Un equipo, guste o no, con estilo de duro fajador. El del boxeador que tiene la guardia alta, que encaja sin pestañear y que, cuando saca la mano a pasear, pega como una mula. Traducido a futbolés, este Valencia es un híbrido entre la genética de su historia – equipo bronco y copero- y la sofisticación del ADN italiano – defiendo, luego pienso; contragolpeo, luego existo. Equipo de autor, este Valencia se dibuja en base a una defensa de granito, un centro del campo con dos corazones, mitad clase – Parejo-, mitad músculo – Kondogbia-, y una delantera que cuando corre, liquida. Alternativa de poder necesaria a los de siempre, el Valencia está en el mejor momento de la temporada de su Centenario. Después de un comienzo irregular, está lanzado. A un punto de la Champions – que muchos veían a años luz-, vivo en Europa – a cuatro partidos de una final continental- y con una bala de cañón en la recámara, la final de Copa del Rey. Una situación de privilegio. Hasta ahí se ha llegado sufriendo, sabiendo aguantar, combatiendo en muchas ocasiones la adversidad, manteniendo el equilibrio y caminando sobre el alambre. No ha sido fácil. Algunos tiraron la toalla antes de tiempo y otros la recogieron. Unos pidieron que rodasen cabezas y otros se pusieron manos a la obra.
Y ahora, precisamente ahora, es buen momento para poner negro sobre blanco sobre el señor que, con sus errores y sus aciertos, está liderando la nave. Se trata de Marcelino García Toral. De un técnico que el año pasado, viniendo de una travesía en el desierto, metió al equipo en Champions cuajando una temporada fantástica. El mismo Marcelino, por cierto, del que se ha escrito y dicho que no compite contra los grandes y que, por ahora, se ha enfrentado a Barcelona, Madrid, Atlético y Sevilla, encajando sólo una derrota. El mismo Marcelino del que todo gacetillero ha llegado a decir que sus equipos siempre se desinflan en las segundas vueltas, mientras su Valencia vuela en 2019 y no pierde desde enero. El mismo Marcelino del que se decía que era una máquina de empatar y que, jugando así, lograr una plaza Champions era imposible, cuando ahora está a un solo punto. Y el mismo Marcelino al que algunas voces, números en la mano, querían ver fuera de Mestalla, y que ahora suma una racha de 17 partidos sin perder, que mejora el mítico récord de Ramón Encinas, que data de los años cuarenta. No está mal. Hace meses, con parte del personal empeñado en festejar el Día Internacional de la Hostia a Marcelino, pocos creían en su continuidad. Hoy el cuento es otro.
No es que Marcelino García Toral sea un gurú, no es que haya reescrito la historia del Valencia, ni que haya obrado del milagro de los panes y los peces. No. Lo que merece Marcelino es el reconocimiento de la grada, de que, ahora mismo, es el mejor entrenador que el Valencia puede tener. Gane o pierda, más allá de filias y fobias, porque sabe qué quiere y hacia dónde va. Queda un mundo por jugarse y el camino del Valencia, que no ha ganado nada, estará lleno de obstáculos. Seguro. Tanto, como que, con el apoyo inestimable de la plantilla y de sus colaboradores, Marcelino ha logrado estabilizar a un equipo que, a comienzos de temporada, parecía intubado y en fase terminal. Cuando las cosas van mal en un equipo, el primer impulso del club y del periodismo pasa por echar al entrenador. Marcelino ha sido la excepción a esa regla. Cambiar de caballo en mitad del río, a veces, no es buen negocio. Vuelva a perder o siga ganando, con Marcelino es la estabilidad de un club experto en autodestruirse. Marcelino lídera y el equipo le sigue. Y el asunto carbura: hay un tipo que exige y un grupo convencido que responde. Y eso, señores, eso es el fútbol. Un entrenador y un vestuario que saben, quieren y pueden. Eso es todo lo que es.
Rubén Uría

