Vinicius sabía lo bueno que era el gol y lo celebró como correspondía, deleitándose en restregar su alegría en las caras de aquellos que lo habían abucheado desde el primer minuto. El exjugador juvenil del Flamengo es uno de esos atletas que se alimenta de la energía del partido. Si los aficionados rugen, él corre más rápido; si un rival le da una patada, Vinicius quiere ganarle aún más. Hay en él una especie de implacabilidad contagiosa, un impulso puro que sin duda le ayuda a estar a la altura de las grandes ocasiones. Eso es sin duda algo bueno.
Por desgracia, todo se echó a perder la semana pasada, cuando fue objeto de presuntos insultos racistas por parte de Gianluca Prestianni. El delantero del Benfica protesta su inocencia, pero múltiples testimonios de testigos presenciales, así como el propio vídeo, parecen contar una historia diferente. Sin duda, esta saga se prolongará. Si Prestianni es declarado culpable, es de esperar que se le imponga un castigo adecuado.
Pero en medio de todo esto —los comentarios absurdos de José Mourinho, la interrupción del partido, el relato mordaz de Kylian Mbappé— se ha perdido el hecho de que Vinicius estuvo brillante toda la noche. En realidad, lo ha estado durante casi dos meses.
Pedirle a Vinicius que simplemente «deje que su juego hable por sí mismo» resta importancia a la magnitud de la situación, pero ignorar que es un futbolista realmente excelente que está volviendo a su mejor nivel sería un acto de revisionismo aún más atroz. En resumen, Vinicius está jugando su mejor fútbol en un año y, a medida que los partidos se vuelven más importantes, su innegable calidad será cada vez más vital para los blancos.








