeu y otros presidentes y propietarios de clubes firmaron un acuerdo de confidencialidad para que nada se escapara. Se trabajó el perímetro de la liga (número de equipos y cuáles), se definió el formato, se acordó la relación que debería tener el torneo con las ligas nacionales y se estudió como se conseguirían y repartirían los ingresos.
Para esos estudios, sin que nadie más del club se enterara, Bartomeu junto con los dos ejecutivos ayudaron a confeccionar una due dilligence -para saber cuánto dinero se podía conseguir y en qué se podía gastar- y un plan de negocio para que la nueva competición tuviera un programa y un esquema bien definido. Florentino se ilusionó y también puso toda la carne en el asador. El presidente del Real Madrid quería esa Liga sí o sí, molesto desde un tiempo atrás con Javier Tebas y el reparto de los derechos en LaLiga española. Incluso, Florentino aportó la financiación de JP Morgan, el fondo de inversión que financió las obras del nuevo Santiago Bernabéu. Resulta relevante que la entidad norteamericana pusiese como condición hablar con los propietarios o presidentes de los equipos. JP Morgan se negó, incluso, a hablar con los CEOs de los clubes. Sólo quería tener relación con los 'oligarcas'.
Una vez planificado y concretado el plan, Bartomeu lo compartió con la junta directiva. Pero ese momento llegó ya en 2020. Poco antes de dimitir -eso fue en octubre-, el presidente explicó el proyecto y la directiva aprobó firmar un documento de intenciones que ni tan siquiera, por discreción y confidencialidad, pudieron ver los miembros de la mesa. Confiaron en Bartomeu y le cedieron el honor. Esos mismos directivos consideran hoy que el presidente hizo un gran trabajo. Ese documento de intenciones fue el que, el día de la dimisión, Bartomeu dejó caer como una bomba. Un texto que no comprometía a nada al Barça y que debía ser transformado en un contrato vinculante a posteriori.
El contrato lo acabó firmando el sábado pasado Joan Laporta, pensando en unos ingresos directos de más de 300 millones si el proyecto se llegaba a iniciar, pero con Florentino aprovechando la marcha de Bartomeu para liderar todo el asunto. Sin embargo, ese documento seguía siendo superficial en relación al confeccionado hasta el verano pasado. Faltaba trabajo. En las 22 páginas del archivo no se concretaba quién sería el CEO -intentaron tenerlo durante los últimos días pero no lo consiguieron-, no se definía qué federación pondría los árbitros y tampoco quedaba claro cómo se repartirían los 4.000 millones aportados por JP Morgan. No sería a partes iguales entre los doce clubes, pero no estaba escrito.
Desde el Barça, pese a todo lo sucedido, a día de hoy siguen defendiendo la Superliga. “Creemos que es una competición deportivamente muy atractiva y que aporta más recursos económicos. Y también porque mantenemos las ligas estatales”, nos hacen llegar desde el club. Ahora, tras el paso atrás de todos los equipos menos el Barcelona y el Real Madrid, desde la capital catalana están convencidos de que se abre un período de negociación con la UEFA para tratar de llegar a un acuerdo. Es por eso, nos indican, que el Barça todavía no se ha pronunciado.



