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grafica baresiGetty Images

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Adiós a Franco Baresi, el número 6 que no necesitaba un nombre

Cuando empecé a interesarme por el fútbol, a comienzos de los años 90, lo primero que aprendí fue: «Oirás hablar a menudo de los delanteros, pero si de verdad quieres entender los partidos no te olvides de fijarte en las actuaciones de los defensas».


Empecé por Franco Baresi, porque en aquel periodo, si se hablaba de “un defensa”, era imposible no pensar en él. Me di cuenta de que a menudo se decía y se escribía que un delantero marcado por Baresi no había jugado un gran partido. Y yo, recordando la lección aprendida, siempre pensaba que quizá no había sido el delantero el que había jugado mal, sino simplemente Baresi el que había jugado bien.

  • Con los años he entendido que, muy a menudo, fue exactamente así. ¿El caso más emblemático? Romário, probablemente el mejor delantero del mundo, llevado de paseo durante noventa minutos por un jugador de treinta y cuatro años que menos de un mes antes había sido operado del menisco. Ah, para quien todavía no lo haya relacionado: se trataba de la final del Mundial de 1994.

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  • Recuerdo bien a un compañero de clase, milanista hasta la médula, capaz de discutir durante horas con tal de defender una tesis: sin Baresi, el Milan de Sacchi no habría ganado nada. Probablemente exageraba, pero quién sabe si no tanto. En el patio del colegio incluso intentaba defender como él: salía siempre al corte antes de tiempo, trataba de leer el juego antes que los demás y empezaba cada jugada desde atrás. Casi nunca le salía, pero para él defender significaba hacer lo que hacía Franco Baresi.

  • Era el fútbol en el que en la espalda de las camisetas aún no figuraban los nombres de los futbolistas y hasta los números podían cambiar de dueño de una semana a otra. Pero en el caso de Baresi no hacían falta números “fijos”. Veías la camiseta número 6 del Milan y ya sabías a quién pertenecía. Con poquísimos futbolistas esa asociación era tan inmediata.

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  • Para mi generación, Baresi fue «el defensa». El punto de referencia. La comparación que usabas para describir al compañero de equipo autor de una actuación defensiva excepcional. Exactamente igual que, algunos años después, empezaríamos a decir «parecías Buffon» a quien, por una tarde, improvisaba como portero.

  • Baresi, algo poco habitual, pese a haber vestido una sola camiseta durante toda su carrera, nunca fue percibido como un enemigo, ni siquiera solo deportivo, por los aficionados de los equipos rivales. Porque Baresi era un puro. Dentro y fuera del campo.

  • Lo ha ganado todo. Quizá habría merecido algo más. Porque, si bien es cierto que levantó al cielo la Copa del Mundo en 1982, habría merecido una como protagonista, bajo el cielo de un verano italiano en 1990 o en la terrible noche de Pasadena. La noche en la que, después de haber disputado probablemente el mejor partido de su carrera, rompió a llorar por el sentimiento de culpa de haber fallado uno de los penaltis decisivos.

  • Como Roberto Baggio, acabó siendo identificado por muchos con esos pocos segundos desde el punto de penalti. Y, sin embargo, el fútbol a veces es injusto precisamente porque consigue condensar noventa minutos extraordinarios en el recuerdo de un solo gesto.

    Cuando pensamos de nuevo en Pasadena, con demasiada frecuencia la memoria se detiene en aquel penalti.

  • Sin embargo, antes de aquellos pocos pasos desde el punto de penalti, habían pasado noventa minutos en los que Franco Baresi había dado una de las mayores lecciones defensivas que se recuerdan en el fútbol. Contra el mejor delantero del mundo. Con treinta y cuatro años. Menos de un mes después de una operación de menisco. Una actuación que desafió toda lógica.

  • Quién sabe si se lo dijimos lo suficiente. Quién sabe si le hicimos entender que, cuando pensamos en aquella final, lo que nos quedó no es el penalti fallado. Es la imagen de un capitán que, desafiando el dolor y el tiempo, jugó un partido de una belleza casi conmovedora.

  • Porque los penaltis fallados acaban en los almanaques. Los partidos como el de Franco Baresi, en cambio, se quedan en la memoria de quien de verdad ama el fútbol.