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Gigi Riva, el trueno que precede la tormenta

Cuando Luigi Riva, con dieciocho años, pisó Cagliari, la capital de la isla de Cerdeña, por primera vez, lo primero que pensó fue que se había equivocado de destino. En una época, la explosión económica del principio de los sesenta en Italia, en la que la población abandonaba el entorno rural para marcharse a la ciudad, él hacía el camino inverso fichando por un equipo de la Serie B que ni siquiera podía pagarse el césped del campo de entrenamiento.

Sin embargo, pocos meses antes el joven Riva había perdido a sus padres, y la decisión de marcharse de su Lombardía natal era inamovible. Cagliari tenía que convertirse en su nuevo hogar. “No podía creer que la gente me invitara a comer a sus casas en señal de agradecimiento” recordaría muchos años más tarde. Porque la relación que estableció con los sardos sirvió para construir una de las historias más bonitas que se recuerdan en el calcio. Antes de vestir el rossoblù, el joven Riva apenas había disputado un puñado de partidos con el Legnano de la Serie C, y pese a que los grandes clubes se habían fijado en él, el escepticismo en cuanto a su adaptación a la élite siempre pesaba más. Se equivocaron.

Riva, rebautizado como Gigi como muestra de cariño, abandonó la posición de extremo izquierdo para convertirse en el hombre-gol de su equipo. La potencia y la técnica de disparo con cualquiera de las dos piernas le convirtieron en el terror de las defensas italianas durante toda la década de los sesenta y parte de los setenta. Con él, el Cagliari se acostumbró a estar entre los primeros de la Serie A, y el delantero empezó a ser conocido como rombo di tuono, el sonido del trueno.

En 1968 puso fin a treinta años de sequía de la selección italiana, con la que levantó la Eurocopa después de batir a la Yugoslavia de Dragan Dzagic gracias a uno de sus goles y a otro de Pietro Anastasi. Pero lo mejor, estaba por llegar. Aquel mismo año, el Cagliari terminaría la temporada en segunda posición, a sólo cuatro puntos de la Fiorentina de Amarildo Tavares. El técnico Manlio Scopigno se puso en manos de Riva. Él le ordenaba la defensa y el delantero tendría que resolver arriba. Mientras el pacto funcionara, no habría quejas por el exceso de tabaco, de whisky o de horas de descanso perdidas jugando al póker con sus compañeros.

Aquel Cagliari de finales de los sesenta era la familia que Riva había buscado desde que se marchara de casa y cada uno cumplía su rol a la perfección. La defensa, desde el portero Enrico Albertosi hasta el central Cesare Poli, cerró la campaña habiendo encajado sólo once goles, una marca todavía vigente y perdiendo tan sólo dos partidos. En el centro del campo, Angelo Domenghini, Pierluigi Cera y Mario Brugnera le cubrían las espaldas a Riva y le alimentaban de balones. “Daba igual cómo se lo entregaras, él remataba siempre” ha recordado Domenghini.

Y así era, porque en ataque Riva goleaba sin piedad. Aquel año estableció su mejor marca, 21 tantos, llevándose su tercer capocannoniere. La explosión de júbilo, de todos modos, se produjo en San Siro el 19 de abril de 1970 después del empate entre los rossoblù y el Milan. Con cuatro puntos de ventaja a falta de una jornada para terminar el campeonato, el Cagliari se proclamaba campeón de la Serie A por única vez en su historia.

Después de este milagro, el interés de los grandes equipos por Gigi Riva no hizo más que crecer, pero el legendario dorsal 11 del Cagliari continuaba respondiendo que la familia no se vende. Continuó vistiendo los colores del equipo sardo hasta el día de su retirada, en 1976. Colgó las botas con un solo scudetto en su cuenta, pero con el afecto de toda una isla, a la que sigue considerando como una familia.

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