“Otra vez. Es un problema de los jugadores, de meterse más en el partido, de saber cómo debes salir. Después hemos llevado el peso, pero no hemos tenido esa fluidez, ese saber llegar, en esas ganas de marcar el camino al equipo…es un palo duro, la verdad. Lo que marca la diferencia ha sido la intensidad. Te ganan los duelos, las segundas jugadas. Cuando no las ganas, nada que hacer. Al final son decisiones que tomamos los jugadores y la verdad, tenemos que ser más inteligentes”. A la autocrítica de Saúl, plena en intensidad – toda la que no tuvo el Atleti en la primera media hora ante un equipo que es todo corazón, empuje y mérito-, debería sobrevenirle una reflexión. La primera es una evidencia: no es que el Atleti siga en obras, es que sigue – Supercopa arriba o Supercopa abajo-, muy lejos del nivel que este equipo tuvo años anteriores. La segunda es otro secreto a voces: Simeone, al que le caerán más palos que a una estera – con o sin razón, porque siempre le caen-, tiene un trabajo bestial por delante para conseguir que este equipo se parezca a lo que fue. No lo va a tener fácil.
La tercera es más dolorosa: después de perder a su mejor defensa (Godín), su mejor medio (Rodri) y su mejor atacante (Griezmann), el equipo ha incorporado nuevas piezas que están tardando demasiado en acoplarse. La cuarta tampoco escapa a nadie: Joao Félix es puro talento, desde luego, pero aún está verde y apenas tiene influencia y peso en el juego, demostrando que quizá haya llegado ese momento en el que una cosa es culpar a Simeone y otra, darse cuenta de que él también tiene que poner de su parte para romper en el gran jugador que puede ser. La quinta y última la podría ver un ciego: el Atleti sigue siendo un equipo que no tiene gol. Le cuesta un mundo generar asociación, le cuesta otro vertebrar combinaciones en estático y todavía más rematar una jugada limpia, sin barullos, trompicones y rebotes. El Eibar, que no es el mejor equipo del mundo pero supura honestidad, esfuerzo y valentía, le puso las peras al cuarto al Atleti, que sigue estando a años luz de la mejor versión de un equipo que hasta el año pasado podía jugar mejor o peor, pero siempre era competitivo, jamás regalaba nada y siempre entraba enchufado a los partidos, fuera quien fuera el rival que tuviera enfrente. Eso ya no es así.
Este Atleti ya no gobierna en las áreas. Cada vez concede más en la suya y cada vez es menos dañino en la contraria. Simeone tiene mucho trabajo. Mucho. Y los jugadores, aún más. No se puede vivir siempre a la sombra del Cholo. Por muy cómodo que sea. Algunos deben dar un paso delante de una vez por todas. Puede que este equipo ya no tenga tanta jerarquía como tenía, puede que este equipo no tenga el gol que tenía y puede que este equipo ya no defienda tan bien como lo hacía. Lo que no puede permitirse este equipo es salir a jugar un partido con el pijama puesto y sin ganas de despertarse de la siesta. Sin intensidad, el Atleti no es nada. Y el que crea que los partidos se ganan con el nombre y con la camiseta, se ha equivocado de equipo. Durante ocho años, el Atlético de Madrid se ha ganado el respeto del fútbol mundial a base de intensidad. Y si traiciona sus principios, si renuncia a esa intensidad, el Atleti no es nadie.
Rubén Uría
