EDITORIAL
Son días de nostalgia en el Barcelona, que ha dedicado toda la semana a conmemorar los veinticinco años de la victoria en Wembley que le dio al club azulgrana su primera corona continental, entonces llamada Copa de Europa. Está bien acordarse de cómo se alcanzó semejante triunfo pero conviene no pasarse. Aquella victoria confirmó el éxito de un modelo que ha ido evolucionando en el tiempo y que actualmente se encuentra entredicho aunque la junta intente transmitir una tranquilidad que no casa con los gestos.
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En otros tiempos el Barcelona habría intentado que la propia afición olvidara el doblete blanco a partir de un gran fichaje. No olviden cuánto tiempo tardó Joan Laporta en anunciar a Thierry Henry después de que se le escapara la Liga, apenas un par de días. Naturalmente las prisas nunca son buenas consejeras pero aquella cortina de humo que inicialmente supuspo el francés, tapando el exceso de autocomplacencia azulgrana tras el doblete de 2006, da buen ejemplo que en este deporte no se puede vivir del pasado. Donde Laporta tuvo al francés como cortina de humo, Bartomeu tiene recuerdos por vía intravenosa.
Ni siquiera tratándose de un pasado inspirador, de una historia que ha despertado la admiración de gran parte del mundo del fútbol, no hay que caer en la trampa de retozar en exceso en los recuerdos. El Barcelona debe mirar al futuro teniendo muy claro quién es. Solo así ha conseguido convencer para que renueve a un Leo Messi que no pide dinero -no sólo, por lo menos- sino un equipo a la altura del que ha ejercido como estilete desde que estrenara el '10' en 2008, un presente suficientemente sólido como para soñar en un nuevo futuro de éxitos.
