No hay término medio con Riqui Puig. O enamora o estomaga. Unos creen que tiene el talento necesario que rompe el molde y otros están convencidos de que jamás será titular en el Barcelona. Ni siquiera en este Barça de entreguerras. Con Riqui nada es fruto del azar. El chico despierta sentimientos tan apasionados como encontrados. Para muchos representa la esperanza de consagrarse algún día como nueva joya de La Masia. Para otros, le cuelga la sospechosa etiqueta de jugador sobrevalorado, víctima de sí mismo y del excesivo "hype" que le acompaña, por usar un término que los modernos han puesto de moda.
El debate existe, es innegable. Tanto como sus condiciones. Cuando irrumpió en la elite, porque el muchacho no es un recién llegado a la industria, Riqui se presentó en sociedad como perfume de buen fútbol, envasado en un físico liviano, ideal para el toque y poco propicio para el choque. Sin continuidad en las alineaciones y sin confianza por parte de los diferentes entrenadores que tuvo, Puig ha ido viendo cómo las hojas del calendario iban avanzando y su progresión, que parecía meteórica, se fue frenando. Y el debate sobre su figura, fue creciendo, a modo de trinchera: a un lado, los que reclaman paciencia con el chico, porque aún no está hecho y tiene mucho por mejorar; al otro, los que creen que a los buenos jamás se les mira el DNI. Las preguntas se agolpan con Riqui.
Están los que creen que es más de lo que se dice y los que consideran que es bastante menos de lo que nos han contado. Sobre el chaval pesa una leyenda negra - ignoro si fundada o inventada- que relata un presunto carácter complicado. Un "pero" que condiciona y salpimenta el debate sobre su calidad, señalando que, si jamás ha sido titular con ningún entrenador, es más culpa de Riqui que del empedrado. La realidad es que sólo Koeman y el propio Riqui saben, exactamente, qué demonios pasó ahí dentro. Más allá de los "haters" y grouppies" que tiene Puig en las redes sociales, al chico nadie puede discutirle que tiene lo más preciado en el fútbol de elite: sabe tomar decisiones con la pelota y personalidad. Ante el Mallorca estuvo bastante correcto. Se dejó ver, completó una estadística de pases brutal en el primer acto y supo asociarse para manejar los tiempos del partido, echando un cable a Frenkie De Jong en tareas de construcción. El lado menos soleado de la realidad también dejó entrever que Riqui arriesga poco - quizá por falta de confianza, es muy posible-, que apenas descarga pases que no sean de tres o cuatro metros y que, si quiere ser titular en este equipo, necesita elevar su nivel, porque para jugar en el Barcelona hace falta mucho más, porque ahí vienen pisando fuerte Nico, Gavi y cuando vuelva, Pedri.
Quizá Riqui sea tan bueno como sus partidarios sostienen, quizá el chico necesite recuperar la confianza perdidad para arriesgar más con la pelota y quizá Xavi sepa exprimir la gotas de fútbol que tiene su liviano cuerpo. O quizá no, quizá cuando esta ola de pandemia y bajas remita, quizá regrese a su rol marginal en la plantilla. El tiempo dirá. Lo que nadie puede poner en duda es que, pase lo que pase con Riqui Puig, él tiene la llave de su futuro. Si quiere triunfar en este Barcelona, tendrá que subir el nivel. Y para ello, nada mejor que salir de su particular zona de confort con los pases. Que acierta es un hecho, que arriesga poco también. La duda es un mal lugar para instalarse y Riqui lleva ahí demasiado tiempo. Tiene que dar un paso adelante, confiar en sí mismo y atreverse a ser todo aquello que prometía cuando apareció en la elite. Ese es el camino. Cuanta más presión y autoexigencia sea capaz de asumir, más crecerá en el Barcelona. Él es su gran enemigo. Y por supuesto, su mejor abogado defensor. .
