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Ruben Uria BlogGoal

'Martxelino', los hechos, las 'viudas' y las 'geishas'

Hace unos días, mi amigo y sin embargo compañero José Manuel Monje, me preguntó en 'Onda Vasca' cómo definiría el fichaje de Marcelino García Toral por el Athletic Club. Y como uno es incapaz de edulcorar sus sentimientos y sus sensaciones, basadas en hechos comprobables, contesté que el asturiano es, en mi humilde opinión, el mejor entrenador de España. Así, sin anestesia. Con Pep Guardiola en la Premier y fuera de concurso Luis Enrique, dueño de los destinos de la selección, comparto mi reflexión y considero que la figura de Marcelino se sigue agrandando. No hay término medio con él, es cierto. Dicen sus detractores que no ganará jamás un premio a la popularidad, porque despierta antipatía. Y dicen sus partidarios que no le hace ninguna falta, porque sus hechos hablan por él y allí donde va, deja un reguero de equipos reconocibles, objetivos cumplidos y ahora, también títulos. Los primeros están en su derecho de hacer notar su rechazo hacia el asturiano y los segundos, en su deber de sacar el as de bastos: los resultados no se discuten, son inapelables y son los que son.   

En el debe de Marcelino, lo que sus detractores quieran. En su haber, una tonelada de aciertos.En Villarreal sonó el himo de la Champions. En Mestalla, dejó un legado: dos clasificaciones para Champions consecutivas y un título de Copa del Rey. Y en San Mamés, catorce días para la historia de un club que no es mejor que ninguno, pero es diferente a todos. Marcelino y su cuerpo técnico, compuesto por Rubén Uría - no soy yo, es él- e Ismael Fernández ha hecho un trabajo tan exprés como descomunal. Han volteado la inercia del grupo, han convencido a jugadores que no parecían campeones de que sí lo eran y ha sacado a pasear la enciclopedia del entrenador: motivación sobresaliente, laterales largos, presión asfixiante arriba, constantes desmarques de ruptura y una reiterada exhibición de recursos en la pelota parada, ese arte que no se aprecia cuando no se entrena como se debe.

Si el fútbol es querer, saber y poder, los futbolistas athleticzales quisieron, supieron y pudieron. Sí había una manera brillante de ganar una Supercopa, ha sido esta, con épica y por las bravas, imponièndose a dos mastodontes como Madrid y Barça. Si había dudas de que Rafa Alkorta había acertado de pleno con su fichaje, anoche quedaron disipadas. Si había algún hincha que rechazase la llegada del asturiano, anoche se rindió a unos hechos inopinables. Y si había que demostrar clase, Marcelino dio una lección magistral ante los periodistas: Se acordó del trabajo de Gaizka Garitano, cedió todo el protagonismo a sus jugadores, llegó a acordarse de la plantilla del Valencia y lejos de tirar las patas por alto, recordó lo mucho que tanto a él como a sus colaboradores les costó llegar a las finales. No es casualidad. Algo tiene el agua cuando la bendicen. Fue la presentación en sociedad de Martxelino. 

En Bilbao, días de vino y rosas. Y en Valencia, que saben valorar el agua bendita ahora que sólo huele a azufre, planea la sombra de la nostalgia. Marcelino, que se había ganado el derecho a disputar una Supercopa que Meriton le negó, acabó levantando ese trofeo con el Athletic. Basta tirar de hemeroteca y si me apuran, de 'favoriteo' en las redes sociales, para recordar que, cuando Peter Lim decidió fulminar a Marcelino y parte de la hinchada ché se quejó, nació un calificativo popular para apodar a los nostálgicos del asturiano. Se les llamó, despectivamente, las "viudas" de Marcelino. Anoche, otro amigo y compañero, Manolo Montalt, famoso por contar las verdades del barquero en unos tiempos donde la verdad no vende, puso el dedo en la llaga. "Entre ser una viuda y ser una geisha, es mucho más honroso y noble ser una viuda". No es triste la verdad. Lo que no tiene, es remedio. Circulen.

Rubén Uría

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