Tardó, pero al fin las selecciones mexicanas entraron a la globalización futbolísticamente hablando. Emprendieron mucho antes en cuestiones secundarias para la pelota, como el marketing —eternos visionarios—. Faltaba dar el paso en lo importante y donde los Alemania, Italia, España o conjuntos africanos sí habían hecho: la materia prima, los jugadores.
Pese a que irónicamente a nivel mayor antes se abusaba del recurso de los naturalizados, en los representativos menores casi no se mirab el producto 'externo' que suponen los elementos de doble nacionalidad.
México, como prácticamente cualquier país del orbe en el Siglo XXI, tenía a dónde mirar y escoger. Sin embargo, no quería por temas de falso patriotismo, ignorancia u omisión intencionada, el Tri rara vez acudía a estos jóvenes en categorías inferiores.
Quizás los campeonatos conquistados en los Mundiales Sub 17 del 2005 y el 2011 le invitaban a pensar que no eran necesarios, salvo por Giovani dos Santos. Lo 100% autóctono funcionaba, sí; no obstante, lo otro no restaba. En todo caso, eran un complemento para apuntalar a esas generaciones.
No surgen promesas mundiales a raudales. Mas no contemplarlos, ni siquiera tenerlos monitoreados, propició casos como los de Luka Romero. Quizás no sea el "próximo Messi", aunque no todos los días un chico de 15 años debuta, dribla o cambia de ritmo en La Liga frente al Real Madrid. Ahora no lo sabremos o, si acaso, lo miraremos a lo lejos con Argentina.
De los errores se aprende y actualmente se ha vuelto más común escuchar apellidos 'raros' en las convocatorias como, por ejemplo, los de (Teun) Wilke, (Benjamín) Galdames, (Alejandro) Santana y (Luca) Martínez Dupuyen la Sub 20. Y que, además, militan en clubes del extranjero.
No se trata de citarlos "porque sí" ni para apañárselos a Holanda, Chile, Brasil, Argentina o cualquier otro interesado. Es la edad idónea para otorgarles una oportunidad, verlos de cerca, experimentar con ellos, checar si se adaptan y distinguir qué aportan al plantel. ¿Si no es ahora, entonces cuándo?
Selección mexicanaSe nota la mano de los departamentos de inteligencia y el trabajo de escritorio que van de abajo hasta arriba, reportando al director general deportivo Gerardo Torrado.
Sólo hay un reclamo para su gestión y que, a comparación de su antecesor, Dennis te Kloese, sí contemplaba: el universo de los mexicano - estadounidenses. Ahí se localiza la principal gotera del Tricolor que ha provocado una masiva fuga de talento hacia el norte, quitando las excepciones como las de Efraín Álvarez.
Así como se le insistió a Romero y en el presente con Galdames, la obligación consistía en derribarles la puerta e, incluso, coquetearles a Alex Mendez, Richard Ledezma, Sebastián Soto y compañía. Persuadir al menos a uno hubiese sido una victoria.
EE.UU. fundamenta buena parte de sus esperanzas para el futuro en ellos, aunado a una camada vigorosa de estadounidenses con pasaporte europeo. Capaz los susodichos sean un Édgar Castillo, William Yarbrough, José Francisco Torres o Hérculez Gómez másy el Tri no se aflija. ¿Y si no?
A pesar de los avances tecnológicos, la única forma sabida para no lamentarlo en el conocimiento humano se sigue llamando prueba y error. Ese filtro al que los técnicos Raúl Chabrand y Luis Pérez —con Marcelo Flores— (también Torrado) deben recurrir en sus laboratorios previo al embalaje del producto final: la mayor del Tata Martino.



