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Ousmane Dembele Barcelona CadizGetty

Dembélé es la solución y a la vez el problema

Ousmane Dembélé es el futbolista más desequilibrante del Barcelona. Con diferencia. Cuando arranca es prácticamente imparable. Se va de quién se le ponga por delante, independientemente de si es un lateral veloz, un centrocampista haciendo coberturas o un central experimentado que sale al corte. Todos acaban en el suelo si el extremo francés tiene un buen día. Y si el equipo juega, disfruta pasándose el balón, encuentra espacios y genera buen fútbol, la combinación ya es suprema. Dembélé es un gran complemento para el ataque barcelonista. Pero es eso, un jugador que debe complementar un juego colectivo de gran precisión. Es la picadura perfecta para acabar de arañar a la defensa rival tras un ataque bien organizado y llevado por compañeros como Pedri González, Frenkie de Jong o Ferran Torres. Incluso Sergio Busquets, Piqué o Eric Garcia en el inicio de la jugada. Los generadores del fútbol azulgrana.

Dembélé es la puntilla. El jugador que un equipo necesita porque es diferente al resto, porque entiende el fútbol de otra manera, porque su estilo rompe moldes y dificulta toda organización defensiva. Pero no puede ser el líder ni llevar todo el peso del juego colectivo. Principalmente, porque Dembélé es todo lo contrario al juego colectivo. Es un futbolista de desequilibrio individual, de jugadas independientes que nada tienen que ver con la idea de fútbol combinativo del Barça. De hecho, al francés le cuesta interpretar el juego y cada movimiento que debe hacer. En las sesiones de vídeo que el staff técnico lleva a cabo con los jugadores de manera individual, este problema se hace patente. Una buena parte de las acciones de Dembélé están marcadas en rojo. Ahora bien, las que están en verde -pocas- deciden partidos. Por eso el extremo es tan importante para Xavi.

Ante el Cádiz, Dembélé fue el mejor del Barcelona. El partido fue una pesadilla para los azulgrana. Sin ideas, sin salida limpia, sin movimientos acertados en tres cuartos de campo, sin acierto en los pases arriesgados entre líneas, solamente el francés se rebeló. Cogió las riendas del juego desde el minuto uno y se puso al equipo a la espalda. Todo el peso del fútbol azulgrana cayó a su banda. Y generó, por supuesto que generó. Pero nadie le acompañó, ningún jugador estuvo a la altura del partido de Dembélé. Y sin acompañamiento, el mosquito se pierde. Se aturulla y no resuelve correctamente. Solo una de sus jugadas personales terminó con un disparo certero que podría haber acabado en gol si no hubiera sido por una mano decisiva de Ledesma. En el resto de acciones, la última decisión fue incorrecta.

Para todos, el internacional francés acabó siendo el jugador más destacado de la derrota ante el equipo gaditano. Pero a la vez, el comentario generalizado fue que Dembélé no puede liderar al Barcelona. Xavi le quiere en el equipo la próxima temporada y remará a favor de la renovación, pero le necesita como el mejor complemento a un conjunto en el que Pedri, De Jong o Ferran aguanten el peso y encabecen la estructura del juego de posición que el técnico egarense sigue desenado ver brillar.

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