El reto de Simeone de hacer de nuevo un equipo a su medida

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Ha demostrado su éxito, tiene las ideas muy claras, pero el desafío es que los nuevos entiendan rápido en qué consiste este Atlético

Arsene Wegner y Diego Simeone son personajes antitéticos, pero ambos mantienen puntos de conexión que demuestran que en el fútbol hay diversos caminos para llegar a un mismo punto. Cuando el Cholo entró en el Atlético de Madrid los entrenadores en España no duraban más de dos o tres temporadas. Se hablaba de la filosofía inglesa y esa capacidad de un mismo hombre de permanecer inmutable en el banquillo. Tampoco era cierto en realidad, la mayor parte de los banquillos británicos cambiaba a golpes de resultados, pero lo que ocurría con Wenger (y con Ferguson, aunque esto otra historia) daba un ejemplo para pensar que en las islas todo era diferente y, por qué no decirlo, mejor. 

El caso es que llegó Simeone y demostró que la perpetuidad en un cargo es posible siempre que se den las condiciones adecuadas. De hecho, en ese sentido el Atlético y el Arsenal se parecen bastante. Son clubes históricos, enormes pero no los más grandes. Se le exigen buenos resultados y competir al máximo, pero es aceptable pasar temporadas sin tocar trofeos, lo cual para un entrenador puede ser un alivio, porque la lucha por la victoria final a veces no es justa con lo desarrollado.

Los dos llegaron con sus clubes en horas bajas y lo subieron a un escalón superior, probablemente el que les corresponde a sus clubes por tamaño, economía y masa social. Cambiaron de estadio, lograron mantener la misma filosofía con el tiempo a pesar de los cambios de plantilla y, por encima de todo, dejaron un sello. Ahí arranca la diferencia, por supuesto, porque si Wenger siempre optó por un fútbol de seda, casi de salón, en el que los jugadores talentosos -y a veces algo fríos- comandaban la situación, Simeone exige a los suyos mentalidad de guerrilla, no hay espacio en el que no pueda sacarse ventaja y los impulsos del alma y la emoción son tan importantes como la capacidad para esconder el balón y hacer una filigrana. 

Simeone tiene esta temporada uno de los retos más curiosos de su carrera. No es que tenga que demostrar mucho, en su historial hay suficiente para saber qué puede ofrecer, pero su plantilla nunca había sufrido cambios tan drásticos desde que más o menos se asentó. Se ha marchado su extensión en el campo, Godín, dos jugadores jóvenes con cualidades suficientes para jugar a su fútbol, Lucas y Rodri y, por supuesto, también Griezmann, que es un sujeto importante por su ataque y por su defensa. 

Los que estos días están en Los Ángeles de San Rafael, tradición inamovible atlética empezar allí, se han dado cuenta de que Simeone exige a Joao Felix. Le mima, tiene 20 años y está llamado a ser muy importante en este equipo, pero también le pide. Especialmente en defensa. Porque lo que todos tienen claro en este caso es que no importa que el club haya hecho un desembolso histórico por el joven portugués, manda Simeone y si no asimila los conceptos defensivos, si no es solidario y muerde, tendrá problemas para encontrar un sitio en los planes de su entrenador. 

A defender se aprende. La muestra es Griezmann, que llegó siendo un muy buen jugador de banda, algo desconectado del juego pero con mucha calidad, y se va siendo un futbolista más completo, con un rango de acción superior y con unos conceptos defensivos mucho más elevados. Por voluntad, pues con Simeone eso no se negocia, y también por inteligencia, que defender no significa ir a la presión a lo loco sino encontrar la manera de que el rival esté incómodo con el balón. 

Es de suponer que Marcos Llorente, un jugador de gran presencia defensiva, será desde el primer día importante en el nuevo Atlético. Es un fichaje muy del Cholo, aunque llega un lugar en el que es difícil dirimir lo que es estrictamente suyo y lo que son soluciones de compromiso. Simeoene vuelve a ello. Él siempre será la estrella del equipo. 

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