De piñata humana a referente. De saco de los golpes a recurso. De criticadísimo a alabadísimo. De marginal a titular. De un bloqueo mental sideral a un estado de confianza brutal. Cuando hacía mucho frío en la esquina de Thomas Lemar, azotado en plaza pública por su precio y su intrascendencia, algunos no nos bajamos del barco del francés durante dos largos años. Arrastrado por la incesante marea de críticas, quien esto escribe acabó por rendirse. El de Guadalupe tenía un pie fuera, el Atleti necesitaba liberar masa salarial y entoncesuno dejó de creer. El que nunca perdió la fe fue el de siempre, el señor de negro. Simeone se negó a dejarle salir en el mercado cedido, porque si el club no lograba el dinero que necesitaba, pensaba que podría sacarle el fútbol que tenía dentro, encerrado en su sótano particular. Nadie creía en Lemar, salvo Simeone. Partido a partido, oportunidad a oportunidad.
Simeone, por más que le pese a sus 'haters', domina el arte de conjugar su verbo favorito: Insistir. Lemar intentaba todo sin salirle casi nada, perdía decenas de balones, no asistía, no marcaba, no se atrevía y tenía la confianza por los suelos. Era un alma en pena y un cuerpo extraño en el fútbol del equipo. Todo eso era lo que veíamos los espectadores, pero no lo que veía Simeone. El Cholo veía un hombre empeñado en salir del socavón, veía un tipo convencido de luchar para mejorar, veía un futbolista que lo daba todo en cada entrenamiento, que no ponía malas caras cuando no jugaba, que no no culpaba al empedrado y que se esforzaba al límite para mantenerse enganchado al grupo, haciendo la goma cuando tenía pie y medio fuera del club. Lemar aguantó, persistió, no se rindió, creyó que podía y poco a poco, entrenamiento a entrenamiento y partido a partido, recuperó la confianza.
Reseteó su cabeza, se puso a tono físico, se convenció de que podía y acabó demostrando que, a base de resiliencia, había conseguido lo más difícil que existe en fútbol: cambiar pitos por aplausos y rechazo por aceptación. Después de dos largos años de travesía por el desierto, sin responder a las expectativas generadas, se superó a sí mismo. Hoy Thomas Lemar empieza a ser ese jugador que esperaban los atléticos y emocionó en la Supercopa de Tallin. El primer día que estuvo a la altura se tomó con un chiste; el segundo, como una anécdota; al tercer día que fue de los mejores, el personal empezó a abrir los ojos y dejar los prejuicios; al cuarto, el público comenzó preguntarse si el Cholo obraría el milagro; al quinto, el fútbol de Lemar pasó a ser tendencia. Y ahora mismo, Lemar, que no se ha rendido nunca, es uno de los mejores jugadores del Atleti. Uno tan bueno y tan útil como el que más.
Lemar tuvo que ver cómo perdía la titularidad. Más tarde tuvo que lidiar con su eterna suplencia. Después tuvo que resistir condenado a un papel marginal en la plantilla. Luego tuvo que aguantar que sus aficionados le pitaran cada vez que saltaba al campo o lo abandonaba. Más tarde tuvo que afrontar que el club tratase de meterle en una operación para ganar dinero y enviarle a otro club. Incluso acabó llorando algún que otro entrenamiento, porque no le salían las cosas y sufría. Y de propina, tuvo que soportar que le insultaran y humillaran en las redes sociales, donde incluso algunos 'valientes' le desearon que se contagiase de Covid-19. Lemar sintió dolor. Mucho dolor. Y sin embargo, siempre supo que, si se rendía, ese dolor sería para siempre y que, si lo soportaba algún día se trnsformaría en algo diferente. Hoy Lemar ha hecho suya la banda sonora del Atleti: coraje y corazón. Simeone no se rindió con él y Lemar tampoco. Ha renacido sus cenizas. Clase siempre tuvo. Y ahora mismo, ha hecho posible lo que otros le decían que era imposible. Respect.
Rubén Uría


