La puerta del vestuario se cierra de golpe. El aire es denso. Las respiraciones son pesadas y los rostros, tensos. Todas las miradas se dirigen al hombre que domina el centro de la sala: Hervé Renard. El francés, fiel a su icónica camisa blanca —esa que asegura le trae suerte—, se planta frente a los jugadores de Arabia Saudita durante el descanso de su partido debut en la Copa del Mundo de Catar 2022. Su voz retumba contra las paredes.
“¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Esto es presión?”, lanza con firmeza. “Presión es no tener miedo. La última vez que Lionel Messi recibió el balón en el medio, ¿se quedaron parados esperando a que Ali Al-Bulayhi saliera a marcarlo? ¡Si quieren, saquen el teléfono y tómense una foto con él! Pero cuando tenga la pelota, hay que presionarlo, perseguirlo”.
Luego insiste: “Con el balón estamos jugando bien. ¿No lo ven? ¡Vamos, chicos, esto es una Copa del Mundo! ¡Dejen todo en la cancha!”
El primer tiempo había terminado con Argentina arriba en el marcador gracias a un gol de Messi. Pero lo que ocurrió después quedó grabado para siempre. Saleh Al-Shehri inició el cuento de hadas con un gol exquisito para el empate. Minutos más tarde, Salem Al-Dawsari selló la hazaña con un derechazo inolvidable que lo llevó directo a los libros de historia.
El estadio tembló. El mundo entero quedó atónito. Messi, inmóvil, parecía incapaz de comprender lo que acababa de suceder. Arabia Saudita había vencido a Argentina 2-1. No era un sueño: era una realidad que sacudía tanto a Catar como al planeta fútbol.
Aquella victoria fue mucho más que una sorpresa. Fue la declaración de una nueva generación sin miedo a los gigantes, una generación que cree en sí misma, en su tierra y en su bandera.








