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Atlético Madrid

Un final "made in Atleti"

05:15 CLST 08-09-22
griezmann atletico madrid celebrating 2022

Un Atleti (otra vez) sin ideas y un público harto de tener toneladas de paciencia. Un Oporto con orden pero sin remate. Un equipo, el de Simeone jugando con 11 que parecían 10, y otro equipo, el de Conçeiçao jugando con 10 que parecían 12. Esa era la trama de una noche viscosa de poco fútbol y mucho bostezo. En esas, de la nada, se encendió la noche. Primero, churro de Mario Hermoso y chute de adrenalina con la grada. Hermoso, directo al cielo. Después, penalti absurdo del propio Mario, gol del Oporto y estocada para el personal. Hermoso, directo al infierno. Y de propina, en el minuto 101, el Atleti soltaba la mano de su amiga mala suerte y Antoine Griezmann, el que juega menos minutos de los que debería por cuestiones de pasta y no deportivas, metía la cabeza para poner a prueba el marcapasos de los atléticos. El partido, un horror. El final, una explosión incontenible. “Made in Atleti”. Otro capítulo de una pasión inexplicable. 

Antes del éxtasis rojiblanco, de la borrachera de júbilo y el carrusel de emociones, se jugó un simulacro de partidos donde el Atleti jugó de pena en el primer tiempo y peor el segundo. Porque sí, el partido fue un completo bochorno indefendible del equipo del Cholo. Fue uno de esos partidos que cada vez se repiten más en el tiempo y por el que los socios rojiblancos, si pudieran hablar con Simeone, serían capaces de decirle aquello de “Cholo, siéntate, tenemos que hablar”. Largo y tendido, además. El equipo hizo un fútbol espeso, pobre, miserable y que, con el paso de los minutos, podría haber hecho vomitar a una cabra. En lo colectivo, el Atleti fue la casa de los horrores. En lo individual, tres nombres propios. Dos a los que se aprecia por todo lo que han hecho por el club, Koke y Carrasco, que estuvieron horribles. Y otro que lleva en el club cinco minutos, Molina, que tuvo una actuación casi indecente. Dos de los tres se fueron al banquillo. La cosa no mejoró demasiado tras el descanso. 

Y cuando nada funciona en un equipo, cuando todo parece encefalograma plano, cuando todo un equipo no sabe ni qué hacer ni a qué jugar y se ha convertido en un manicomio, la responsabilidad apunta a quien lidera, Simeone. El argentino, que es lo mejor que le ha pasado al Atleti en sus más de cien años de historia, parece cada vez más perdido. No encuentra la tecla, no da con el equipo, no acierta con la táctica, no aplica la meritocracia, no encaja bien las piezas, no lidera como antes y empieza a comprender que la gente, aunque le quiere con locura, empieza a estar un tanto harta de tener que tragar estas siestas de orinal cada vez con más frecuencia, aunque se gane. Simeone es demasiado grande como para que los que hemos sido felices con él nos escondamos para negar lo que ve un ciego: esto lleva un tiempo sin funcionar. En el Atleti la gente lo tiene cada día más claro. Nadie quiere que Simeone se vaya, lo que se quiere es que vuelva. 

Sí, el Atleti, rey del suspense, Atlético de Miocardio, volvió a ganar siendo fiel a sí mismo, en un partido de camisa de fuerza, de final kafkiano y con una trama final digna del mejor guión de los hermanos Cohen. Gloria e infierno, churro y patinada, para Mario Hermoso, en apenas un minuto, para sacar el corazón por la boca de los atléticos. Y de propina, la traca final, en el minuto 101, con la testa colorida de Antoine Griezmann, ‘míster minuto 63’, para volver loco al Metropolitano. Locura. Épica. Éxtasis. Un final cinematográfico, salvaje, para conseguir dos cosas que parecían impensables: el perdón de quienes no querían perdonar y la redención de quien es feliz habiendo vuelto al lugar del que jamás debió irse.

Rubén Uría