Nadie sabe más de espectáculo y farsa en la televisión que los italianos. El domingo 6 de febrero de 1966 se estenó Settevoci, el programa que precedió a Operación Triunfo, bajo la dirección de Pippo Baudo. Pero en Nápoles muy pocos se quedaron aquella tarde frente al televisor para presenciar el nacimiento de este formato de éxito catódico. Aquel día, los tifosi acudieron al San Paolo para ver como su equipo se imponía a la Juventus seis años después de la última vez gracias a un gol de José Altafini. Durante las celebraciones del único tanto del partido el jugador que había dado la asistencia recogió el balón del fondo de la red y, de forma parsimoniosa, se acercó al banquillo de la Juve y disparó un zurdazo contra el técnico bianconero Herbierto Herrera. El San Paolo enloqueció. ¿Quién necesita la televisión cuando tiene cerca a Omar Sívori?
Al italoargentino no le gustaba que le vacilaran y aquella tarde de febrero simplemente se cobró su venganza particular con el entrenador que le echó del equipo de su vida, la Juventus. Durante los ocho años precedentes, Sívori había maravillado en Torino, convirtiéndose en el primer jugador con pasaporte italiano en ganar el Balón de Oro, en 1961. Los juventinos se lo arrancaron a River Plate y, con el tiempo, también a la selección argentina, con la que había ganado la Copa América de 1957 al lado de Angelillo y Maschio, los ángeles de la cara sucia, que también le acompañaron a Turín.
La primera bronca la tuvo en la víspera de su partido de debut presentándose al mismo con las medias completamente bajadas y sin ningún tipo de protección. “Es que los defensas dudan un segundo en entrarme cuande ven llegar a alguien que se presenta tan desprotegido” decía. Y él se aprovechaba de esta circunstancia, a menudo esperaba que su marcador recuperara la posición después de haberle superado para volver a ridiculizarlo con uno de sus túneles, lo que enamoró al patrón Umberto Agnelli, que empezó a definirle como “mi vicio favorito”. Se conoce que no era el único.
El caso es que igual que un depredador odia ser cazado, un vacilón como Sívori no soportaba que le vacilaran. En 1961, el libero del Catania Elio Grani le amenazó con partirle la pierna si repetía otro túnel. “A ver si soy yo el que te la rompe” le contestó el crack de la Juventus. Grani tuvo que retirarse del terreno de juego seis minutos después de esta charla con el diagnóstico de pierna rota. Estas escenas no sólo se producían en Italia. En Europa tampoco se cortaba un pelo. La temporada siguiente la Juve se cruzó con el Real Madrid en los cuartos de final de la Copa de Europa. Pachín se rió del porte de Sívori, al que llamaban el cabezón por su cuerpo esmirriado, afirmando que sólo le faltaban las plumas para parecer un indio. Esta vez el italoargentino se conformó con partirle la nariz a su rival. Por supuesto, terminó expulsado. Fue una roja más de las treinta y tres que vio durante los ocho años que jugó en la Juventus.
De todos modos, “aunque Sívori era un mierda entre los mierdas, si se le trataba con lealtad él respondía del mismo modo” afirmaba Enzo Bearzot, el entrenador de la Italia campeona del mundo en 1982 y por aquel entonces central del Torino, añadiendo que, por este motivo, el italoargentino jamás le había intentado colar un túnel.
Con los bianconeri levantó tres campeonatos, siendo especialmente memorable el de 1961, que se adjudicó después de imponerse a su rival más directo, el Inter, en el último partido de Boniperti en la Juve y en el que también debutó el futuro líder nerazzurro Sandrino Mazzola. Antes del partido hubo una invasión de campo en el estadio juventino y las autoridades le dieron los puntos al Inter. La Juventus, disconforme, presentó un recurso que obligó a jugar el partido. El equipo milanés, por su parte, protestó formando con su equipo filial. Mazzola ha recordado que el marcador de Sívori no había dormido en toda la semana. Al final, el delantero terminó el partido con seis goles en su haber, igualando la marca que Silvio Piola había logrado varios años antes. La Juve, por cierto, se impuso por 9 goles a 1 sin que el cabezón le hiciera daño a nadie.
Fuera del terreno de juego exhibía la misma irreverencia, traducida en un particular amor por la noche turinesa, rica en juego y whisky. Sívori pensaba que con su tremenda calidad no era necesario entrenar como lo hacía el resto del equipo, por lo que acabó enemistado con el entrenador. Herrera le recriminaba a Sívori su poco compromiso, a lo que el cabezón contestó fiel a su estilo, obligando al club a decidir entre el entrenador o el fantasista, y esta vez no se salió con la suya.
En 1965 abandonó Torino a punto de cumplir los treinta años para irse a Nápoles con una tristeza que arrastró toda su vida. Allí sentó las bases para que, veinte años más tarde, otro argentino zurdo, vacilón y genial como él les diera a los partenopeos el primer scudetto de su historia. Sólo la sinistra de Maradona ocupa más espacio en los corazones de los napolitanos.
Sívori falleció en 2005. En una de sus últimas comparecencias públicas demostró que los años no le habían cambiado. “La única manera para conseguir que la gente que te está viendo se divierta es divirtiéndote tu también”. Una máxima que aplicaba tanto en el fútbol como en la vida.




