Nadie dijo que sería fácil. De hecho, nunca lo es en el majestuoso campo del Arsenal. Que se lo digan al Atlético de Simeone, que sufrió allí un infierno y acabó saliendo vivo después de un asedio en el que Oblak contuvo la marea “gunner” y los rojiblancos se defendieron commo gato panza arriba y con uno menos. Arranque de caballo andaluz y parada de burro manchego, el Valencia dio la cara y acabó viendo cómo se la partían. En el primer asalto, salió cruz. Y eso que pegó primero en Londres, que salió decidido a mostrar determinación y colmillo retorcido, pero se olvidó de pegar dos veces, de conectar en serie, y después de veinte minutos notables, acabó cumpliendo la ley no escrita del fútbol y también la más inapelable: si perdonas, pagas. Y el Arsenal, agradecido por varios errores defensivos en cadena, le dio la vuelta al marcador, se hizo con el control del encuentro, tanto anímico como emocional. Ahí, en el pasto, los ché buscaban referencias. A falta de Kondogbia y sin Coquelin, Parejo se encontró sólo ante el peligro. Diakhaby cumplió en la intendencia y sumó en la pelota parada, pero ni tiene creatividad, ni una distribución de pelota para ayudar al capitán. Y por ahí, la manada de lobos de Emery, encontró carne fresca. Encimaron a Parejo, le enjaularon y con ese movimiento, sellaron el principal generador de fútbol del equipo de Marcelino.
En el segundo acto, ambos ajustaron piezas y pizarra. Hubo menos ritmo, menos intercambio de golpes, más sosiego y también más miedo a cometer cualquier error. Con líneas más juntas y un poco más de tino, el Valencia pudo encontrar un puñado de contragolpes a campo abierto, pero ni Guedes – lejos de su mejor versión-, ni Rodrigo – aún sin chispa por su lesión-, ni Gameiro, que salió al final, encontraron la veta adecuada para superar al veterano pero sobrio Peter Cech. Con Emery y Marcelino convirtiendo el césped del Emirates en un Karpov-Kasparov, llegó la sentencia. En el último aliento, a Neto se le cayó el travesaño encima de la cabeza, Gayà no cerró bien su palo y por ahí, en tierra de nadie, apareció Aubameyang para cazar una pelota al segundo palo y asestó una puñalada al corazón del Valencia. Epitafio final: el Valencia intentó casi todo sin salirle casi nada y al Arsenal, por momentos errático, le salió casi todo sin apenas intentar casi nada. Entre otras cosas, porque el Valencia se olvidó de su mejor cualidad en los momentos clave: la contundencia defensiva. El siempre ponderado muro carnal del equipo ché, esta noche, tuvo demasiadas fisuras. Ahí estuvo la diferencia: la contundencia. La del Valencia fue la de una hormiga. Y la del Arsenal, la de un elefante.
Primer asalto, a los puntos, para el Arsenal. Ahora, el Valencia tendrá que apelar a la épica en la vuelta, a un publico entregado y a un ajuste de piezas que parece necesario. Y estará obligado a jugar con un estilo que atenta contra su mejor arma: el contragolpe y el vértigo. En el segundo asalto, será el Valencia el que tenga que exponer, llevar la iniciativa y lanzarse a tumba abierta para matar. Y en Mestalla no bastará con ganar a los puntos. Si quiere alcanzar la tierra prometida de Bakú, el equipo de Marcelino tendrá que ganar por KO. Sólo los más ingenuos podían pensar que doblegar al Arsenal sería tan sencillo como robar un caramelo en la puerta de un colegio. No iba a ser fácil y no lo será. Eso sí, nada está escrito y nada es imposible. Imposible, que diría Muhammad Alí, sólo es una opinión. No es un hecho. Llegar a Bakú está complicado, pero no es imposible.
Rubén Uría
