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Islas Feroe España femenino 16092021@SeFutbolFem

Una crisis llamada "X"

¿Qué puede motivar que una jugadora profesional decida dejar de defender lo más sagrado que existe, la camiseta de la selección española, sin tener resuelto su futuro económico y sabiendo que se expone a una inhabilitación que determina la ley? Esa es la pregunta del millón de dólares que se hace el personal y que deberían responder todas y cada una de las quince jugadoras que decidieron enviar un correo particular, con el mismo texto y motivación, a la RFEF, sobre las 19.00 horas de la tarde de ayer. Se juegan mucho. Primero, su estatus. Segundo, su credibilidad. Y tercero, la estabilidad del sector.

Las 15 jugadoras que han renunciado son: Sandra Paños, Lola Gallardo, Ainhoa Vicente Moraza, Andrea Pereira, Laia Aleixandri, Mapi León, Leila Ouahabi, Ona Batlle, Patri Guijarro, Lucía García, Mariona Caldentey, Aitana Bonmatí, Claudia Pina, Nerea Eizagirre y Amaiur Sarriegi. En esa renuncia ni aparece la capitana del Barça, Irene Paredes, ni la Balón de Oro, Alexia Putellas, aunque hay quien dice que ambas secundan la renuncia de sus compañeras. Las 'rebeldes' tienen claro que van a ir hasta el final y ponen sobre la mesa algo realmente delicado. Motivos de salud, dicen. Ellas hablan de salud y la federación, de dignidad. La postura del ente federativo es inflexible. Aceptan el órdago a grande, respaldan a muerte al seleccionador Jorge Vilda (¿no debería dar un paso al costado viendo el cariz que han tomado los acontecimientos?) e insisten en que las 'rebeldes' no volverán a vestir la camiseta nacional salvo que asuman su error y pidan públicamente perdón.

Ahora que salen expertos en fútbol femenino debajo de las piedras, conviene reflexionar acerca de cómo está encajando el supuesto impulso gubernamental, social y empresarial que se le pretende dar al fútbol femenino. Que es fútbol. Y que es femenino. En apenas unos días, el fútbol femenino, que aún está en mantillas, se ha visto zarandeado por las dudas sobre el campeonato, sobre el calendario, sobre la situación de las árbitras (que han logrado cobrar más que las propias jugadoras) y ahora, sobre la selección española. Las jugadoras hablan de motivos de peso y de salud. La Federación, de defender un escudo por encima de todo y de dignidad. Poca broma.

Ambas partes deberían sentarse a dialogar, acabar con las rencillas y enterrar cualquier tipo de rencor para seguir su camino, pero las posturas están enquistadas y parece realmente complicado encontrar una salida para lo que parece un intrincado laberinto de voluntades. El aficionado se merece que ambas partes expliquen, con luz y taquígrafos, cómo se ha podido llegar hasta este extremo tan desagradable. Hay que escuchar al seleccionador y al presidente de la Federación. Y por supuesto, las motivaciones de un grupo de mujeres que, sin ser millonarias como sus colegas hombres, han decidido decir "no" a la selección española, jugándose una futura inhabilitación deportiva. Si responde a cuestiones únicamente deportivas, será un capricho. Y si responde a cuestiones realmente graves, estas jugadoras tendrán que denunciarlo como corresponde, en público y con razones de peso.

Sea como sea, la imagen de la selección femenina está quedando por los suelos. No es nuevo que un vestuario se rebele contra un entrenador. Ha pasado mil veces y esa cuestión no hace distinción de género. En cambio, sí es sorprendente cómo se están marcando los tiempos en esta crisis y cómo están reaccionando los y las protagonistas. El daño ya está hecho, pero no es irreparable. Ahora hace falta que las jugadoras se expresen, que den un paso al frente y cuenten, como en las películas, toda la verdad y nada más que la verdad. Si no lo hacen, nadie entenderá absolutamente nada de todo lo que ha pasado, porque las posturas son antagónicas y parecen irreconciliables.

En el popular equipo del 'cuñadismo ilustrado', el personal se divide en gente que no ha visto fútbol femenino en su vida y gente que sí y siente vergüenza ajena por lo sucedido. El orden de los factores no altera el producto. El jaleo es tan grande que todos opinan. Y ahí, en ese conglomerado de opiniones cruzadas, convergen dos posturas radicalmente opuestas: unos creen que estas jugadoras son unas niñas mimadas y caprichosas y otros creen que cuando 15 señoras deciden renunciar a defender a su país es porque tienen poderosas razones para haberse plantado con todas las de la ley. El tiempo dará y quitará razones. El aficionado, le guste o no el fútbol femenino, necesita poner un punto de cordura y luz en este escabroso asunto. Hace unos días, las autoridades ponían el acento en que el fenómeno del fútbol femenino estaba despegando. La realidad es tozuda. Este nuevo gigante tiene pies de barro. ¿Qué demonios ha pasado ahí dentro? Todos lo insinuán, pero nadie es capaz de ponerle el cascabel al gato. Así que mientras nadie despeja esta incógnita, al resto de los mortales nos queda sorprendernos con una absurda crisis que tendremos que llamar "X".

Rubén Uría

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