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Kylian Mbappé PSGGetty Images

No gusta según qué traidor

Comenzaba a anunciarse la posible llegada de una galerna de dimensiones bíblicas a las oficinas de Concha Espina y una primera inquietud mudó a jindama casi antes de que desde los medios se pudiera llevar a cabo una primera reflexión. Debían de ser legión los que se habían permitido la licencia de ensoñar dónde se harían sacar una foto con Kylian Mbappé una vez aterrizado el atacante en la capital de España. Los poquísimos que durante las últimas semanas pedían prudencia a sus colegas periodistas, recibían el desprecio de los mismos por dudar de la segura llegada del astro francés.

A partir de ahí, el miedo fue dejando paso a la indignación, para posteriormente rescatar del armario ese socorrido ventilador con el que proyectar en el repentino villano las más sucias deyecciones disponibles. Mbappé pasó de ser el niño que soñaba con el merengue a convertirse en el Iscariote de ébano sin solución de continuidad. Malditos gabachos.

Leímos y escuchamos de todo en un lapso de tiempo muy corto, pero lo que más se repitió procedente desde cualquiera de los estratos interesados en el asunto fue el muy cortés término de traidor. Bappé –la M es muda, decía el analista de la voz atiplada– había faltado a su palabra, dejando en la estacada a Florentino Pérez, al Real Madrid, a sus socios y aficionados, a la prensa de la electrocharanga y hasta a los niños que se veían en la playa con la casaca blanca del artista parisino. Maldito traidor.

Que si entre los manchados dólares cataríes y los simpáticosCorticoles que le habrían esperado en el Bernabéu, optaba por los primeros, eran los madridistas los no querían verlo vestido de blanco. Que Roma no paga traidores trataban de barbotar los alterados dirigentes, los asalariados de la prensa y los humillados seguidores.

Damos un brinco atrás en el tiempo, concretamente al 10 de julio de 2000, a punto de darse carpetazo al siglo pasado. La páginas del diario Sport recogen un surtido de declaraciones de Luis Figo, el luso que con maestría enamoraba al coliseo azulgrana cada semana. Del portugués se estaba diciendo que un exitoso constructor que concurría a los comicios del Real Madrid se lo llevaría consigo previo pago de la astronómica cifra de los 10.000 millones de pesetas que marcaba su cláusula liberatoria.

“Quiero asegurar a los socios del Barcelona que Luis Figo, con toda la seguridad del mundo, estará en el Camp Nou el día 24 de julio para iniciar la temporada”, afirma rotundo el extremo culé hablando de sí mismo en tercera persona del singular. El redactor del periódico catalán, Toni Frieros, le mete los dedos en la boca sin contemplaciones: “¿Ha firmado usted un precontrato con Florentino Pérez?”. Figo no duda y contesta que “rotundamente, no”. Pero va, incluso, más allá y añade que “no estoy tan loco como para hacer una cosa así”.

“Gane o pierda Florentino, jugaré en el Barça”, sentencia el portugués.

El resto es historia. Figo se va al Real Madrid mintiendo sin rubor desde las páginas del Sport a quienes lo idolatran, en una entrevista que él ha solicitado personalmente a la cabecera deportiva de Barcelona “para tranquilizar a la afición del Barça”.

Su salida es totalmente lícita. Su colección de embustes no tiene ni medio pase. En Barcelona pasa a ser un maldito traidor. En Madrid, el yerno ideal.

No se trata de Mbappé ni de Figo. No gusta según qué traidor.

Lartaun de Azumendi

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