La aventura de la Copa del Mundo de 2006 no comenzó con una explosión, sino con un murmullo de inquietud. Francia, envejecida y carente de inspiración, pasó a duras penas la fase de grupos con dos empates, lo que provocó grandes dudas sobre sus posibilidades de ganar el título.
Este equipo se salvó del naufragio gracias al providencial regreso de los veteranos Claude Makelele, Lilian Thuram y, sobre todo, Zidane. Tras salir de su retiro internacional un año antes, su regreso se percibió como mesiánico.
«Dios existe y ha vuelto a la selección francesa», declaró Thierry Henry, pero esta frase revelaba un defecto estructural: la dependencia casi total del equipo de un solo hombre.
La final en el Olympiastadion de Berlín fue el escenario perfecto para la última actuación del maestro. En el minuto siete, Zidane abrió el marcador con un audaz penalti a lo Panenka, un gesto escandaloso que resumía su genio y su absoluta confianza. Francia dominó y el defensa italiano Marco Materazzi reconocería más tarde, sin ambigüedades, la superioridad de Les Bleus esa noche. En la prórroga, Zidane remató de cabeza con fuerza, pero Gianluigi Buffon desvió milagrosamente el balón. Ese fue el momento en el que el sueño debería haberse hecho realidad.
En cambio, en el minuto 110, Materazzi se encontró en el suelo. El incidente que lo llevó allí ocurrió lejos del balón, una provocación verbal sobre la hermana de Zidane. La respuesta fue rápida como un rayo, animal, un violento cabezazo en el pecho del italiano. Se mostró la tarjeta roja; la imagen de Zidane caminando con la cabeza gacha junto al trofeo mientras regresaba al vestuario se convirtió en un icono de la trágica derrota. Privados de su guía, el equipo se derrumbó psicológicamente y cayó en los penaltis.
La reacción, un estado de conmoción nacional, fue inmediata. Este acto no destruyó la leyenda de Zidane en Francia, sino que añadió una capa de complejidad humana que hizo su leyenda aún más poderosa. Pero para la selección francesa, las consecuencias fueron profundas. La «generación Zidane» había llegado a su fin. La marcha del único hombre capaz de mantener unido el edificio creó un enorme vacío de poder. Nadie estaba preparado para heredar el testigo, y las semillas de Knysna se sembraron en el campo de Berlín.