Todo lo que sube, baja. El culé, temeroso de vivir varios años de plomo, vive a caballo entre la anestesia local y el doping emocional. Y lo que antes era maravilloso, ahora no sirve. Los que elevaron a Xavi a los altares con el 0-4 del Bernabéu, los que presumían de racha de victorias, los que creían que se podía ganar la Liga y los que le habían “compuesto” una canción (¿?) infantil en las redes, son los que ahora se cuestionan el porcentaje de victorias, son los que ven estadísticas negativas, son los que se bajan del barco, son los que empiezan a comprender que eso de ‘La Xavineta’ era una estupidez supina y son los que empiezan a preguntarse si a Xavi se le está poniendo cara de Koeman. Pues no. Tenga los números que tenga, gane o pierda, Xavi es el perfil indicado para el profundo cambio que el club puede y debe dar. Primero, porque recurrir al “esto es lo que hay” es una gran mentira. Segundo, porque el tamaño del Barça no tolera el conformismo. Y tercero, porque la autocrítica, por más densa que sea, es el camino correcto. Xavi no debe usar el pasado como un sofá, sino como un trampolín. Si logró que su equipo jugase bien, debe reconquistar ese terreno otra vez. Así es el fútbol. Así es la vida. Todo lo que merece la pena cuesta un mundo. Y la vida consiste en volver a empezar de cero.
Para poder volver a jugar como este equipo demostró que sí puede jugar, Xavi necesita “resetear”, trabajar duro, tomar decisiones drásticas, sacrificar algunos egos, domesticar otros y alejarse de la pompa artificial de los viejos vicios del club, de los tópicos del perio-barcelonismo y de los debates estilísticos que intoxican más que suman. Tiene miga que, desde que Xavi apeló a aquello de que al Barça no sólo le vale con ganar, el equipo ni juega bien, ni gana. Fútbol. Urge la reflexión. Individual y sobre todo, colectiva. Si Xavi ha sido el gran artífice del cambio del equipo, ahora es el máximo responsable de que se haya evaporado y de que haya jugadores que, física y mentalmente, aún siguen celebrando en 0-4 del Bernabéu como si fuera un título. El halago debilita. Y la realidad cobra facturas que el ego y la falsa superioridad moral no pueden pagar, porque son cheques sin fondo.
Xavi, que se autoinculpó por no saber motivar a sus jugadores, lleva varias semanas evitando una palabra, actitud. Habla de ella, pero sin mencionarla. Habla de deseo. De motivación. Si Xavi tuvo el mérito de resucitar a un cadáver deportivo, ahora tiene que rendir cuentas sobre este desplome. Y si Xavi supo cómo motivar a la tropa y mostrar actitud, ahora es el momento de recuperarla. Que Xavi admita, con una honestidad brutal, que no ha sabido motivar a estos jugadores, es grave. El club se juega la Champions. Prestigio. Y por supuesto, dinero. No acabar entre los cuatro primeros sería un fracaso deportivo. También una puñalada para la economía del club. Una de la que no habría cirujano capaz de operarle. Eso es lo que está en juego. Y si alguien no está motivado con eso, sobra en el Barça. Se repite el patrón de errores en el campo, se habla de autocrítica sin tenerla y se articulan discursos vacíos sobre el estilo, el modelo y el presunto ADN que, como el desodorante, está abandonando al equipo. Xavi, que cuando llegó al Barça encontró el camino correcto, ahora debe retomarlo. Y debe hacerlo con personalidad. Admitiendo errores, tomando decisiones y liderando desde el ejemplo. Y para eso, por más que duela, hay que tener los pies en la tierra y dejar de vivir en Narnia. Hay que enterrar las copas morales, los trofeos del césped, los debates del estilo, las historias para no dormir y sobre todo, las ‘Xavinetas’ de quita y pon. El Barça no puede ni debe convivir con eso. Primero, porque no sabe. Y segundo, porque le hace pequeño.
El camino pasa por esa palabra tabú que no gusta escuchar en el Camp Nou: actitud. Durante años, en el club, en el vestuario, en el entorno y entre los hinchas, siempre se ha pensado que hablar de actitud es algo negativo, como si la actitud no lo fuera todo, como si no formase parte del fútbol, como si la única explicación del juego pasara por abrir los extremos o encontrar el tercer hombre. Como si los que hablan de actitud no tuvieran ni pajolera idea de fútbol. Como si recurrir a ese tópico implicase reconocer un analfabetismo futbolístico de primer nivel. Como si la actitud fuera un lugar común al que nadie quiere atender porque otros lugares comunes como el modelo y el estilo tienen más musicalidad. En realidad, es todo lo contrario. En el fútbol, como en la vida, lo primero siempre es la actitud. Esa pequeña cosa que siempre hace una gran diferencia.
Rubén Uría
