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MessiGetty

Prohibido jugar a los costados

La primera pelota que tocó Lionel Messi en su historia de los Mundiales fue de espaldas al arco. Si alguien viera esa misma secuencia en alguno de los partidos del argentino en la temporada 2017/18 hasta podría adivinar lo que haría la Pulga: probablemente descargaría con alguien que llegara de frente, o rebotaría con alguno de los laterales, dependiendo del perfil en el que llegue el pase. Sin desgastarse mucho. Resolución simple y efectiva, con la idea de darle circulación al juego y mantenerse en la búsqueda de otro momento en el que el balón lo tome más cómodo.

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Pero el Messi del Mundial Alemania 2006 era un jugador completamente distinto. Entró al plantel de la Selección argentina como el nene que llegaba en busca de experiencia (como el Maradona que no fue a 1978, o el Ortega de 1994). Estaba rodeado de súper cracks: Ayala, Sorín, Riquelme, Saviola, Aimar, Crespo, Tevez. En el Barcelona ya era el futuro del club, el preferido de Ronaldinho, pero todavía no había terminado de demostrar qué tan bueno era. Llevaba anotados sólo 6 goles en 17 partidos. El equipo de Frank Rijkaard ganó LaLiga y la Champions League, pero él se perdió la última parte por una lesión. Un rol más bien secundario.

A los 19 años, a punto de cumplir los 20, Messi estaba listo para demostrarle al mundo que era tan bueno como se decía. De ahí que su primera reacción al tomar la pelota de espaldas al arco fue girar: y llevarse a todos por delante. Así jugó la Pulga su primer partido en los Mundiales, como si estuviera prohibido jugar a los costados. 

Ingresó a los 30 minutos del segundo tiempo en lugar de Maxi Rodríguez. El partido estaba liquidado. La Selección argentina le ganaba 3 a 0 a Serbia y Montenegro y se clasificaba a los octavos de final (ya le había ganado 2 a 1 a Costa de Marfil), pero lo más importante es que se perfilaba como uno de los grandes candidatos. La apuesta de Pekerman, sencilla: cuatro defensores (con la carencia de no contar con un lateral derecho clásico, función que en ese partido cumplió Nicolás Burdisso), un volante central (Mascherano), dos internos (en ese encuentro, Lucho González por izquierda y Maxi Rodríguez por derecha), un enganche (Riquelme) y dos puntas (Crespo y Saviola). Pero esa acumulación de jugadores de buen pie, sumado a la sabiduría de un organizador como Riquelme que manejaba todos los tiempos, generaban una forma de jugar que enamoró a muchos.

Lionel Messi

Messi entró en ese equipo con naturalidad. Tenía los mismos códigos, la misma idea, la esencia compartida. Cuidar la pelota, protegerla, usarla para defenderse, atacar. 

Después de recibir de Cambiasso su primera pelota en un Mundial, enfiló hacia adelante y encaró a los defensores. Se la abrió hacia la izquierda a Carlos Tevez, aunque la pelota le quedó un poco corta y le anticiparon el pase. Unos minutos después, recibió un pase de larga distancia de Roberto Abbondanzieri. Cuando se escapaba por la banda, el serbio Duljaj lo bajó. De este tiro libre, Riquelme se la jugó rápido, él se escapó y le metió un centro precioso a Crespo para marcar el 5 a 0.

Argentina

Su primer gol en los Mundiales de los cinco que tiene lo hizo gracias a una perfecta habilitación de Tevez, que venía de recibir una descarga de Crespo (sí, Argentina terminó jugando con tres delanteros y un enganche). Sin posición, libre, desencadenado, como si Pekerman le hubiera dicho: "Entrá y jugá". Nada más, nada menos. Apareció por la derecha cuando buena parte del partido lo había jugado por izquierda. 

Argentina

De los 14 pases que Messi dio ante Serbia y Montenegro, sólo dos fueron hacia atrás. El resto, con la idea de atacar, como si tuviera que dar vuelta la historia. Tuvo 93,3% de precisión en los pases y recibió dos faltas.

Con Tevez fue el que más se asoció. Al Apache, que en ese momento tenía 22 años y jugaba en Corinthians (a punto de pasar al West Ham), fue al que más pelotas le dio, con 5. Luego a Riquelme, con tres, y Crespo, con dos. Quizás porque los dos parecían representar más o menos lo mismo. Los dos destilaban ganas de demostrar. Ambos tenían una potencia física fuera de lo normal. Y, por sobre todas las cosas, tanto Tevez, pero especialmente Messi, se despreocupaban por absolutamente todo. Sólo querían jugar.

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