Rubén Uría: "El agua moja, el cielo es azul y las mujeres tienen secretos"

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El Bernabéu es el parque de bolas particular del Barça. Por primera vez, desde hace 87 años, el Madrid está por detrás en el cara a cara.

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Resignación, frustración, silencio sepulcral y a casa sin cenar.  Si el fútbol es un estado de ánimo, el Madrid está en depresión. Una profunda. Y lejos de acortar las distancias, ve cómo su rival las agranda aún más. Juegue bien, mal o regular. Simplemente, porque en cada cara a casa, demuestra que casi siempre, es mejor. Esta vez, el Barça no enamoró. Le bastó con apelar a un fútbol control milimétrico, bien engrasado, que durante casi todo el partido logró que el entrenador rival, como el público del Bernabéu, acabase con la cabeza hundida entre los hombros y las manos metidas en los bolsillos. No había nada que hacer. En realidad, no suele haberlo cuando Messi está inspirado. Ahora la novedad es que el Barça también es capaz de trasladarle esa sensación al Madrid sin necesitar la mejor versión del mejor. Una gran noticia para el Barcelona, la peor posible para el Madrid. 

Sí, el Madrid puso corazón, pero le faltó categoría, calidad y pegada. Si en la Copa rozó el triunfo, esta noche lo tuvo a kilómetros. Y eso que el de esta noche fue un Barça sin brillo, casi de servicios mínimos. Ligeramente superior en el marcador, pero infinitamente mejor en el control emocional del juego, de las velocidades y de las sensaciones, el Barcelona se supo ganador del partido antes de su final. Ejecutó su plan de juego, calculó los riesgos, aceleró cuando quiso y bajó de revoluciones cuando lo necesitó. A Messi no le hizo falta pisar el acelerador a fondo. A Suárez, tampoco. Tampoco a Dembélé. Para eso estaban Arthur – que no se equivoca ni a tiros-, Sergi Roberto – espectacular-, Lenglet – firme como una roca- y Rakitic – partido memorable-, que no tiene prensa, pero sí fútbol. Al frente de todos, Gerard Piqué, imperial. Sacó la pelota desde la cueva como Beckenbauer, la escoba para barrer como Maldini y tiró el fuera de juego como Baresi. Impecable, granítico, último guardián de la línea Maginot de Valverde, se bastó y sobró para frustrar cada amago de reacción local. 

Cuando Rakitic marcó tras una jugada colectiva de museo, el guión del choque fue explícito: iba a ser una pelea del Madrid contra sí mismo. Y el Madrid, que siempre que cae se levanta, esta vez no se levantó. Quiso, pero no pudo. Con PIqué como mariscal de campo y asa y media de la Liga en el bolsillo, la noche fue para el Barcelona. Messi, director, guionista y actor principal de una “road movie” histórica del Barça en el Bernabéu, se fue del campo con una sonrisa en los labios. Normal. El equipo le había respondido. Antes, él fue el punto de inflexión en Sevilla. Al Madrid, ensimismado por sus Champions, le queda su bala de plata. Si le vuelve a salir bien, a Cibeles. Y si no, a la cueva. Sin dos competiciones en 72 horas, el madridismo sabe que la policía no es tonta: este Barça, ahora mismo, es mejor. Alguno habrá descubierto el fuego, pero el asunto está más claro que el caldo de un asilo y el campo no miente. Ya lo decía el bueno de Joe Hallenbeck: el agua moja, el cielo es azul, las mujeres tienen secretos y el Bernabéu es ell Camp Nou. El parque de bolas  particular del Barça. Por primera vez, desde hace 87 años, el Madrid está por detrás en el cara a cara. 

Rubén Uría

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