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Lodi Manchester United Atletico Madrid 2022Getty

Con ustedes, el 'viejo' Atlético de Madrid de toda la vida

En la previa mediática, el menú de siempre. El Atlético de Bratislava, que no de Madrid, contra un equipo inglés que parecía más español que Manolo Escobar. Asumido y procesado. A otros también les pasa. Nada que reprochar. Al fondo, los juicios sumarísimos habituales. Cualquier visión racional del momento futbolístico bastaba para imaginar que el Atleti volvería a ser ejecutado por Cristiano y sus diablos rojos. Craso error. Si algo identifica al Atleti es que es un equipo irracional, una pasión inexplicable, un escudo que rechaza la piel de favorito y que saca lo mejor de sus entrañas cuando nadie da un duro por él. Así fue. Como casi siempre. A la tremenda. A los amigos de los lugares comunes y los prejuicios les respondió Simeone con hechos. Este sí que es padre. Diego Padre.

El Cholo, ese hombre que siempre está "acabado", fue fiel a sí mismo y se dedicó a sacar petróleo de las dos cosas que mejor sabe hacer: primero, motivar al grupo para que saliera a morir, porque a morir, los suyos mueren; y segundo, aleccionar al personal de conjugar el nervio de saber defender con la sutileza de saber contemporizar. Él lideró y el grupo le siguió. Sin egos, sin individualidades, sin ponerse por delante del partido que le convenía al equipo. El Atleti, sin alardes pero generoso, dominó los pequeños detalles de una eliminatoria pareja. En Madrid supo atacar y pagó caro su error. En Manchester, supo defender y no cometió ningún error. Suficiente. A cuartos.

El resto lo puso el vestuario con la vieja receta que nunca falla: camiseta y sudor, coraje y corazón. A la brava, pulgada a pulgada. Hombres, no nombres. Oblak volvió a ser San Oblak, Llorente estuvo inmenso, Reinildo bloqueó al mundo, Savic fue un seguro de vida, Giménez la reencarnación de Hércules, Lodi completó la eliminatoria de su vida, Herrera aguantó el tipo, De Paul le echó lo que le tiene que echar, Koke se dejó el alma y hasta la salud en cada balón, Joao estuvo tremendo cada vez que contactó con la pelota y Griezmann se sacrificó por el grupo mezclando clase con la pelota y pulmones sin ella. Había grupo y actitud. Mal asunto para los telepredicadores (“Cholo dimisión”), los críticos de sofá (“hay que ser valiente”) y los que mezclan la masa de las croquetas mientras dan lecciones al mejor entrenador de la historia de este equipo (“Simeone, cagón"). No fue el mejor partido, ni el más bello, ni el más atractivo. Fue, eso sí, el triunfo de un equipo gregario, solidario, que se impuso a un grupo de invividualidades que se dedicó a hacer la guerra por su cuenta.

No fue sencillo. En el intercambio de golpes, el Atleti sacó la cabeza de la guillotina donde algunos se la habían metido y acabó exhausto, pero en pie. El United, que es un conjunto de tenores donde cada uno canta lo que le da la gana, murió desquiciado. Y Cristiano, experto en vacunar al Atleti desde tiempos remotos, acabó besando la lona, culpando al empedrado y preguntándose cómo es posible que el Cholo - que dijo en su serie que le encanta, porque siempre quiere más y tiene dos cojones-, les haya levantado la liebre. Cuando pitó el colegiado, algunos hinchas del United identificaron al causante de sus males: Simeone. Le tiraron de todo cuando corría hacia vestuarios, como en aquellas infernales pistas griegas en el baloncesto de los ochenta. Edificante. La gente del Atleti, eufórica, coreó su nombre. Lógico. Volvió el ‘viejo’ Atleti. Ese que siempre dicen que se ha ido y que, en las grandes noches, siempre vuelve. Ese equipo molesto. Ese que sabe lo que su gente quiere. Pelea. 

Rubén Uría

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