No ayudó Alex Ferguson y sus 27 temporadas como entrenador del Manchester United, al que relanzó hasta ser una máquina resultadística, divertida y sello planetario con Old Trafford como místico teatro. Tampoco ayudó Arsene Wenger y sus 21 cursos consecutivos como director de la orquesta de un Arsenal al que colocó entre los elegidos del fútbol mundial desde un modesto epicentro de imborrables recuerdos vintage (Highbury). Quizás, aquellos ejemplos (y algún otro, aunque no muchos más), llevaron a pensar a los poco cercanos al fútbol inglés, que las Islas eran mucho más pacientes con sus entrenadores de lo que lo son en otros lugares del universo futbolero. Cierto es que, en algunos casos, sí se cuentan en años los proyectos de entrenadores y, en nuestros días, unir años a los contratos de quienes firman desde el banquillo, es una ‘rara avis’. Los dos más prolíferos generaron la falsa opinión que, en Inglaterra, se trabaja con mayor paciencia y márgenes de maniobra.
NO es cierto. No es real. No sucede. Y menos, cuando desde la productividad monetaria del sello Premier League, exaltó con el nuevo siglo cualquier atisbo de aquella imagen pretérita que acompañaba aun el recuerdo del viejo aroma inglés. La llegada de los grandes inversores millonarios y su condición de magnates que buscan, cuanto antes, recuperar sus divisas y potenciar lo que ellos consideran una empresa con millones de adeptos fieles a los que sacar fácilmente los euros que necesita para seguir acumulando ganancias, choca frontalmente con la idea de proyectos a largo plazo, calma para construir sistemas y paciencia para reconducir cualquier situación en la alegría y, sobre todo, en la tristeza. El Tottenham, no iba a ser menos.
La realidad histórica de los Spurs habla de 42 cambios de entrenador en sus 137 años de historia, por lo que cada uno de ellos estuvo algo más de 3 años. Clarificador es, no obstante, que en los 19 años que llevamos del nuevo siglo, hayan sido ya 13 los inquilinos del banquillo. Pocchetino es quien más aguantó, nada menos que cinco temporadas en los tiempos actuales, son claramente una cifra a tener muy en cuenta, aunque se dieron diversos puntos determinantes para que ese enlace se alargara más en el tiempo de lo que estaba planeado. Nunca pensó el argentino en llegar a tanto cuando ha estado cerca, de verdad, de poder acabar en el Real Madrid hace no demasiado. Su legado puede tacharse de notabilísimo, pues logró equilibrar a un club que venía de un caos de indefinición que lo había colocado en un estado casi perpetuo de insatisfacción. Pasó de esa sensación amarga año tras año, a colocarse en la élite de la Premier, a hacerse fijo en Champions (4 de sus 5 años) y a no caer en picado en su rendimiento pese a que n podía contratar jugadores cuando el resto inflaba sus plantillas. Se contentó con mantener la base, con no perder a aquellas piezas básicas que daban lustro al equipo y que mantenían su sistema. No podía contratar porque el club estaba invirtiendo 1 billón de libras en construir el campo más gigantesco de Londres, asegurándose de superar en 1.000 butacas las de su máximo rival, el Arsenal, a quien puede decirse ya sin miedo a equivocarse, que ha logrado superar en mediaticidad, registros y juego estos últimos años. Y solo con eso, ya sería suficiente para Pocchetino.
Alcanzar la final de la Champions con un club que, siendo sinceros, ni lo había soñado, superaba con creces cualquier alocada petición. Pero como no se vive de rentas en este fútbol macabro, cuando se le dieron posibilidades de mercado, contrató (poco), mantuvo los futbolistas que deseaba y parecía armar su mejor proyecto para asentarse definitivamente como alternativa a todo. Fue un espejismo. Ni los futbolistas clave del equipo iban a volver a alcanzar su nivel, ni algunas de las estrellas estaban tan comprometidas (Alli se olvidó de su fútbol y Erikssen pretendía salir) y, desde luego, ni sus refuerzos iban a conseguir aplacar lo que se les venía encima (Ndombelé está por definir, Lo Celso estuvo lesionado y apenas aportó aun y el joven Sessegnon es un proyecto que puede ser pero aun no es). La mezcla de todo ello le llevó a un puesto vergonzoso en Premier (14ª actualmente) y a una goleada hiriente e histórica ante el Bayern en Champions (2-7). Todo estaba listo para empaquetar. No se hizo antes porque sacar al argentino costaba más de 20Mill€ de indemnización.
De repente, justo tras un parón liguero por actividad de selecciones, Daniel Levy (el jefe del club) no soporta más, ha estado negociando con su nuevo técnico, tiene el “ok” y toca reaccionar. Toda la falta de decisión que tuvo estas últimas semanas, se esfuma en un instante. No le porta pagar el ‘finiquito de oro’ al argentino (que tenía contrato hasta 2023) y no le importa asumir el cargo financiero que supone su nueva cara del banquillo, nada menos que 15Mill€ por temporada hasta 2023 (por los 8Mill€ de Pochettino). Todo da un vuelco. Un giro cósmico. Un golpe a la historia del club. El nuevo entrenador es José Mourinho.
El entrenador portugués, uno de esos iconos que relanzó la pérdida de valores, mística y personalidad de la retro-Premier League al introducir todo tipo de polémicas y vacilaciones ajenas a lo que siempre había sido del agrado del hincha inglés, llegando a uno de los clubes que más respeto ha demostrado siempre por todas aquellas virtudes del pasado. Es el paso definitivo para que Daniel Levy muestre orgulloso que tiene caja para asumir contradicciones de este tipo, que tiene un nuevo estadio al que le toca empezar a mostrarse al planeta y que tiene un inquilino de banquillo que, al menos, sabrá atraer atenciones. Eso sí, el último Mourinho que pasó por los estadios ingleses, fue vilipendiado, criticado y, en algunos casos, avergonzado, con sus pésimo rendimiento (pese a ser un gigante como el Manchester United quien le representaba). La idea del Tottenham es, imaginar, intuir y, desde luego, ansiar, que la versión de José Mourinho empiece a ser una mucho más victoriosa, capacitada e identificativa con las virtudes que puede presentarle este nuevo contexto.
No se puede negar que Mourinho tenía ansiedad por atrapar un banquillo de cierto nivel. Ha estado un año sin dirigir y, desde entonces, se ha paseado por todo tipo de medios de comunicación mostrando que se estaba tomando su tiempo para elegir acertadamente cuando surgiera alguna posibilidad seria. Pensó en el Real Madrid con las dudas a Zidane, pero se disipó. Pensé y hasta viajó a Lyon porque no funcionaba su nuevo proyecto, pero se quedaba corto para sus metas. Y, de repente, un banquillo goloso de la Premier, su epicentro predilecto para volver a ser ‘Special One’, le ofrecía un nuevo reto. En estos meses, el portugués ha estado dando vueltas al por qué de sus últimos fracasos como entrenador. Consciente de que su estilo de esperar la propuesta del rival, de buscar más físico y de conservar antes de proponer, se quedó anticuado y no concede muchas oportunidades. Cuando, jugando así, logras resultados, siempre obtendrás una pantalla de humo que no permite ver el fondo. Pero cuando estos, como viene sucediendo últimamente, no aparecen, el vacío es tan grande y el fondo tan profundo, que no queda asbolutamente nada a lo que agarrar sus teorías. De ahí que, casi por obligación del contexto y de su ego por ser lo que fue y hoy ya no es, se necesita y anhela una nueva versión de José Mourinho.
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Primero, porque su currículum no permite más tachones (siempre desde la perspectiva de técnico selecto y de relumbrón en el que el propio luso se colca siempre que puede) y, segundo, porque lo que le llega es un equipo repleto de factores por explotar definitivamente. Hay estadio, hay masa social, hay rivalidades tremendas que lo estimulan, hay torneos variados por los que competir y hay mucho margen de maniobra hacia una mejora pues el Tottenham que toma desde hoy, vive instalado en un letargo que siempre suma a quien llega con nuevos aires. Una plantilla con detalles sobresalientes, un mercado de invierno cercano para adaptarlo más a su idea y una aureola que le permitirán, al menos de inicio, pedir más que dar (aunque, y esto es importante, Levy no le ha otorgado poderes como manager, por lo que no fichará el entrenador).
A corto plazo, tiene mimbres para levantar el ánimo. A largo plazo, tendrá que reestructurar solo desde el enfoque del césped. Ahí, es donde la conexión entre Tottenham (de pasado más mediterráneo y propositivo) y Mourinho, más choca por las ideas extremas y opuestas que les representaron hasta hoy. Y, sin embargo, será lo único que acabe por aplaudir o derrocar la imagen del luso vestido de Spurs, algo que él mismo había pronosticado en 2015 que jamás sucedería porque tenía “demasiada unión a los hinchas del Chelsea y no podría hacerles eso”. Un episodio más, aquél, que evidencia que los fallos del pasado no pueden volver a lastimar las pretensiones del futuro. El Tottenham necesita un nuevo Mourinho pero, sobre todo, Mourinho necesita su propia reencarnación.




