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Barcelona v Real Madrid

Al Barça se le está poniendo cara de Argentina

18:29 ART 18/12/19
Jordi Alba Dani Carvajal Barcelona Real Madrid El Clásico LaLiga 18122019

Del partido, lo esperado. Tras tropecientos días hablando de autobuses, seguridad, pancartas, policía e hipótesis de quita y pon, le sucedió un "clásico" apocado. Uno donde al Barça le faltó fútbol y al Madrid, colmillo. Dentro y fuera del campo, la moraleja del clásico interminable fue sencilla: más ruido que nueces. Al Madrid le correspondió el mando, el orden, el vigor físico y las mejores ocasiones. Las mejores galas para el Camp Nou, donde suele jugar mejor que en el Bernabéu y donde, por las razones que sea, tampoco acierta a imponerse. El Barça tuvo que conformarse con ser la prótesis que atenta contra su propia naturaleza: repliegue, contragolpe y todos a encomendarse a Messi , su respirador artificial de siempre. Sólo el poder de intimidación del argentino, realmente terrorífico, mantuvo al Madrid a raya en un duelo que tuvo más color blanco que azulgrana, y que no se resolvió a favor de la causa merengue porque los de Zidane echaban el freno de mano en cada galopada de Lionel. De cajón de madera de pino. La han sufrido tantas veces que toda cautela parece escasa. El choque, eso sí - que no falte-, dejó un reguero de polémica, a gusto del consumidor del fino arte del revisionismo arbitral y el arte de la conspiración. A falta de goles y fútbol, bienvenida sea la tertulia de barra de bar. Un clásico después de cada clásico: agua, barro y basura crían buena verdura. "De algo hay que comer", como solía decir un ex amigo. 

Sobre el juego, ese gran olvidado cada vez que culés y merengues se cruzan, una realidad por encima de todas: el Madrid crece paso a paso y el Barça mengua, partido a partido. A Zidane, que le llovieron piedras y reproches no hace demasiado tiempo, se le dibuja una pequeña sonrisa cuando observa que el campo no miente. Su Real Madrid se asienta cada día más sobre los cimientos de un espíritu de equipo. Antes era un conjunto de tenores donde cada uno cantaba lo que le daba la gana y ahora es un equipo donde el talento individual se pone al servicio del colectivo. En cambio, a Valverde, que sigue coleccionando críticas y detractores, le crecen los problemas. Su Barça se asienta cada vez más sobre los cimientos de un enorme portero, Ter Stegen, y el mejor de todos los tiempos, Messi. Antes era una constelación de estrellas que hacían indestructible al colectivo y ahora es un conjunto de solistas donde cada uno toca el instrumento que le da la gana. El clásico no fue definitivo, ni categórico. Acabó siendo una simple anécdota, un combate nulo. Una cuestión de perspectivas: la primera lectura invita a pensar que el mejor Madrid no pudo con el peor Barça y la segunda, que sólo el mejor Barça logrará ganarle este título al peor Madrid. Como de fútbol y medicina todo el mundo opina, habrá quien diga que jamás un 0-0 fue tan divertido. Otros, que un 0-0 es un domingo sin sol. 

Si usted, querido lector, ha llegado hasta aquí y desea volver a reflexionar sobre el juego, tenga claro que aún es pronto para conclusiones definitivas y que el clásico, más que decisivo, ha sido un trámite puntual. Resta un mundo hasta llegar a mayo y es tan posible que Madrid o Barça mejoren como que empeoren. Lo que nadie podría discutir, sea del equipo que sea, son dos verdades: la primera, que Messi es el único capaz de ganarle Ligas a un buen Real Madrid. La segunda, que al Barça de Valverde, partido a partido, se le está poniendo cara de selección argentina.

Rubén Uría