Vinícius Júnior vivió el Mundial 2026 como si fuera su propio escenario: deslumbró con regates, dio pases decisivos, corrió por las bandas y marcó como si llevara sobre sus hombros la sexta estrella de Brasil.
Pero la realidad fue más cruda que los sueños del niño de las calles de Río: por mucho que brillara su talento y por mucho que mejorara su nivel, una sola mano no bastaba para aplaudir en una selección carente de sistema y privada de apoyo colectivo en el momento decisivo.


