LA INTRAHISTORIA
El Real Madrid terminó la temporada pasada ganando la Decimotercera Champions League en Kiev ante el Liverpool, en lo que fue el broche perfecto no sólo a la campaña en curso, sino sobre todo a un lustro mágico, con cuatro Orejonas desde 2014. Sin embargo, si bien en Europa fueron el centro de todos los focos, el confeti y el cava estuvieron muy lejos de aparecer en una Liga donde se descolgaron muy pronto. Demasiado. Hasta el punto de terminar en tercera posición y a 17 puntos del Barcelona, nada más y nada menos.
Una deriva que, como todo, tuvo un punto de inflexión. Ese momento simbólico donde todos, dentro y fuera del Real Madrid, empezaron a asumir que la senda correcta estaba a kilómetros de distancia de la que habían tomado en el campeonato doméstico. Y ese día que ejerció de bisagra fue, seguramente, el pasado 29 de octubre en Girona. En Montilivi.
Para entonces, en apenas diez jornadas, el Real Madrid ya había pinchado en casa ante Valencia (2-2), Levante (1-1) y Betis (0-1) en el mismo Santiago Bernabéu. Lo que encendió las alarmas en el coliseo blanco. Sin embargo, las victorias en Champions League, así como otros cuatro triunfos consecutivos en Liga (Alavés, Espanyol, Getafe, Eibar) habían amortiguado en algo el shock. Hasta llegar a Girona.
El equipo con menos presupuesto del campeonato. Un recién llegado a la Primera División. Un estadio minúsculo. Nadie habría apostado por un nuevo tropiezo de los hombres de Zidane. Pero llegó. Y con todo merecimiento, además, aun cuando el Real Madrid se marchó al descanso con 0-1 en el marcador. Pero por fútbol, fe, piernas y arrojo, el equipo catalán fue mucho mejor. David haciendo de David ante Goliat. Y entre Stuani y Portu terminaron de hacerle ver a los blancos que se les iba a hacer muy larga esa temporada (2-1). Al menos, en España. Como así fue. Ese día se quedaron a ocho puntos del liderato, y ya nunca más volvieron a olerlo desde tan cerca. En Montilivi empezó todo.
